miércoles, 25 de julio de 2007

Poder y estructura en el reordenamiento del Mundo Árabe: Iraq frente al imperio

La gran mayoría de las veces los seres humanos del mundo no tenemos ningún tipo de control sobre el desplazamiento de las estructuras a través de las cuáles circula el poder. Nuestras identidades se encuentran disgregadas en un proceso múltiple que nos fragmenta y nos fractura a la vez. Lejos de la idea de sujeto histórico que el siglo XX se acostumbró a mencionar, nuestra participación aparece pequeñísima frente a los eventos mundiales y sin embargo, estos mismos tienden a dar cuenta de nosotros, arrastrándonos hacia posiciones difíciles de sospechar, pero que percibimos nos llenan de incertidumbre e inseguridad. Parafraseando burdamente a Wright Mills, los movimientos de la estructura están condicionando profundamente nuestras biografías, al punto que un niño de un hogar musulmán conservador del Bagdad de los años 70's pueda transformarse en un drogadicto de los 90's y un guerrillero wahabita del siglo XXI. Mientras, al otro lado del mundo, las élites nos inventan una estabilidad inmovilizante que pretende hacer de nuestra biografía latinoamericana una carta sin escribir.

Sin embargo, la estructura de dominación que condiciona nuestras prácticas no sólo es una relación de sentido para nosotros, sino también un instrumento de dominación perceptible. Los países del tercer mundo [1] han estado obligados a mover sus economías al ritmo que impone Estados Unidos; muchos presidentes elegidos democráticamente han caído producto de boicots, otros tantos resisten con la consiguiente miseria que provoca el imperialismo en sus pueblos, etc. Sabemos bien lo que es el imperialismo porque influye directamente en nuestras vidas, pero al mismo tiempo, éste no es sólo una imposición económica, sino también, y por sobre todo, cultural. Ahí es donde opera fundamentalmente el sentido, que moldea nuestras prácticas y las convierte en un mero desempeño del rol que nos estaba escrito con la misma sangre de quienes cayeron luchando por construir nuevos mundos. En esa tensión permanente entre el ejercicio del poder y la resistencia (inmanente al poder), tenemos la clara oportunidad de acercarnos al Mundo Árabe, a los iraquíes en particular, y comprender desde nuestra óptica particular, su situación actual, su lucha contra la ocupación militar extranjera y sus propias divisiones a veces fratricidas.

En este sentido, la invasión a Iraq, la posterior guerra y consiguiente masacre del pueblo iraquí se ha convertido en un icono del inicio del siglo XXI que probablemente tendrá más de un efecto en el orden mundial y en la vida cotidiana de personas en todas partes del planeta. Por lo pronto, la primera implicancia directa que podemos avizorar en nuestras realidades es la agudización del ya creciente proceso de acumulación por parte de las empresas transnacionales al amparo de Estados Unidos, que juntos han visto en Iraq una posibilidad histórica de reordenar el mapa terrestre de acuerdo a intereses claros y definidos.

Pero la actual no es una escena que podamos contar a partir de una gran explosión inicial, sino que es un proceso lento, a través del cuál las estructuras se han desplazado posicionando sus elementos para poder dotar de sentido a la idea de invasión . Bush no es de ninguna manera el generador de la escena, sino más bien ha ocupado el puesto que le estaba predestinado por las instituciones, por las prácticas mismas que crearon el sentido de la invasión, de la guerra contra el terrorismo, de la polarización del mundo en un eje del mal y la democracia occidental. Para tal efecto han contribuido los intereses del capital norteamericano y transnacional, del sionismo político y su lobby, el crecimiento político y social de grupos cristianos fundamentalistas, la desidia de los votantes y contribuyentes estadounidenses, entre otras múltiples posibles actuaciones.

