lunes, 25 de febrero de 2008

Legitimidad y legalidad: actores sociales en pugna por una verdad sobre el concepto de familia

Introducción

No es fácil escribir sobre la familia. En parte porque como toda institución social tiene la característica de presentarse siempre ante nuestros ojos como anterior a nosotros mismos. Pero quizás lo que nos vuelve aún más compleja la situación de un análisis es la implicación permanente de todo quien quiera investigar sobre la noción de familia. Existen muchas instituciones sociales que reconocemos como antiguas, pero que no necesariamente vivimos en el día a día; pero nadie, en Occidente al menos, deja de vivir el concepto de familia en ningún momento de su vida, ya sea por presencia o ausencia. Esto tiene que ver fundamentalmente con el rol que ha jugado la familia en la conformación de nuestras sociedades, tanto las que se denominan cuna de la cultura occidental como también aquellas como la chilena, que adquirieron forma, en parte debido a la influencia de la colonización extranjera y por la herencia de pueblos diversos que poblaban este continente y que tenían distintas visiones de qué era una familia.

Aquella última apreciación no es gratuita, pues la diversidad de pueblos con distintas visiones acerca de lo que significa la familia da pie, tal como lo manifestó Engels, a pensar que la familia es un constructo histórico y que su existencia material y simbólica obedece a los contextos diversos en los que puede generarse y desarrollarse. En otras palabras, el conocimiento de lo que ocurre en otras culturas nos permite comprender la historicidad, pero también la diversidad de la familia, rompiendo de esa forma con las concepciones ideológicas que buscan petrificar la institución para hacerla afín a los moldes de la burguesía, como si ella misma no hubiese sido motor de cambios en su estructura desde antes de la Revolución Francesa y hasta nuestros días.

La familia está estrechamente vinculada a nosotros mismos, como individuos y miembros del colectivo societal, por lo que ha sido objeto de controversia, sobre todo desde que se pensó en ella como una estructura de opresión contraria al desarrollo individual funcional con el capitalismo y luego como válvula de escape intermedia entre el propio individuo y el Estado, lugar de resguardo, protección y realización de los mismos individuos. Esta discusión se enmarca en otra más vieja referida a la división que estableció el derecho burgués entre lo público y lo privado, y donde, por supuesto, se han justificado las diferencias de roles al interior del hogar (donde la mujer aparece ligada a la reproducción y a la crianza) y en el ámbito laboral donde se desarrolló la llamada segregación sexual del trabajo (donde las mujeres cumplen roles laborales que no son sino extensión de las tareas asignadas en el hogar).

Lo que sigue es un breve ensayo que busca dar cuenta de algunas motivaciones presentes en los grandes movimientos estructurales que han producido cambios en la familia como institución familiar, así mismo de las resistencias a aquellos cambios, a modo de lucha o bien de simple persistencia cultural frente a proyectos que no lograban imponerse. Finalmente, hablaremos un poco de nuestra actualidad, de los cambios ocurridos en los últimos años y de las perspectivas de la familia chilena en el siglo XXI.

Usaremos aquí bibliografía de todo tipo, tanto sociológica como económica y de derecho. Ello fundamentalmente porque comprender la familia como proceso histórico, dinámico, complejo y diverso, nos obliga a revisar material inter o transdisciplinario que se encuentre a mano. Es necesario aclarar que el análisis está hecho por alguien que mantiene vínculos familiares con el pasado, con el presente y con proyecciones hacia el futuro, por lo que la familia aquí es vista desde una perspectiva valórica, como también comprendo cualquier teoría sobre cosa alguna que nos podamos imaginar y dotar de sentido.

1. Matrimonio y familia: lo legal y lo social

“La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. El matrimonio es la base principal de la familia.” Artículo 1º, Capítulo I, Ley 19.947 de Matrimonio Civil. Publicada el 17 de mayo de 2004, República de Chile.

No cabe duda, en nuestra época, que matrimonio y familia son dos conceptos distintos, que cabe asociarlos, pero que no son uno condición del otro. Decir que el matrimonio es la base principal de la familia, como lo afirma la ley chilena sobre matrimonios civiles es establecer todo lo contrario, pues ¿Qué puede existir cuando se le quita su base? Sin la base nada puede sostenerse y todo tiende a derrumbarse, pues la base es el cimiento de algo. Más aún, la base se encuentra antes de la edificación, debajo de aquello que se puede construir en ella. Pero por otra parte, si la familia es el núcleo fundamental de la sociedad y el matrimonio es su base, en realidad lo que nos dice la ley es que “la Ley” (el contrato) es anterior a la sociedad. Sin duda alguna este es el sueño de todo jurista moderno que busca a través de las leyes orientar las prácticas sociales y determinar el destino de las sociedades bajo los preceptos del iluminismo, pero debemos decirlo a viva voz: que pretensión más absurda y sin embargo qué influyente ha sido.

