lunes, 25 de febrero de 2008

Estudios de la Mujer y Género como concepto explicativo

1. Estudios de la mujer
¿Qué pasó con las mujeres de antes? ¿Donde quedaron las buenas amas de casa que servían a sus maridos fatigados por las largas jornadas de trabajo necesarias para el mantenimiento del hogar; y esas madres abnegadas que traspasaban de generación en generación recetas irrepetibles con las cuales deleitaban los estómagos masculinos? No es cosa rara escuchar exclamaciones de angustia y desesperación desde tribunas distintas, pero convergentes, acerca de los cambios que han afectado a las mujeres, sacándolas de su “lugar de origen”, el hogar, para transformarlas en seres con menos “sensibilidad”, integradas al frío mundo de las decisiones y del trabajo (no labor), pero que por su inadecuación jamás podrían realizar el trabajo de los hombres como ellos mismos.

Y es que los poderes fácticos funcionan hoy más que nunca, acaso porque la resistencia se ha vuelto fértil y los mecanismos de distribución del poder han tenido que multiplicarse. En un contexto de logros concretos, los estudios sobre la mujer fueron fundamentales para comprenderlos, pero también para generar estrategias que permitieran la planificación de nuevos logros y la construcción de la perspectiva misma de género. La institucionalización de la temática de género tiene su origen precisamente en los estudios de la mujer que permitieron teorizar sobre los derechos diferenciados y de ahí provocar cambios en el sistema de valores mundial y la integración del género como política de los Estados modernos. Esta teorización no sólo benefició a las mujeres, sino que fue un importante paso para el análisis de temáticas como la indígena y su inclusión en el ámbito de las políticas públicas. Menciono esto, pensando principalmente en que los estudios de la mujer son un punto de inflexión para cambios globales de gran trascendencia.

Sin duda que un valioso aporte de los estudios de la mujer ha sido develar la propia historia de las mujeres, hasta entonces escrita desde lo masculino. Releer y resignificar la historia ha dado pie a la teorización de las estructuras de dominación históricas, así como de las actuales formas a través de las cuales el poder de lo masculino se posiciona como dominante frente a lo femenino. Por esto mismo, el estudio sobre la mujer nace dentro del mundo feminista, es decir, con una militancia preestablecida y asumida que será, como veremos, un punto de confrontación con las estructuras dominantes que, a su vez, han tenido durante siglos una militancia escondida detrás de conceptos como verdad y realidad. La mujer es analizada más que como un personaje invisible de la historia, como uno construido en una relación “turbia” y “ambigua” como dice Sonia Montecino. La gran mayoría de las teorías del siglo XX habían estado (y siguen estándolo) construidas a partir de visiones androcéntricas, donde la mujer aparece construida siempre en función del hombre y no al revés.

Otro aporte valioso de los estudios de la mujer ha sido la relectura crítica hacia las teorías más importantes de los últimos dos siglos. Las conversaciones de Irigaray con Lacan en el psicoanálisis, de Gayle Rubin con el estructuralismo, de Simon de Beauvoir y Eleanor Leacock con el marxismo, entre otras, son la prueba misma de la necesidad de introducir la perspectiva de género en las distintas disciplinas, y al mismo tiempo estudiar el género de manera interdisciplinaria. Esta teorización se ha vuelto más y más compleja al punto de lograr la crítica a las propias teorías sobre la mujer, fenómeno que sólo ocurre cuando se ha llegado a construir un cuerpo teórico potente y explicativo a través del cual surgen paradigmas de comprensión del mundo. La crisis de esos paradigmas no elimina la teoría, sino por el contrario la complejiza aún más y le otorga la posibilidad de expandir las áreas de investigación. He ahí que conceptos como Patriarcalismo, género, mujer y sujeto hayan sido cuestionados, complejizados y resignificados.
Una de las cuestiones más importantes ha sido la resignificación del concepto de sujeto. En efecto, los estudios sobre la mujer se han transformado en un paso más allá para la historia de la modernidad por cuanto amplían las propias pretensiones de esta, truncadas por la masculinidad con que fue construida. El estudio de la mujer ha permitido, entre otras muchas cosas, poner una voz de alerta sobre los determinismos propios de las teorías modernas, particularmente del evolucionismo. Las escuelas de pensamiento marxistas también habían construido un concepto de Sujeto esencialista, que no permitía la incorporación de nuevas formas. Tal como plantea la cita de Simon de Beauvoir hecha por María Luisa Femenías, el sujeto había sido una construcción teórica mirada siempre desde la masculinidad y “Al no plantearse las mujeres así mismas como Sujeto, no han creado un mito viril en el cuál se reflejarían sus proyectos; carecen de religión y de poesía que les pertenezcan por derecho propio: todavía sueñan a través de los sueños de los hombres”.1 En de Beauvoir existe una reconceptualización de la relación hombre- mujer a partir de la dialéctica hegeliana que permite comprender el surgimiento del Sujeto femenino que no sólo aparece como un “otro” frente al hombre, sino que además mantiene una estrecha relación con él, muy distinta a la que establece el hombre con el esclavo.

