domingo, 11 de noviembre de 2007

De Camp David a Annapolis: Tras los pasos del imperio

Para todos es evidente que durante los últimos años, particularmente desde el 2000, hemos comenzado a vivir el recrudecimiento de la violencia en Oriente Medio. Una serie de hechos han ido conformando un panorama terrible para la vida de millones de personas que viven en el exilio, bajo ocupación militar o en situación de guerra. Podríamos citar como fecha de inicio la Cumbre de Camp David, donde Yasser Arafat se opuso con justa razón a la creación de un Estado Palestino sin retorno de los refugiados, desmilitarizado, cortado en bantustanes al estilo sudafricano, sin control de sus recursos naturales (particularmente los hídricos) y con fronteras administradas absolutamente por Israel (1). En aquel momento, el gobierno de Israel y la prensa mundial culpó a Arafat de negarse sin razones a la paz y de reaccionar con irresponsabilidad política luego de que el fracaso de la cumbre desembocara en la segunda Intifada (Intifada de Al Aqsa).

Todos fuimos testigos de la difusión de ese tipo de información tergiversada y con mucho de interés creado. Acaso porque de ello dependía el Premio Nobel de Bill Clinton, o bien porque efectivamente para el sionismo aquella cumbre representó la posibilidad histórica de asegurar por unos buenos años la continuidad de su proyecto colonizador. Como fuera, los medios se ensañaron con los dirigentes palestinos de aquel entonces y ni siquiera las matanzas continuas perpetradas por el ejército israelí en los Territorios Ocupados fueron un elemento de alerta para la Comunidad Internacional frente al sufrimiento de millones de seres humanos.

Pero las cosas no quedaron ahí. El fracaso de una solución negociada al conflicto más importante de Oriente Medio significó el comienzo del fin para un tipo de liderazgo en Palestina basado en el carisma. Arafat murió algunos años después luego de soportar un terrible aislamiento que la Comunidad Internacional volvió a presenciar sin mayor reacción. El Rais palestino, que había instalado en el imaginario de Occidente la palabra Palestina, era ahora el símbolo de aquello que todo el mundo sabía que debía alcanzarse, la creación de un Estado Palestino independiente, pero que todos, también sabían, se encontraba cada vez más lejos.

Pero Camp David no sólo fue el comienzo del sufrimiento palestino, sino que también condujo a un cuestionamiento interno en Estados Unidos respecto a cuál era la manera en que debía relacionarse con Oriente Medio. La tesis del Choque de Civilizaciones de Samuel Huntington y el auge de los conservadores religiosos en la política norteamericana, crearon las condiciones objetivas para que Estados Unidos desarrollara un ambicioso plan consistente en asegurar su hegemonía sobre el Mundo Árabe y sus alrededores. El atentado a las Torres Gemelas no hizo más que corroborar la maldad intrínseca de los musulmanes que supuestamente defendían un bloque cultural homogéneo frente a un Occidente racional. Frente a las concepciones de Orientalismo y de Cultura e Imperialismo del ya fallecido Edward Said, la tesis de Huntington se alzaba triunfante como estrategia de comprensión del mundo y de pauta para la acción.

El 2001, mismo año del Atentado a las Torres Gemelas en New York, Estados Unidos lanzó una guerra contra Afganistán, de la cuál aún no sale triunfante. En 2003 este mismo país se lanzó a una guerra contra Iraq, asesinó a miles de civiles, estableció un régimen del terror, destruyó toda infraestructura en el país, saqueó uno de los mayores patrimonios culturales de la humanidad y de paso se hizo de los recursos petrolíferos de una de las más ricas zonas del planeta. ¿Lograron los estadounidenses sus objetivos? Jamás se encontraron las armas de destrucción masiva que supuestamente fabricaba el gobierno de Saddam Hussein ni tampoco se trajo paz y estabilidad; todo lo contrario, la ocupación militar estadounidense comenzó a consolidarse en la medida en que se hacía cada vez más imposible calmar el caos que había hincado la guerra. Cuando se descubrió que encontrar armas de destrucción masiva era un asunto imposible porque su existencia era un invento de los neoconservadores estadounidenses (2), el mundo siguió impávido viendo cómo Iraq iba de un títere de Bush a otro, sin poder frenar el aumento escalofriante de las milicias subversivas y de los grupos islamistas más radicales.