Pero esto no queda ahí. Si consideramos que en Chile los tres regimenes maritales considerados por la ley, terminan por establecer de alguna u otra manera un sistema de privilegios, en cuanto a la posesión de los bienes y las herencias, para los hombres por sobre las mujeres[1], lo que en realidad tenemos frente a nosotros es una ley que legitima la supremacía masculina, y si ya vimos que se pretende invocar primero a la ley que a la sociedad, el sentido de la ley es reificar la desigualdad social entre hombres y mujeres.

Ahora bien, tanto la familia como el matrimonio son instituciones pre-jurídicas[2] y si a alguna de las dos instituciones debemos asignarle un primer lugar en la cronología, es la familia la que aparece con anterioridad. Mientras la familia ha sido una constante en todas las sociedades (con todas las formas diversas que pueda adquirir), el matrimonio aparece como irrelevante para la conformación de la familia en muchas sociedades. Para las sociedades más modernas o posmodernas, la actitud que asume la legislación chilena es verdaderamente impresentable, pues si más del 50% de los hijos nacen fuera del matrimonio, estos se encontrarían forzosamente sin una familia. Esto nos lleva a preguntar ¿en qué medida las leyes de nuestra sociedad se condicen con las prácticas de sus legislados?, de ser la ley un instrumento arcaico que responde a otro estadio histórico de nuestra realidad ¿realmente sigue teniendo igual un peso sobre las conciencias y las prácticas de los ciudadanos? ¿a quienes representa el sentir de la ley? ¿cuáles son sus cimientos económicos, sociales y culturales que permiten explicar semejante disparidad entre el papel y la realidad?.

1.1 Los actores del debate

Iglesia, Estado, burguesía y las propias familias son los actores que deben ser analizados en primer lugar para comprender esta relación intrincada entre el matrimonio y la familia. Claro, parece un poco extraño que considere a la propia familia, sobre la cuál vamos a hablar como un actor más, sin embargo, aquí postulo que la familia obedece, a partir de la modernidad, de un doble carácter. En primer lugar es un concepto sobre el cuál los distintos actores operan tanto en el plano teórico como práctico. Los intereses de todos quienes tienen algo que decir sobre la familia han sido plasmados en textos, leyes y prácticas concretas. Aquí lo relevante es el sentido que los actores le imprimen a la acción. En segundo lugar, la familia es un actor en sí mismo, ya que las prácticas sociales no obedecen sólo a las ideologías en pugna en una sociedad determinada, sino también a las prácticas mismas reproducidas una y otra vez de manera ritual, bajo el marco cultural que entrega las herramientas simbólicas que hacen posible cualquier práctica. Por ello es que las leyes, que nacen de un sector de la sociedad, tienen influencia sobre la sociedad como conjunto, pero las propias prácticas sociales van poniendo continuamente en jaque aquello que está escrito, fundamentalmente porque a diferencia de la ley, las prácticas sociales no se encuentran establecidas en ningún papel.

Al hablar de la familia como actor relevante nos referimos a un grupo de dos o más personas relacionadas por lazos sanguíneos, matrimoniales o de adopción, quienes viven juntos por un largo período, comparten recursos económicos y materiales y son responsables de la primera etapa de la socialización de los niños[3]. Según sabemos por Levi-Strauss, la familia jugó un rol determinante en establecer roles para los miembros de una comunidad. En casi todas las culturas las mujeres fueron un objeto de intercambio que aseguraba la generación de riqueza y el establecimiento de alianzas de carácter económicas entre familias, tribus o clanes. El psicoanálisis, coherentemente con este relato (sobre todo en Freud) nos ha mostrado que ese rol de la mujer en la transacción es además funcional con la renuncia pulsional del hombre que encuentra en su esposa aquello de lo que tiempo atrás fue despojado. Ambas teorías buscaron comprender de qué manera los seres humanos, al menos hasta la era moderna, funcionaban dentro de la familia y en ella encontraban su realización asignada al rol que debían cumplir. Tanto para el estructuralismo como el psicoanálisis la familia se encuentra entonces en la base de la sociedad y es ella la responsable de las jerarquías reproducidas en toda esta[4]. Gayle Rubin a este respecto ha planteado que “las transacciones de matrimonio –los regalos y el material que circula en las ceremonias que marcan un matrimonio– son una rica fuente de datos para determinar con exactitud quien tiene derechos sobre quien”[5].