La preparación, en su fase más definida comenzó en la década de los ‘90 cuando Estados Unidos reinventó, a falta de la Unión Soviética , un enemigo para el pueblo norteamericano, enemigo necesario, sobre todo cuando se trata de levantar una economía en recesión a través de la producción de armas y diversos artilugios para la guerra. Ese enemigo fue creado de acuerdo a dos principios claves: la defensa de los intereses del sionismo y la necesidad de ocupar los territorios que los soviéticos dejaron desamparados. Ambos principios se encuentran estrechamente ligados, ya que el mismo sionismo había conquistado Palestina cincuenta años atrás con la idea de crear un Estado en un lugar geopolíticamente relevante [2]. La guerra que llevó a cabo George Bush padre, significó también la muerte de cerca de 60.000 iraquíes, sin embargo fue lo suficientemente breve como para atribuirse un triunfo espectacular e impedir que a la opinión pública norteamericana se le vinieran encima los fantasmas de Vietnam.

Durante esos años ‘90, cuando Estados Unidos impuso el embargo económico a Saddam Hussein y los iraquíes morían ante el desprecio y negligencia de la comunidad internacional, Samuel Huntington preparaba su libro “El Choque de Civilizaciones”, que ayudó a la construcción de una imagen negativa del Mundo Árabe e Islámico y al mismo tiempo dio la excusa política para preparar una gran “guerra final”. Huntington vino a reemplazar en el siglo XX el lugar dejado por los teóricos de las cruzadas medievales que habían construido una imagen de Oriente coherente con la búsqueda agresiva del posicionamiento geopolítico y comercial. Nuevamente, como asesor de terribles hombres que portan la cruz en sus manos, la teoría se pone a disposición del poder. Y hay aquí una cuestión importante, pues más allá de los mitos que están construyendo la actual historia oficial de la guerra de Iraq, debemos develar, por sobre todas las cosas, aquellas historias de horror que se encuentran siempre como precedente de la oficialidad. Como plantea Michel Foucault en su análisis de la genealogía de Nietzsche, “la humanidad no progresa lentamente, de combate en combate hacia una reciprocidad universal, en las que las reglas sustituirán, para siempre, a la guerra; instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas y va así de dominación en dominación” [3]. El gran juego de la historia, sería entonces apoderarse del sistema de reglas, tergiversarlo, utilizarlo de acuerdo a los intereses del conquistador y así seguir contando una historia que al rectificar sus propias reglas convierte nuevamente a la verdad en un supuesto inmutable.

Así ha actuado Estados Unidos, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, cuando pudo ejercer poder y dominación sin contrapeso, acompañado de un séquito de gobiernos que legitiman sus reglas, las cumplen, las obedecen, las refuerzan y las distribuyen hasta los rincones más putrefactos de la humanidad. Este es sin duda un hecho doloroso para cualquier ser humano con algún grado de conciencia y moral. Son nuestros gobernantes, los de América Latina, los de África, los propios árabes los que están inclinando su cabeza hasta el punto en que se les han enterrado por completo en la tierra sin siquiera sacar provechos claros para sus pueblos. ¿Es simplemente el miedo al boicot, a la migración de capitales, a que se les ponga en duda el catálogo triste de “países en vías de desarrollo” lo que ha impedido que se alcen voces valientes desde nuestros gobiernos y otros tantos hayan incluso participado en la misma invasión, como es el patético caso de El Salvador, cuyo presidente, Elías Antonio Saca, es de origen palestino?
Al mismo tiempo, Estados Unidos es un campo propio de acción en el cuál participan de modo desigual los distintos actores que intentan controlar el sistema de reglas. Se vuelve interesante abrir áreas de investigación que, bajo estas premisas, pueda comprender el rol del sionismo, sus estrategias políticas, contextualizadas, y el cambio en el sistema de reglas que le permitió transformar la idea de judío en un agente de poder. Mal que mal, en Estados Unidos ni siquiera el triunfo de los demócratas en las pasadas elecciones legislativas ha podido frenar la guerra de conquista norteamericana. Y claro, también hay que entender que este partido, que ha criticado a Bush por la guerra y ha lanzado a Al Gore como paladín de la lucha contra el calentamiento global [4], en realidad tiene en su propia estructura a un grupo de sionistas liberales que llegaron incluso a lanzar un candidato para vicepresidente en las últimas elecciones en que Bush se erigió por un nuevo período.