En la etapa en que Estados Unidos anunció la guerra de Iraq, el mundo también sufrió un desplazamiento de las fuerzas relevantes para la instauración de discursos con validez universal. Europa, que para todos los analistas iba en camino a convertirse en más que un agente relevante de la economía mundial, actuó de manera disgregada: Aznar en España y Blair en Inglaterra siguieron el camino de Bush, mientras Chiraq en Francia actuó asumiendo un rol más activo en impedir la guerra (lo que guardaba relación más que con la búsqueda de paz, con los tratados que el país tenía con Hussein en derechos sobre la explotación de petróleo). Lo cierto es que este conflicto permitió a Rusia posicionarse políticamente por encima de Europa (recobrando parte de su rol histórico) y convirtió a los líderes del Viejo Continente en meros vasallos de las ideas fundamentalistas de Bush.

¿Y los palestinos? Para ellos el accionar del imperialismo los afectó en todos los frentes. Los que se encontraban en el exilio como refugiados (cerca de cuatro millones) fueron masacrados en Qana por el ejército israelí en 2006 y por el ejército libanés en Naher el Bared en 2007. Para los que viven bajo ocupación militar israelí, les estaban guardados más asentamientos sionistas ilegales, mayor represión, la desconexión y aislamiento de Gaza, el boicot internacional a su gobierno elegido democráticamente, el fomento de la división política interna y quizás el evento simbólico más potente para el mundo entero desde la caída de la Unión Soviética : la construcción de un Muro declarado ilegal por la Corte Internacional de La Haya , que separa a los palestinos de Israel y a los palestinos de sus mismos compatriotas ya que se encuentra construido íntegramente sobre el suelo que los Acuerdos de Oslo daban a jurisdicción de la Autoridad Nacional Palestina.

En resumen, mientras que Camp David significaba una trampa mortal para los palestinos (de haber sido firmada) los resultados para Oriente Medio (y para los propios palestinos), luego del fracaso de la cumbre, fueron las peores penas del infierno. Aquello deja al descubierto la inexistencia de la comunidad internacional en materia política y la condescendencia de las “potencias” frente al accionar del sionismo internacional y por sobre todo de Estados Unidos. Esta relación de poder absolutamente desigual no sólo se mueve en un accionar de constante desprecio por la vida humana, sino que además emprende un discurso que por una parte legitima la muerte de millones de personas catalogadas de terroristas por el simple hecho de haber nacido en un país sobre el cuál Estados Unidos tiene pretensiones económicas. Por otro lado, el mismo discurso articula puntos de encuentro para “hacer la paz”, como mecanismo de inmovilización no sólo de los Estados, sino también de los movimientos sociales. Camp David fue un buen ejemplo, tanto por ser una gran farsa como por las consecuencias terribles que trajo al mundo árabe e islámico.

Veamos los hechos actuales. Luego de desencadenar dos guerras contra países del orbe musulmán y desarrollar un ambicioso plan de reordenamiento territorial del Medio Oriente, Estados Unidos aparece ante el mundo como el principal garante de una “Cumbre de Paz”. Los convocados a esta nueva trampa son nada menos que aquellos países y entidades que frente a los micrófonos vociferan contra las políticas genocidas norteamericanas: la Liga Árabe, Naciones Unidas, Europa, Rusia, entre otros. ¿Cómo se explica que Estados Unidos goce de semejante legitimidad para llevar a cabo una “cumbre de paz”, en calidad de “garante de la paz” si es el mismo país que ha llevado a la destrucción completa de la posibilidad de alcanzar una paz mundial y que ha asumido explícitamente el rol de “soldado universal”?