En este contexto de conformación de la familia a partir del intercambio, el matrimonio aparece como un estatus social categórico, donde la boda o el rito matrimonial parecen haber cobrado importancia únicamente en circunstancias especiales, en particular allí donde había intercambios patrimoniales[6]. Max Weber a este respecto, veía en el origen de las primeras características legales del matrimonio, la dote, el compromiso de apoyar a la esposa y de compensarla en caso de abandono, y la posición sucesoria de sus hijos[7]. Esto último es relevante precisamente porque en la medida en que son mayores las transacciones derivadas del matrimonio, mayor es también la necesidad de regularlo en todos sus aspectos, complejizando los procedimientos para su disolución. La Ley surge así para establecer jerarquías y derechos de propiedades, así como también la necesidad de justificar la disolución del matrimonio y proporcionar motivos para contestar a las objeciones de los miembros de las familias. De aquí no sólo podemos atisbar el surgimiento de una jerarquización de los géneros, sino que también podemos juzgar hasta qué punto las necesidades que buscaba satisfacer la legislación, en su origen, tenían que ver con las de los sectores populares, carentes de patrimonio[8]. Por lo que sabemos, el derecho romano no consideraba matrimonio, por ejemplo, aquel vínculo de pareja entre un patricio y una plebeya o entre este y una esclava. El problema de estas teorías es que siempre parecen estar hablando de un momento histórico en el que no había clases sino pequeñas comunidades de iguales como si en ellas se encontrara el origen de la familia y la sociedad, preceptos que recién serán criticados en el siglo XX por el post estructuralismo.

Lo que no podemos poner en duda es la importancia del surgimiento de un tipo de familia en especial, la familia patriarcal. Si bien para muchos se encuentra en desuso el término porque el patriarcalismo tenía que ver con la importancia jurídica de la figura del padre dentro de la estructura familiar, al menos debemos atender a este concepto como figura histórica que condicionó las prácticas sociales de muchas generaciones y seguramente ahora, despojado de sus investiduras legales, lo sigue haciendo. El patriarcalismo condicionó de hecho que el derecho de propiedad pasara de mano masculina a mano masculina de generación en generación relegando a las mujeres de occidente a un plano de subordinación. La modernidad capitalista, y es lo que acusa Engels, lejos de superar esta desigualdad la erigió como su sustento. Tal como planteaba Marx, Engels sostendrá que la familia moderna contiene en germen no solo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura (actividad en la que por vez primera se produce el excedente y la familia avanza hacia una división sexual del trabajo en la que la mujer pasa a un plano de subordinación por carecer de propiedad[9]). La familia, dice Marx, encierra, en miniatura, todos los antagonismos se que desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado[10]. Esta idea es verdaderamente relevante para comprender el vínculo entre la estructura societal y la familia, es decir entre el sistema de dominación a interior del hogar, el patriarcalismo, y la de explotación generada por el capitalismo. Este es un primer paso conceptual para develar la trampa que entraña la división de lo público y lo privado promovido por la moral burguesa. Para Engels, el paso de una sociedad capitalista a una socialista, en la cuál crecerían nuevas generaciones que no basan sus relaciones en la transacción monetaria, traería cambios fundamentales en las prácticas conformadoras del núcleo familiar, pues se destruiría la base económica de la familia burguesa y daría paso a una familia conformada por lo que llama el amor real[11].

Para el marxismo el actor relevante para el cambio social es el proletariado, es decir los agentes de la familia en su rol productivo. La esfera de la producción es la que finalmente terminará detonando los cambios reales que las familias necesitan, pues en la relación entre el sistema de producción y las relaciones sociales de producción se encuentra el motor de la historia. Lejos de significar esto que la familia pasea a un segundo plano, Engels avizora el fin del patriarcalismo y de la dominación de la mujer a partir de los cambios en esta esfera. El problema que encontramos en el marxismo original es la creencia de que la familia es una institución evolutiva, siempre dependiente del modo de producción vigente y no da cuenta de la diversidad de familias originadas en un mismo modo de producción y de los posibles cambios que en ella se pueden desarrollar sin que este varíe. De hecho, la mayor inserción laboral de las mujeres y los cambios relativos al aumento de las libertades en cuanto al emparejamiento basado en el amor, se han dado en el marco del capitalismo en su forma neoliberal, por supuesto, con nuevas formas de opresión y significación del rol de la familia en la sociedad.

La iglesia por su parte, ha jugado un papel relevante en cuanto a definir qué es una familia y cuáles son los roles que al interior de ella corresponden a cada uno de sus miembros. Como parte de la estructura de dominación de cualquier sociedad, la religión ha construido ideas sobre la moral, la sexualidad, la propiedad y el matrimonio. Pero la Iglesia cristiana tiene su historia particular e influyó de manera decisiva en la manera en que Occidente concibió la familia y el derecho a partir del cuál se guiaría su regulación. Esta no es de ninguna manera una historia lineal, sino al contrario, la iglesia juega el rol de quien busca dominar, domina en períodos prolongados y luego diseña estrategias para recuperar un poder perdido. Este juego de poder está marcado también por las relaciones de producción en la cuál se enmarca el accionar de la iglesia y la importancia del crecimiento de la propiedad privada. Los primeros cristianos, como relata Glendon, buscaban ya en el siglo segundo la bendición de sus matrimonios por parte de un sacerdote, pero históricamente la posición formal de la iglesia fue que bastaba con el consentimiento de los cónyuges para la legitimación del matrimonio. Sólo en el siglo XVI, en el Concilio de Trento se estableció que la presencia de un sacerdote era necesaria para que el matrimonio tuviese validez[12].