Los demócratas norteamericanos jugaron en los ‘90 el rol que les correspondía de acuerdo a las crisis económicas que vivió su país y la ya montada idea del nuevo “enemigo árabe”. Clinton mantuvo el embargo durante todo su período y al mismo tiempo movió hábilmente las piezas necesarias para el futuro reordenamiento del mapa de Medio Oriente, a través de la promoción del Acuerdo de Oslo entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) e Israel que a la postre significó la peor condena para los palestinos hoy sumidos en una cruenta guerra civil. Este acuerdo pretendía actuar de manera definitiva sobre el problema más agudo del Medio Oriente y en efecto, para las pretensiones sionistas, logró la consolidación de un mapa favorable a Israel en el cuál se volviera inviable la construcción de un Estado palestino traspasado y asfixiado por los asentamientos ilegales, sin autonomía real ni autodeterminación. Esto es de gran importancia para comprender lo que ocurre hoy con Iraq ya que la Guerra del Golfo y el Acuerdo de Oslo son la aplicación concreta de estrategias de dominación y consolidación del proyecto sionista. Y al mismo tiempo, permitieron a Estados Unidos aparecer como el “garante de la paz mundial” levantando su economía en recesión o en permanente peligro de caer en ella.

Pero para el reordenamiento geopolítico de Oriente Medio, se necesitaba, además, influir en la inestabilidad del propio Iraq. Por eso es que la fórmula “petróleo por alimentos” que negoció el gobierno iraquí con Naciones Unidas, conservaba los elementos que Iraq se había negado a aceptar durante años: la escisión territorial del Kurdistán iraquí, la gestión foránea de los recursos, y la sustracción del 30% de los ingresos por venta de petróleo para el pago de indemnizaciones por la Guerra del Golfo [5]. La decisión de convertir al Kurdistán en un enemigo del régimen iraquí y al mismo tiempo entregarle promesas de independencia, pasando por alto los años de trabajo entre el gobierno de Hussein y los líderes kurdos, se convirtió en un arma que rendiría sus frutos en la actualidad, cuando la invasión se ha encargado de agudizar las relaciones entre kurdos y árabes y al mismo tiempo ha acercado a los kurdos a Israel, con el discurso del “Estado no árabe en medio del Mundo Árabe”.

Nuevamente debemos volver al rol de la comunidad internacional en este asunto, esta vez considerando a países desarrollados y subdesarrollados. Supuestamente los estados del mundo han creado a Naciones Unidas con el fin de establecer un espacio de interacción entre partes iguales. Nueva ilusión del poder. En realidad la instalación de un sistema de reglas en que Estados Unidos aparece simbólicamente como país garante de la paz/soldado universal, tiene su correlato inmediato en las relaciones entre los países que legitiman estas reglas. ¿Debemos excluirlos por lo tanto de la responsabilidad de la muerte de miles de personas por el hecho de estar inmersos en una relación de poder en la que sacan la peor parte? Más bien se debiera cuestionar las estructuras que posicionan tan diferencialmente a las potencias económicas de los demás países y establecer sanciones legales para los culpables. Tal es la única manera de que Naciones Unidas (ONU) pueda al menos mantener un tiempo más una legitimidad basada en los ideales fundacionales que jamás cumplió. Debemos recordar, a este respecto, que la ONU dictó el embargo contra Iraq en agosto de 1990 y luego de la intervención bélica de Estados Unidos, cuando el país había sido destruido infraestructuralmente, el propio Consejo de Seguridad del organismo renovó el embargo en enero de 1991 a través de la resolución 687.

Las consecuencias de la desidia internacional tuvieron su impacto directo en la población civil iraquí. Los indicadores económicos y sociales descendieron de 1990 a 2000 a los del tiempo anterior a la comercialización del petróleo en los ‘50; la esperanza de vida se redujo en diez años, de 66 a 57 años; los sueldos de los funcionarios públicos se redujeron en un 80% y el coste de una caloría alimenticia aumentó en 500% [6]. A consecuencia del embargo, en Iraq murieron más de un millón y medio de personas, de los cuales seiscientos mil eran niños. Y recordemos que la invasión estadounidense tenía por propósito discursivo defender a una monarquía (la familia As Sabah de Kuwait) que ningún pueblo había elegido y cuyo territorio había formado históricamente parte de Iraq. Esta última acotación es relevante si consideramos que el reordenamiento del Medio Oriente por parte de las potencias no es un hecho nuevo y Estados Unidos viene simplemente a desempeñar el rol de la nueva potencia bélica, con la salvedad de que su poder es inmensamente superior al de sus predecesores. Los años de embargo, como plantea el ex observador de Naciones Unidas en Iraq Hans von Sponeck finalizaron con “la victoria política de la línea dura del Consejo de Seguridad y la derrota de esta institución como instrumento para resolver conflictos internacionales” [7].