Las respuestas debemos encontrarlas en los propios países que legitiman esta desgracia. La Liga Árabe fue fundada en 1945 con el objetivo de reafirmar, por una parte la independencia y soberanía de cada uno de los Estados árabes por sobre cualquier proyecto de unificación política-territorial (3). El segundo objetivo que justificó su conformación fue la búsqueda por establecer principios de acuerdos entre los Estados árabes a fin de participar en otras instancias internacionales con una postura cohesionada. El primer objetivo ha funcionado muy bien ya que los Estados árabes, lejos de tomar la opción de la unidad política se han enfrentado entre sí en diversas ocasiones. El segundo objetivo, por esta misma razón es en realidad una verdadera mentira. El gran problema para la unión de objetivos es que los años al servicio del imperialismo británico y luego norteamericano han terminado por distanciar los objetivos de cada país.
Monarquías acaudaladas como la saudí y dictaduras terribles como la de Mubarak en Egipto, son buenos ejemplos de Estados que han renunciado a poner sobre la mesa los objetivos árabes y han preferido ser simples vasallos del imperialismo norteamericano. Sin embargo, frente a la comunidad internacional dicen defender los intereses árabes, como si la Invasión de Iraq y la Ocupación de Palestina no fuesen motivos suficientes para reaccionar. De esta manera, la Liga Árabe es un instrumento nefasto para el conjunto de países árabes, pues legitima con su participación en los foros y cumbres patrocinadas por Washington todas las invasiones, mientras al mismo tiempo, instaura una idea de unidad sobre el inconciente colectivo árabe que sirve para legitimar tan sólo los propios intereses de las dictaduras por quedarse en el poder y de Estados Unidos por controlar sus recursos naturales.

El caso de Europa es diferente. Parte importante del continente ha hecho un esfuerzo real por establecer una entidad cooperativa ( la Unión Europea ) que tiene mucho más de unión política que la Liga Árabe, pese a que sus países no comparten la misma lengua. Los países de Europa son las antiguas potencias, que gobernaron a comienzos de siglo el Mundo Árabe y sus intereses tienen que ver con participar de la tajada económica que puede significar el reordenamiento del Mundo Árabe. Mientras el mundo entero salía a las calles para pedir el “no a la guerra” los Estados de Europa se dividieron y fueron incapaces de articular una propuesta única, más aún algunos aún mantienen tropas en tierras árabes esperando su tajada de la torta.

Pero sin duda alguna el gran organismo en el mundo hoy es la Organización de Naciones Unidas (ONU). La ONU , recordémoslo por favor, fue el gran impulsor desde su formación hasta 1947 de la partición de Palestina. Si bien nunca pensaron los promotores de esta idea las consecuencias humanas que tendría, lo cierto es que la organización se ha debatido desde entonces entre ayudar a los refugiados palestinos, sacar resoluciones que nadie ha respetado jamás y señalar caminos para soluciones “justas” que ningún Estado ha considerado factibles (4). A estas alturas, la ONU no es otra cosa que un instrumento de Estados Unidos, que a través de ella adquiere legitimidad para su accionar, y cuando aquello no resulta y Naciones Unidas mantiene una posición de firmeza y crítica contra su país anfitrión, este tiene la capacidad para hacer la guerra “sin su permiso” como ocurrió con Iraq.

Todos los organismos internacionales en cuestión (Liga Árabe, UE y ONU) han perdido legitimidad producto de su incapacidad para reaccionar frente a problemas reales como el imperialismo que abarca sus propios campos de acción o bien sus intereses creados. Al acudir a la Cumbre de Annapolis estas organizaciones no hacen más que cumplir su rol histórico de legitimadores del imperialismo y de fomentar una falsa creencia de que el mundo es un mejor lugar gracias a que ellos existen.