En el siglo XII, con del desarrollo del derecho canónico, la iglesia había definido el matrimonio como un sacramento indisoluble cuya materia está constituida por el consentimiento mutuo de los esposos. Esta posición no dejaba en claro que, por ejemplo, los niños no se pudieran casar, o bien que la constitución de clases de una sociedad no se viera afectada por la existencia de matrimonios cruzados. Por ello, la aristocracia fue el actor de presión para que la iglesia considerara el matrimonio como la alianza entre dos familias y por ende de dos patrimonios, desplazando del centro matrimonial a los individuos. Luego de Trento, varios siglos después, la iglesia se erigiría como el gran legislador del matrimonio y aunque su derecho fue sustituido por la Revolución Francesa y la elaboración del Código Civil, gran parte de sus aportaciones sobreviven en el derecho moderno, con la evidente sustitución de la idea de sacramento por aquella de contrato.

Esta época marca el fin del Imperio de Occidente y el inicio de nuevas formas de producción vinculadas al crecimiento de las monarquías locales y el auge de los sistemas bancarios que luego darían forma a la burguesía. Sin embargo, el Concilio de Trento fue sólo una etapa en la apropiación del derecho sobre el matrimonio por parte de la iglesia. Después de él, si bien la presencia del sacerdote era obligatoria, todavía el consentimiento se encontraba en manos de quienes realizaban el casamiento, es decir el religioso asistía sólo como testigo. La estrategia de la iglesia había sido avanzar en la intromisión en la vida familiar, dando espacio para costumbres locales también. No sólo el cristianismo latinoamericano es producto del sincretismo, pues Europa, cuna del cristianismo occidental, también estaba poblada por innumerables grupos sociales con particularidades en su composición familiar, que vieron como la iglesia penetraba constantemente en las decisiones fundamentales para su composición. En períodos en que la iglesia había logrado una consolidación, las prácticas de control tienden a relajarse y a permitir una mayor adecuación de las tradiciones locales.