El triunfo de Bush marcó evidentemente un hito en la política norteamericana por las condiciones favorables para la agudización de una forma de relación, de este país con el mundo, mucho más agresiva. La tesis de Huntington pasó a ser ley natural, es decir se institucionalizó como saber una relación mortal entre dos bloques del mundo absolutamente discordantes y antagónicos. Pero Bush no salió de la nada, sino que precisamente es lo que la política norteamericana estaba esperando luego que los discursos sobre el mundo planteados por los demócratas comenzó a desgastarse. Y ojo, digo el discurso porque en la práctica los gobiernos de Clinton fueron absolutamente propiciadores de la realidad actual. Al fin de la era Clinton, había llegado el momento de levantar una economía en recesión y de agudizar la polarización creciente de los discursos y Bush era el personaje ideal. Esto principalmente porque el actual Presidente de Estados Unidos es parte de un sector que jugó sus cartas durante cien años en la política norteamericana, de corte conservador-fundamentalista, que utilizó los recursos de la modernidad para imponer sobre un gran número de sus ciudadanos una construcción simbólica basada en principios bíblicos y mesiánicos. El punto de inflexión de esta construcción de paradigma se alcanza cuando Bush declara la existencia de un “eje del mal” e invita a los países a “estar con él, o bien con el enemigo”.

Tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, no vendría un nuevo orden internacional como muchos analistas vomitan sin historizar las relaciones de poder. Simplemente se agudizó la relación entre los poseedores de los medios de producción y el enemigo que estos mismos habían inventado a fin de mantener la estabilidad de la estructura de dominación. El objetivo discursivo fue la liberación del mundo del peligro terrorista, el objetivo real, apoderarse de las riquezas naturales y perpetuar esa conquista a través de la división, proceso que, como hemos visto, no comienza con esta invasión.

La posición estratégica del país de Saddam era demasiado importante como para pensar que su posible democratización iba a ser producto del esfuerzo de su creciente clase media. No, había que intervenirlo porque el poder que Iraq ejercía sobre el petróleo era demasiado grande, o sea, el tener un recurso de abastecimiento mundial significa la perdición de todo ejercicio ciudadano y he ahí donde se evidencia el actuar del imperialismo. Si no, pregúntenles a los saudíes y emiratíes, países que pueden jactarse de derrochar petrodólares pero en los cuales Estados Unidos ha actuado con la fuerza suficiente como para sostener a monarquías con nula representatividad. Y por último pregúntenle a los palestinos que sin tener petróleo se ubican lamentablemente en un lugar del mundo que había que liberar de los “bárbaros islámicos” [8].

De todos modos, cuando hay desigualdad y ejercicio desmesurado de poder, también existe resistencia. Una resistencia generada precisamente a partir de la invasión norteamericana a Iraq. Lo que antes era una división religiosa y étnica que amenazaba la estabilidad del régimen de Hussein y frente a la cual el presidente actuaba a veces con reuniones y otras tantas con matanzas, se ha convertido ahora en una férrea lucha contra la ocupación. Una población que durante años vivió el embargo económico, cuyo principal responsable fue Estados Unidos ¿Porqué hubiese querido que un país sin Saddam fuese el equivalente a un país con los norteamericanos? La guerra de Iraq se ha sustentado discursivamente en la “liberación” de los iraquíes de un régimen que atentaba contra sus vidas, pero el ciudadano iraquí sólo puede ver hoy la muerte mucho más de cerca debido a una invasión que a todas luces ha superado lo aguantable, pareciéndose mucho más a una Palestina que a un Iraq libre.