Por su parte, los palestinos llegan a esta cumbre en el peor momento de su historia. Aquello nos debe hacer temer que acepten cualquier documento que se les ponga por delante. Mahmoud Abbas se encuentra lejos de la popularidad que gozaba Yasser Arafat, líder histórico de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Para los palestinos de los Territorios Ocupados y aquellos en el exilio, llegan desde sus autoridades mensajes muy ambiguos. Discursivamente Abbas promete al pueblo palestino no ceder ante las presiones de Israel en la Cumbre de Annapolis, pero al mismo tiempo prefiere negociar con este que con sus compatriotas de Hamas, electos democráticamente bajo la lupa de los observadores internacionales y boicoteado por los mismos que hoy le invitan a firmar la paz. ¿Defiende entonces Abbas una posición ética? Evidentemente no, más bien lo que busca es consolidar un proyecto que ya lleva largos años y que ha creado al interior de la sociedad palestina una división de clases basada precisamente en la Ocupación Militar Israelí.

¿Quién puede asegurar que Abbas gane las elecciones por siempre en la ANP y que de ese modo, al ser un aliado para Estados Unidos e Israel, se refuerce una suerte de independencia para los palestinos? Muy por el contrario, el triunfo de Hamas en las elecciones de enero de 2006 mostró que los palestinos estaban hartos de la corrupción y de la desidia de sus autoridades frente a una ocupación brutal y genocida como la que impone hasta hoy Israel. ¿Entonces quien es Abbas para representar a los palestinos? ¿No falta acaso la otra mitad de los palestinos ahí en Annapolis? Por una parte, es cierto que Hamas no goza en militancia e ideología de un número similar de personas a las que votaron por porque la organización llegara en mayoría al parlamento. Sin embargo, Hamas ganó en democracia, la misma que es tan difícil de practicar cuando se vive bajo ocupación y que luego la comunidad internacional vetó. Para los palestinos las reglas no son las mismas que para todo el mundo.

Ahora, todos van entrando por las puertas de Annapolis a “arreglar” esta difícil situación. Pero mientras Bush se transforma en el paladín de la paz y la justicia, en Iraq y en Palestina millones de seres humanos quedan bajo la más terrible desprotección, sumidos en la desesperación al mismo momento que sus líderes hablan con whisky en mano acerca de los refugiados (mejor dejémoslo para el final), del agua (no mejor no hablemos de eso tan complicado), de Jerusalén (lo siento, mi parlamento ya dijo que no se podía… no depende de mí), de la ocupación (eso sí, es más ambiguo), del Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos (¿qué es eso?).

Hace siete años fue el turno de Camp David y ahora le toca a Annapolis (5). ¿Qué se busca con esta nueva cumbre? Habría que preguntar en la Casa Blanca. ¿Cuáles serán sus efectos? Nadie podrá saberlo. Sólo tendremos que esperar siete años más a la próxima cumbre en algún otro balneario estadounidense.


NOTAS


1. Algunos detalles sobre Camp David pueden ser vistos en el artículo de Seth Ackerman titulado “Distorsionando las negociaciones de Camp David”. URL disponible en http://www.rebelion.org/medios/ackerman060203.htm
2. Un artículo interesante al respeto es el de Higinio Polo titulado “¿Dónde están las armas de destrucción masiva?” URL disponible en http://www.rebelion.org/imperio/030423polo.htm
3. A pesar de la aparición esporádica de algunos intentos de unión como la República Árabe Unida conformada por Egipto y Siria entre 1958 y 1961.
4. Israel es el país que mayor cantidad de resoluciones de la ONU ha violado. Las más importantes están detalladas en http://www.musulmanesandaluces.org/hemeroteca/20/onu.htm
5. No está de más recordar que siete años antes de Camp David se llevó a cabo la firma del Acuerdo de Oslo en los jardines de la Casa Blanca. Con ello se dio inicio a la creación de la Autoridad Nacional Palestina con Arafat a la cabeza.

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