Sin embargo, Trento marca una nueva era, pues si bien es sólo un paso en la afirmación de la necesidad de la presencia eclesiástica en el matrimonio, lo que vendría con el advenimiento de la Reforma, el capitalismo y la Revolución Industrial sería el hacerse gradualmente del control de las regulaciones atingentes al matrimonio. A juicio de Glendon incluso cuando la autoridad de la iglesia quedó claramente establecida en cuanto a la regulación formal del matrimonio, sus normas no habían acabado de penetrar cabalmente en las tradiciones. La iglesia esperó a que llegase su momento, y logró la aceptación social de sus doctrinas de la misma forma en que había adquirido la jurisdicción: mediante un proceso largo y paciente de acción e interacción cotidianas. Quizás la idea más relevante que la iglesia impuso, tanto en un sentido legal como normativo, es la de indisolubilidad del matrimonio. A través de la iglesia el matrimonio fue descrito paso a paso como nunca antes en la historia y fue necesario elaborar una serie de medidas que permitieran la nulidad en caso de que el matrimonio no fuese conveniente para la parte más poderosa, o resultara incoherente con el espíritu de la doctrina eclesiástica. De esta manera sobrevino sobre Occidente la publicación de una serie de edictos que promovían la importancia de la iglesia en la celebración de los matrimonios, y al mismo tiempo la elaboración de procedimientos para declarar no válidos los matrimonios. Como sea, las múltiples causas de nulidad matrimonial fueron una válvula de escape sustituta, pero no reemplazante, de la abolida institución del divorcio, y aunque probablemente para la iglesia los motivos pudiesen ser de carácter económicos, para las sociedades en las que ya había ganado terreno esta forma de cristianismo, resultaba más cercana a sus propias tradiciones la inclusión de alguna forma de disolución.
La Reforma y la Revolución Francesa minaron el campo de acción de la iglesia y dieron paso al establecimiento de un nuevo orden donde tendría mayor peso el régimen de propiedad privada y el modo de producción capitalista. Sin embargo, estos procesos no van a impactar el modelo de constitución familiar. El matrimonio como alianza patrimonial siguió siendo una guía para la elaboración de la legislación y la moral burguesa, aunque luchó por desplazar a la iglesia de la conducción del derecho para dar paso a la construcción de los Estados nacionales modernos, siguió promoviendo el patriarcalismo, tal como ya vimos en la crítica de Engels. Pero la conformación de Estados nacionales, en el marco de los procesos de racionalización ilustrada de los siglos XVII y XVIII, trajo consigo la puesta en marcha de otros múltiples mecanismos de control sobre las familias. La ilustración promovió la conformación de todo un aparataje que tenía por finalidad conocer profundamente a la familia como organismo social e influir en su desarrollo una vez ya instalada la pugna acerca de si la familia era o no funcional a un modelo productivo como el capitalista. A partir del proceso de racionalización ilustrada, los Estados comienzan a investigar e inmiscuirse en prácticamente todos los aspectos de la vida familiar, lo que trae consigo también un moldeamiento de los cuerpos a fin de que sean como individuos y como miembros de una familia, sujetos coherentes con la lógica del capitalismo. Judith Butler, plantea que el cuerpo se moldea de acuerdo a la repetición y el ritual, que logran su efecto mediante su naturalización en el contexto de un cuerpo[13]. O sea, para que el poder[14] logre investir al cuerpo debe reificar verdades[15] a través de las prácticas y estas verdades deben ser no sólo incuestionables, sino anteriores a los sujetos. Las prácticas devienen en sistemas jurídicos que producen a los sujetos que después sostienen representar[16]. De ahí que para Michel Foucault tenga gran relevancia la manera en que se instauran las verdades, siempre invocando un “antes” no histórico, como si algún antepasado nuestro con un cuerpo no moldeado por el poder, hubiese firmado un contrato social que legitimara el orden actual[17]. En ese orden actual, la familia aparece naturalizada según los preceptos de la burguesía, lo que no significa que ese sistema de reglas que la norman y tienden a normalizarla la conviertan finalmente en una familia monolítica.
La ilustración prometió avances importantes al declarar los derechos universales del hombre, pero con ello dio paso al mantenimiento de las estructuras opresivas que se cernían sobre las mujeres, y aquello se daba fundamentalmente en el espacio a la que estaba relegada por el anterior modo de producción: el hogar. Tommasi fustiga a los filósofos de la ilustración por la ceguera que conducía su proceso al no considerar a la mitad de la población en la declaración de derechos[18]. Hago hincapié en la condición de opresión de las mujeres luego del período de emancipación revolucionaria fundamentalmente porque el caso de las mujeres será fundamental para la comprensión de los cambios en la estructura familiar de los siglos siguientes. Como expresé antes, los cambios en este sentido vendrán de la mano con la inserción de las mujeres al trabajo, producto de la propia evolución del sistema capitalista. De todas maneras, lo que sí fue un triunfo de la ilustración fue haber tenido la capacidad de asimilar cada vez más la noción de legitimidad con la de legalidad, de manera que las propias desigualdades sociales y al interior de la familia fueron coherentemente redactadas en leyes que gozaron de un nivel de legitimidad mucho mayor que aquellas normas que en época del cristianismo se hacían cada vez más sincréticas. Aquello es la manifestación más importante de la imposición de un sistema de reglas creadas por los “hombres”, pero que luego se vuelven hacia la propia sociedad como reificadas[19].

Como bien ha planteado Marx, el Estado no es la materialización del orden natural de las cosas, sino la superestructura en la cuál se reflejan las relaciones sociales materialmente existentes en un momento histórico dado[20]. Pero una cosa es su característica histórica y otra sus elementos constitutivos, pues aquello que define al Estado es el detentar el monopolio de la coacción y la coerción legítimas[21]. Por lo que no estamos hablando de un simple modelo de tiranía, sino de una que se ejerce con el beneplácito de sus ciudadanos. Por ello, el Estado necesitaba, sobre todo en el momento en que se afincaba en las conciencias colectivas, promover un derecho coherente con las características culturales de sus habitantes y por sobre todo rescatar el sistema de privilegios que ya estaba legitimado dotándolo de un nuevo sentido, con un nuevo modo de producción, pasando de la propiedad agrícola a la ciudad industrial. Este cambio generó una nueva realidad que en el futuro le permitiría a los Estados deshacerse cada vez más de las premisas de la iglesia que en un primer momento tenía que conservar. Ahora, los campesinos y artesanos, convertidos en obreros sin calificación, serían la mano de obra barata de sus fábricas, lo que tendría múltiples consecuencias para la conformación de sus familias, pero también los convertía en presa fácil para los cambios que buscaba el Estado. Lutero y Locke fueron pioneros en hacer hincapié en la necesidad de convertir al matrimonio en un contrato civil, lo que a la postre significó llenarlo de contenido legal de una manera coherente con las pretensiones sobre la familia que tenían los Estados nacientes. Muchos de los códigos legales elaborados buscaban regular hasta los más ínfimos detalles de la más íntima de las relaciones, de un modo no conocido ni por el derecho romano ni el derecho canónico. En ciertas ocasiones las leyes buscaron promover ciertos intereses del Estado (como podía ser la regulación de la natalidad), mientras que en otras respondían netamente a los intereses de la clase dominante, como cuando se reforzaba el control familiar sobre la natalidad[22] (o sea, el control del patrimonio). La modernidad de hecho trae consigo la idea de que todo es derecho, o por lo menos la idea de que este debe estar presente en todo para dar sentido a la realidad. Como vemos, la ley chilena es un claro ejemplo de esta concepción no superada ni siquiera con los cambios al interior de la propia modernidad.