El caos que ha producido la invasión norteamericana también puede ser entendido como un paso hacia la consolidación de la estructura de poder. Si nos acercamos detenidamente a constatar los desplazamientos geopolíticos que han resultado de la guerra, veremos que no ha desaparecido el “eje del mal” y muy por el contrario, Irán aparece cada vez, con mayor fuerza, como el representante de los países no alineados con la posición estadounidense. ¿Era esto lo que se había propuesto Bush y sus aliados antes de la guerra? Probablemente no; sin embargo, cada nuevo reordenamiento del mapa, cada acrecentamiento de la influencia sobre los actores en lucha, genera nuevos problemas y oportunidades que sólo podrían resolverse a través de una lógica del poder. Invadir Irán, luego de Afganistán e Iraq podría ofrecerle a Estados Unidos la posibilidad de controlar de facto una tríada con demasiados recursos energéticos, pero nadie puede asegurar que las condiciones para materializar este terrible ideal se encuentren desarrolladas. De hecho, la resistencia iraquí, a pesar incluso de llevar a cabo una lucha fratricida, le está mostrando a Estados Unidos que el “enemigo árabe” es un digno representante del Vietnam de los 60's.

Retomando el tema de la manera en que los latinoamericanos nos aproximamos al problema iraquí, debemos tener conciencia de dos elementos relevantes. La invasión a Iraq no marca el climax del imperialismo, sino al contrario, es el primer Vietnam del Siglo XXI, con todo lo que ello implica. El poder que hoy enviste militarmente a Iraq no es distinto de aquel que obliga a nuestras economías a comportarse de acuerdo a los intereses del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. El poder es polimorfo, se adapta a las circunstancias de países que culturalmente llevan sometidos más de un siglo y por lo tanto no ofrecen resistencias en este ámbito. Las resistencias latinoamericanas, fundamentalmente las izquierdas, operan en el mismo universo simbólico del capitalismo y por lo tanto son intervenidas de “otro modo”. Pero aquello es circunstancial, y aquí planteo la segunda cuestión relevante: el mundo ha dado signos concretos de encontrarse en un proceso de descomposición acelerada, producto de la acción humana [9]. El calentamiento global y la búsqueda de energías avanza no sólo hacia la intervención militar directa en los países “del otro lado del mundo”, sino también hacia la búsqueda de nuevos territorios, nuevas fuentes energéticas que abastezcan a quienes tienen la posibilidad de ejercer poder. Por eso, es menester alumbrar los caminos sin perder de vista la interrelación de los sucesos mundiales, particularmente el de Iraq, el país donde el imperialismo del Siglo XXI se ha hecho carne en los soldados y sus tanques de la muerte.

CITAS

1. Podríamos utilizar, quizás con mayor acierto, la palabra “periféricos” como la utiliza Samir Amin.
2. Sería bueno recordar que la partición de Palestina el año 1947 tuvo en cuenta dejar por el territorio asignado al Estado Judío los pasos de los oleoductos provenientes de Iraq.
3. Foucault, Michel. “Nietzsche, la genealogía, la historia”, p. 40, Editorial Pre-Textos, España, 2004.
4. Por supuesto que llama la atención que durante el gobierno de Bill Clinton, donde Al Gore fue vicepresidente, no se haya hecho ningún esfuerzo real porque Estados Unidos adhiriera a los Protocolos de Kioto, y siguiera siendo el mayor agente contaminador del mundo.
5. Varea, Carlos. Prólogo al libro de Hans C. von Sponeck “Autopsia de Iraq”. Ediciones de Oriente y el Mediterráneo. IraqSolidaridad.org.
6. Ibíd.
7. Hans von Sponeck. “Las sanciones, otra forma de guerra”, Ediciones del Oriente y Mediterraneo. Artículo publicado en Rebelión.org
8. La modernidad hace la diferenciación entre bárbaros y racionales, a diferencia de la Edad Media que construía su discurso de poder a partir del binarismo religioso fiel-hereje.
9. Parece hasta un tanto ridículo que hasta en aquello los estadounidenses tengan la máxima responsabilidad, pero así es y sólo una lectura que lo relacione con el orden mundial actual podría dar alguna respuesta satisfactoria al problema.

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