En efecto, los estudios de la mujer permitieron la complejización del propio término mujer, dada la inmensa variabilidad de roles femeninos, que si bien aparecen siempre en una relación de dominación, obedecen a contextos muy distintos, en especial en la sociedad occidental estructurada por clases, donde las mujeres se posicionaban también jerárquicamente, aún cuando en la relación hombre-mujer ella no fuese la propietaria de la propiedad ni de los medios de producción. Aquí podríamos decir que en términos de Bourdieu, las mujeres poseen distintos habitus, de acuerdo al campo social en el que llevan a cabo su agencia.

Entonces, si comprendemos que el surgimiento de los estudios de la mujer están íntimamente ligados al desarrollo de un movimiento feminista, (que no sólo se concibió como transformador de las estructuras de opresión de la sociedad, sino que obtuvo logros concretos en el aumento de la participación de las mujeres en el espacio público), debemos entender a estos como la teoría que construye la praxis de las mujeres durante el siglo XX. De ahí que surja también la crítica de los sectores más reaccionarios que se encuentran al interior de todas las grandes teorías. Porque el feminismo no sólo es un peligro para los altos puestos de la academia, sino que es fundamentalmente la desestructuración de las relaciones sociales basadas en la masculinidad como ideología única y dominante. Eso implica cambios en el hogar, en el trabajo, en la plaza, en el gobierno, etc. Y acaso por ser distinta la relación hombre-mujer que la de hombre-esclavo, tanto más diferente es la abolición de las relaciones de dominación que conducen a la liberación de las mujeres.

Ahora bien, hoy nos enfrentamos a un nuevo silencio feminista que tiene que ver fundamentalmente con la manera en que las estructuras de poder han ido acomodando el propio discurso de las mujeres para “institucionalizarlo” y hacerlo coherente con un tipo de cambio no radical que deja contentos a unas cuantas parlamentarias feministas pero que no alcanzan a ser percibidos por las mujer-es (no es una crítica a la institucionalización en sí, que es un logro objetivo, sino a la instrumentalización). De la misma manera que los procesos sociales de emancipación humana se vieron truncados por las deformaciones de los experimentos “reales”, la emancipación de la mujer se nos aparece como un proceso inconcluso que cada vez que es más explorado se nos aparece como más complejo y difícil. Por eso la tarea de teorizar sobre las mujeres sigue siendo urgente y de compromiso, aún más cuando el contexto de la globalización plantea nuevas posibilidades de relación y desplazamiento del conocimiento. Aquello se nos hace más urgente si consideramos que en un mundo que tiende hacia la internacionalización de la acumulación del capital, la única respuesta posible de nuestras sociedades es el aumento de los niveles de participación democrática, y como dice Femenías, “no es posible un orden social genuinamente democrático dentro del régimen patriarcal en el marco de la opresión e invisibilización de las mujeres”.

Si una de las críticas fundamentales a los estudios de la mujer ha sido el que la mujer hable sobre la mujer (léase falta de objetividad, instrumentalización teórica), la verdad es que los hombres han hablado sólo de los hombres y han construido con el registro histórico a una mujer acomodada a los moldes de un sistema masculino. La propia Simon de Beauvoir lo hizo notar cuando afirmó que “los hombres no podían llegar a un acuerdo respecto al problema de las mujeres porque en ese caso estarían actuando como juez y parte”2. Estas críticas provocaron el aislamiento de ciertos grupos de estudio, quedando excluidos y autoexcluidos muchos de ellos como verdaderos ghuettos que impedían la interdisciplinariedad y la participación masculina.
De ahí que sea importante el aporte de la reconstrucción del lenguaje que plantea Irigaray. Nuestro universo simbólico, única fuente de aproximación al contexto en que estamos inscritos y a la historia que nos han contado, ha sido un cúmulo de discursos masculinos sobre la realidad, que otorga significado a nuestros hechos y da sentido a nuestras vidas. La autora propone llenar de contenido sexuado el lenguaje y los espacios de significación humanos, no para terminar con la diferencia, sino para que seamos iguales en la diversidad.

Una de las formas que ha tenido la estructura del poder de absorber los discursos feministas ha sido la participación de las mujeres en el trabajo, supuestamente alejado de la labor. Sólo los estudios sobre la mujer pueden dar una respuesta real frente a lo que podemos comprender como una masculinización del propio concepto de trabajo, también del de participación en “lo público” y por consiguiente la anulación de la participación de la mujer a partir de un mundo construido por ella. Tal problemática ha sido planteada por Irigaray desde otro lugar.