Ninguno de los actores mencionados se encuentra en estado de defunción, sino que han sido capaces de mutar y adecuar sus estrategias de acuerdo a las condiciones materiales en las que se llevan a cabo las transformaciones de la familia. La iglesia ya no es, evidentemente, la institución que rige y determina las leyes en vigencia, sin embargo se ha posicionado en algunos países, como Chile, como un actor preponderante tanto por su legitimidad institucional como por su accionar político en la lucha por conquistar el espacio estatal[23]. El Estado como actor[24] ha sido parte de nuevos procesos a escala mundial como la llamada globalización neoliberal, en la cuál el modelo de producción capitalista sigue siendo el vigente y donde más parecen cumplirse los pronósticos de Lenin respecto a la fase imperialista del capitalismo. Ello ha significado cambios importantes en la estructura societal y el Estado ha tendido a quedar por una parte desfasado respecto a la interpretación jurídica de las prácticas que busca regir y al mismo tiempo imposibilitado de aparecer como el actor relevante que fue durante gran parte del siglo XX, fundamentalmente debido a la supremacía de la economía mundial por sobre la de carácter nacional.

2. Nuestras propias familias

Si hemos de hablar de los cambios globales que se ciernen sobre una serie de estructuras creadas en otra parte del mundo, pero que han tenido directa influencia en nuestras vidas familiares, es preciso revisar someramente qué cosas, que movimientos de estos actores sociales han tenido repercusión real en las familias latinoamericanas.

Si nuestro continente es interesante es precisamente porque su composición familiar se encuentra nutrida de múltiples elementos, desde herencias de los diferentes pueblos que la poblaban, cuya historia familiar aún se encuentra escasamente explorada, como también por los procesos de conquista, colonización, imposición de formas jurídicas extranjeras, conformación de nuevos grupos poblacionales producto del mestizaje, creación de nuevas identidades nacionales comandadas por las oligarquías criollas, procesos de industrialización desde el Estado (gran diferencia con Europa), proletarización tardía, y cuantas historias puedan ser particulares a cada país del continente. Todo ello ha tenido una influencia en la manera en que se construye la familia en un sentido práctico, pero también en el plano discursivo, sin ser ambas esferas parte del mismo proceso (aún cuando corren de manera paralela, tocándose permanentemente).

Carlos Eroles reconoce distintas formas que adquiere la familia en América Latina. Aunque a mi parecer las clasificaciones tienden a naturalizar los procesos, lo cierto es que pueden ser útiles como tipos ideales. Eroles distingue los tipos de familia, pero el análisis de cada una de ellas lo hago personalmente ya que no concuerdo con el autor más que en la enunciación. La primera de ellas es la que llama “La familia tradicional”. Esta sería una forma de familia que obedece al patrón establecido por las elites terratenientes criollas influenciadas con los años por la burguesía local. Es patriarcal en su constitución jerárquica y tiene la cualidad de poseer legitimidad institucional, es decir legal y sacramental, o al menos legal.

Un segundo tipo de familia es aquella llamada “de hecho”, que no posee un estatuto legal ni sacramental[25]. En esta forma, también presente en la gran mayoría de las sociedades del mundo, no aparece el concubinato porque para los propios miembros de la familia, la unión goza de legitimidad. En Latinoamérica esta fue una forma usada por las clases obreras, donde existen lazos no basados en el patrimonio.

La “familia reciclada” es aquella, en tercer lugar, que se conforma a partir de la unión de esposos que ya habían tenido algún vínculo matrimonial anterior. De esta manera, los hijos pueden ser compartidos o rechazados según la forma que adquiera la nueva familia.

Una cuarta es la “familia monoparental”. Es aquella conformada por sólo una persona a cargo. Generalmente es de sexo femenino, lo que implica que esta forma familiar tiene directa incidencia en el fenómeno de feminización de la pobreza. Esta es quizás la forma de familia con mayor crecimiento en los últimos treinta años. Sobre ella volveremos después con mayor precisión dada su importancia.

Otras familias mencionadas por Eroles son: la separada, nuclear, ampliada, la familiarización de amigos, los grupos de crianza y las familias adoptivas[26]. Todas ellas forman parte de una larga lista e posibilidades y cruces entre ellas mismas que no cierran jamás el espacio para que un nuevo tipo de familia, a veces incluso imposible de ser comprendida por los conceptos jurídicos, se conforme y genere prácticas particulares a ella.

Si pasamos a analizar los actores relevantes para explicar los tipos de familia en América Latina, veremos que la iglesia ha ejercido un importante rol debido a su influencia en el proceso de colonización. Desde ese momento, la iglesia ocupó un importante lugar en la conformación de la jurisdicción en nuestros países. En América Latina, la Iglesia Católica se mantuvo, por lo menos hasta comienzos del siglo XX como la única iglesia presente y, de hecho, ejerciendo una función de control sobre múltiples áreas de comportamiento.[27] Como plantea Josefina Puga en América Latina, la influencia de la religión encarnada principalmente en la Iglesia Católica, ha sido muy importante y lo sigue siendo, a pesar del pluralismo ideológico que vemos ampliarse hoy día. Podríamos decir que su influjo ha sido tal, en el caso particular de Chile, que él ha trascendido los límites de la institución y ha perneado la vida cultural, social, económica y política no sólo de sus seguidores, sino aún de aquellos sectores ajenos a la institución.[28] La Iglesia ha sido promotora de una realidad petrificada que guarda resabios de la Edad Media, cuando mantenía un poder casi absoluto y de la modernidad, momento en que tuvo que diseñar nuevas estrategias, también en nuestros países. Un buen ejemplo de su pensamiento, por cierto aplicable a la estructura familia lo encontramos en la Declaratio de quibusdam quaestionibus ad sexualem ethicam spectantibus, donde la Iglesia Católica plantea textualmente que ciertos aspectos de la realidad son inmutables: “No puede haber, por consiguiente, verdadera promoción de la dignidad del hombre, sino en el respeto del orden esencial de su naturaleza. Es cierto que en la historia de la civilización han cambiado, y todavía cambiarán, muchas condiciones concretas y muchas necesidades de la vida humana; pero toda evolución de las costumbres y todo género de vida deben ser mantenidos en los límites que imponen los principios inmutables fundados sobre los elementos constitutivos y sobre las relaciones esenciales de toda persona humana; elementos y relaciones que trascienden las contingencias históricas”.[29] Es importante recalcar que estamos hablando de un discurso de la iglesia moderna que a su vez, sobre la sexualidad fuera del matrimonio agrega que “…debe mantenerse en el cuadro del matrimonio todo acto genital humano. Porque, por firme que sea el propósito de quienes se comprometen en estas relaciones prematuras, es indudable que tales relaciones no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones”[30].

El Estado, en el caso chileno, también jugó un rol muy determinante, quizás incluso más que la aristocracia criolla que si bien influyó considerablemente en la conducción del Estado hasta los años 20’s el siglo XX no fue el grupo mayoritario de ahí en adelante, hasta 1973, cuando nuevamente tomó las riendas del Estado y pudo legislar desde las sombras auque con una cuestionada coherencia con respecto a la realidad de las prácticas de las familias. Desde el creciente ascenso de las clases medias el Estado chileno llevó a cabo un proceso de planificación familiar que tendría como consecuencia un mayor acercamiento del matrimonio legítimo con el legal, fenómeno que se vería superado recién con la aparición del Estado subsidiario de los años 70’s. La cuestión social, que comenzó a ser debatida durante el régimen parlamentario ý que fue legislada por fin en 1924, con las “leyes sociales”, abrió las puertas a que el Estado tomara las riendas en la conducción de un tipo de moral que abarcara no sólo a la elite sino también a los trabajadores[31].

Sin embargo, la entrada a la globalización significó para toda América Latina una nueva fuente de recursos y limitantes para el desarrollo de la familia. en la actualidad la tasa de matrimonios en Chile ha decrecido considerablemente, lo que tiene que ver con la búsqueda de nuevos sentidos por parte de los individuos, que no necesariamente renuncian a la idea de familia, sino que la resignifican, a veces con la precariedad de la pobreza, la marginación y el exceso de trabajo, como ocurre sobre todo con las mujeres; pero también con una serie de libertades que entrega la caída de los grandes discursos sobre la familia y el matrimonio que reinaban antes (antes de los años 90’s). Lo nuevo de las familias latinoamericanas y en especial chilenas parece ser la pérdida creciente del vínculo con la legalidad como fuente de legitimación, lo que no significa una variación importante en la manera en que se constituye la familia, que dicho sea de paso, desde hace mucho tiempo se encuentra inmersa en un proceso de diversificación, limitada de todas maneras por las características culturales de la sociedad en la que la familia se circunscribe.