2. El género como concepto explicativo
Toda cultura y luego toda sociedad han tenido alguna manera de construir simbólicamente la diferenciación biológica evidente, al menos entre dos sexos. Comprender la sociedad de manera relacional significa develar la manera en que estas construcciones simbólicas producen sujetos diferenciados en estatus y roles y por lo tanto en cuanto conformadores de una estructura social diferenciada de acuerdo a las valoraciones atribuidas a esos roles. De ahí que sea importante la introducción del concepto de género (del latín genus, generis- linaje, especie, género; derivado de gignere, engendrar)3, ampliando la temática de la mujer, por cuanto no sólo la femineidad es sacrificada en la construcción simbólica del mundo, sino a su vez la masculinidad es alzada como único referente a partir del cuál surge la cultura.

El género amplía la situación particular de las mujeres hacia la complejización de su relación vinculante con lo masculino. Permite introducir a la femineidad como un concepto amplio, presente en los hombres pero amputado por la cultura. El género además, es una herramienta de análisis que permite estudiar relaciones y construcciones simbólicas distintas a las occidentales, en las que la diferencia de roles supera ampliamente a las distinciones biológicas.

El concepto género fue introducido por el psiquiatra Robert Stoller, estadounidense, al constatar que un paciente biológicamente hombre fue amputado de sus genitales y criado como mujer sin mayores problemas. Stoller escribió luego “Sex and Gender” en 1964 donde explicaba que existían áreas de la conducta humana, sentimientos, pensamientos y fantasías que se relacionan con los sexos biológicos pero que eran construidas culturalmente. En las ciencias sociales es Ann Oakley quien en 1972 introduce el concepto con su texto “Sexo, Género y Sociedad”. Desde entonces fue una herramienta muy útil para el feminismo militante norteamericano, aún cuando no por las feministas francesas. Estas últimas han continuado hablando de sexo, puesto que en realidad el sexo, en sí mismo, puede ser entendido como un constructo social.

El que el género se utilice como separado de sexo permite, entre otras cosas, ampliar el espectro de entendimiento de las prácticas culturales de distintas sociedades, sobre todo cuando existen algunas que tienen más de dos géneros construidos. En nuestra sociedad aun se presenta como un dilema el aceptar que haya gente que manifieste discordancia con las construcciones de género que nos son propias y se les plantean soluciones como la feminización o masculinización de sus identidades (dicotomización del género). Sin embargo, en su origen algunos pensaron que el género podría ser utilizado de manera contraria, es decir para instaurar roles de género compatibles con la sexualidad biológica.

Existen dos grandes entradas a través de las cuales se trabaja el género. La primera de ellas es la dimensión económica, en la cuál se hace una relectura del marxismo, de las relaciones de trabajo y de propiedad privada en la cuál se ven inmersas las mujeres en relación con los hombres. El propio Engels se refirió al surgimiento de la sociedad capitalista como subyugadora de la mujer debido a que esta perdía la posesión de la propiedad de los medios de producción que pasaba a manos exclusivamente masculinas. Simon de Beauvoir en el “Segundo Sexo” discute largamente con esta teoría, aún cuando no estaba todavía en boga el concepto de género, otorgando gran importancia a la situación de reproductoras de las mujeres como posicionamiento del estatus. Eleanor Leacock crítica también al marxismo pero no está de acuerdo con la posición de de Beauvoir. Para ella las funciones en la sociedad pueden ser diferentes pero ello no conlleva necesariamente a situaciones de dominación (basándose en estudios antropológicos). Esta autora aporta de manera importante a la valoración de la mujer en la sociedad como participante activa del modelo productivo y las desigualdades en el plano del trabajo y del colonialismo (situación de las mujeres en el Tercer Mundo). Como plantea Montecino esta discusión permitió varias reflexiones de gran importancia teórica. Dentro de ellas está la que plantea que el capitalismo como sistema de producción no reemplazó a las formas de dominación anteriores sino que las rearticula en torno a una nueva estructura de producción. Las generalizaciones de esta teoría, a su vez le valieron la crítica de quienes hicieron notar las particularidades de los fenómenos insertos en el capitalismo de acuerdo a la sociedad en la cuál este se insertaba como modo de producción.

Gayle Rubin retomará a ambos autores para incluir la discusión en su teoría de los sistemas sexo-género. Para Rubin el género es un sistema de relaciones sociales que transforma la sexualidad biológica en productos de actividad humana y es variable de acuerdo a la sociedad en la que se desarrolla. De esta manera, se entiende que cada grupo humano tiene un conjunto de normas que moldean la materia cruda del sexo y la procreación; sin embargo, Sonia Montecino ha hecho hincapié en la aparente limitación humana para construir los roles de acuerdo al género, generalmente dicotómizados.

Esta idea de Rubin da paso a comprender la variabilidad en el género, lo que trae consecuencias de carácter epistemológicas, puesto que se deja de comprender a la mujer y al hombre desde categorías simultáneas que convergen en la construcción de la identidad y que moldean el ser femenino o masculino. Nótese que como planteo más adelante, el Ser aquí es devenir y no estático ni escencialista. La principal implicancia teórica de esta visión es que si el género es una construcción variable de acuerdo a la cultura y las especificidades personales, entonces las relaciones construidas a partir de él pueden ser modificadas.

Esta discusión ya dio paso a la segunda entrada de análisis del género, la simbólica. Sherry Ortner, su principal exponente, se dedicó precisamente a explicar cómo las diferencias biológicas concretas encuentran significación sólo en un sistema específico, por lo que se hace necesario conocer las “ideologías de sexo” que les son propias. El patrón que tendería a repetirse es la vinculación de la mujer con la naturaleza, que al mismo tiempo aparece como desvalorizada. Horst Kurnitzky hace una importante aportación al incluir el sacrificio como fenómeno explicativo de esa relación y de sus consecuencias actuales.

Plantearse de qué modo se puede reconfigurar la relación entre lo simbólico y lo social, con el fin de posibilitar que desde lo social se lleve a cabo una alteración de lo simbólico, es un proyecto que persigue la teoría de Judith Butler. Siguiendo a Michel Foucault, Butler propone un acercamiento a la genealogía de las categorías sexo y género, para de esa manera investigar los intereses políticos que subyacen a las identidades, mostrando que estas son también efectos de los intereses de las instituciones que conforman lo que llama falogocentrismo y la heterosexualidad obligatoria, y que a la vez participan en la reproducción de las mismas. De esta manera, el género sería preformativo4, es decir estaría naturalizado por los discursos y plasmado en la acción social, por lo que la acción sería fundamental para la conformación de la identidad. En este sentido, al igual que para Simon de Beauvoir, el Ser es devenir, concretizado por la praxis. El sexo, en cambio sería un efecto del género. En estas mismas categorías que nos otorgan las identidades masculino-femeninas, existirían espacios de subversión, pensamiento muy cercano al de Foucault.

En Pierre Bourdieu también se pone de manifiesto la importancia de la construcción simbólica del mundo y la relación de esta construcción con elementos objetivos de nuestra biología. Allí la identidad de las mujeres estaría condicionada por el contexto político, económico, cultural, étnico, etc. en el cuál se desarrolla el habitus. A diferencia de Butler, para Bourdieu la mujer está obligada a ser mujer por la relación entre el campo social y el habitus. Los espacios de subversión más bien aparecen dados por las posibilidades de otorgar características de resistencia a los mismos símbolos que son utilizados para la dominación y no a la construcción de nuevas formas culturales.

Actualmente, las dimensiones simbólica y económica del género son abordadas de manera integrada, lo que permite una complejización de la discusión sobre las representaciones culturales construidas por las redes de poder de las sociedades, que ubican a la mujer en el espacio de la reproducción y no de la producción, lugar del hombre, quien se apodera del espacio de las decisiones, relegando a la mujer al hogar, construyendo así también una relación antagónica entre lo público y lo privado. Si existe una dominación y unas estructuras sociales que permiten la desigualdad entre los géneros, entonces existe una construcción simbólica que da sentido a la vida de los individuos en un universo que legitima la desigualdad.

El género ha logrado concretizar una serie de expectativas que hoy permiten un mejor y más complejo análisis de la situación de las mujeres. El hecho de que hoy en Chile los ministerios tengan la obligación de incorporar la perspectiva de género en el diseño de las políticas públicas, nos debe hacer reflexionar sobre dos cosas. En primer lugar que la lucha del feminismo ha sido quizás la única que ha logrado estabilidad temporal y ha obligado a los Estados a generar políticas de tipo diferenciadas para equiparar la desigualdad basal entre hombres y mujeres. En segundo lugar pero relacionado con lo primero, el género ha permitido también separar el espacio de la presión política del de la academia, planteando grandes oportunidades para los estudios interdisciplinarios que puedan dar cuenta de la realidad de mujeres y hombres en nuestra sociedad. Ese paso ha sido fundamental para que se logre la institucionalización de un conjunto de demandas, aún cuando sea la misma institucionalización una fuente de instrumentalización que ha apagado en muchos sentidos la voz de la sociedad civil.

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