Actualmente el 29,7% de los hogares en Chile tienen como jefa de hogar a una mujer y la tendencia es al alza, ya que en 1992 eran el 20,2%. Los hogares en que más ha aumentado la jefatura femenina son aquellos que el gobierno califica de indigentes (44,4%) y pobres (34,7%)[32]. Si bien no podemos asimilar simplemente hogar con familia, sí existe una relación entre los conceptos que vale la pena tener en cuenta para considerar las evoluciones en las relaciones de género y la feminización de la pobreza que se da al interior de las familias. Este es un fenómeno importante si consideramos volver a hacer un análisis del encabezado de la ley chilena de matrimonio civil, pues actualmente la legislación chilena ha sido capaz de avanzar a buen tranco respecto a la situación de los hijos que nacen fuera del matrimonio legal, sin embargo, las mujeres jefas de familia siguen siendo un grupo muy desprotegido ya que participan en desventaja comparativa en el mercado del trabajo, tienen menores posibilidades de acceder de manera fáctica a los estudios superiores y los programas que buscan ayudarlas suelen tener un componente asistencialista. Por otro lado, la situación de abandono de responsabilidades por parte de los hombres es todavía un problema que refleja, más allá de los avances legales, la falta de permeabilidad de los valores que inspiran las leyes en los rasgos culturales de la sociedad.
Algunas reflexiones finales

La familia, sin lugar a dudas es la institución más relevante que ha conocido el ser humano en su historia. Quizás por lo mismo ha sido objeto de debates y de intervenciones desde quienes ejercen el poder en cada momento histórico, sea el Estado, la iglesia u otro. La discusión que se ha dado aquí ha estado centrada en la legitimidad de los conceptos de familia, las leyes que sobre esta rigen y las prácticas reales de los sujetos que conforman familias. He tratado de comprender cuál es el accionar de algunos actores relevantes para la historia de la familia, fundamentalmente el Estado, la iglesia, las élites y por supuesto las propias familias que conforman su propia realidad con las prácticas sociales mismas.

Queda por ahondar en un montón de aspectos que aquí se han tocado tangencialmente, especialmente los referidos a la tensión entre modernidad y sociedad tradicional respecto a la figura del individuo como parte de un todo inseparable (la familia) y aquel individuo disgregado y ligado más a un todo mucho más global como el Estado. Este debate forma parte de la filosofía desde la ilustración hasta nuestros días y es complementaria al análisis acá enunciado.

Finalmente quisiera hacer hincapié en una hipótesis que aquí no se ha alcanzado a demostrar por falta de tiempo y texto. Desde mi parecer, la búsqueda constante por regularizar y encasillar el concepto de familia en uno único difiere mucho de la realidad. Esto no es tan sólo por el hecho que la familia burguesa, o incluso aquella más antigua, basada en el sacramento cristiano, sean producto de una elaboración con intereses creados, que poco tienen que ver con el pueblo y mucho con el ideal de las clases dominantes. En este hecho influye el que las prácticas sociales son dinámicas, complejas, evolutivas pero no lineales, y se nutren de ellas mismas a partir de los elementos que encuentran presentes en la cultura (en la cuál también se encuentra el derecho, al menos en occidente) y que determinarán siempre una tensión entre el ámbito de la legalidad y el de la legitimidad que los propios actores dan a sus prácticas.

Si la familia (o las familias) se encuentra en un nuevo proceso de transformación, no debemos explicar aquello sólo a partir de la globalización o el fin del socialismo real, sino en la manera en que ese marco histórico, económico y social es asimilado y reflejado en prácticas concretas por los propios actores de cada sociedad. De lo contrario caeremos siempre en la trampa de explicar nuestros fenómenos a la luz de la saturación de información de la globalización, sin captar que al igual que la legalidad la información de la globalización responde a un nivel que sobrepasa a las familias, mientras ellas se debaten en una eterna transformación.
CITAS

[1] Ver la referencia a los regimenes matrimoniales chilenos que hace León y Deere en “Género y derechos de las mujeres a la tierra en Chile”, Centro de Estudios para el Desarrollo de la Mujer (CEDEM), Santiago 1999, pp. 39-49.
[2] Aquí hacemos referencia al matrimonio como instancia de legitimación de la institución familiar, no en su forma jurídica de contrato como aparece en la legislación moderna. Es interesante establecer esta dualidad del concepto de matrimonio, por lo que luego ahondaremos un tanto en el paso de la legitimidad a la legalidad.
[3] Gilbert, Jorge: “Introducción a la sociología”, LOM Ediciones, Santiago 1997, p. 261.
[4] Al respecto ver la magistral teorización que Horst Kurnitzky hace refundiendo las teorías marxista, psicoanalista y estructuralista. En Kurnitzky, Horst: “La Estructura libidinal del dinero”, Editorial Siglo XXI, México D.F. 1978.
[5] Rubin, Gayle: “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, en Nueva Antropología, Vol. VIII, número 30, México D.F. 1986.
[6] Ver Glendon, Mary Ann: “Derecho y familia”, Estudios Públicos Nº 76, Centro de Estudios Públicos, Santiago 1999.
[7] Ibíd., p 160
[8] Ver König, René: “Sociological Introduction”, en Aleck Chloros (ed.), International Enciclopedia of Comparative Law, Vol. 4. Tübingen: J.B.C. Mohr 1974.
[9] Una breve explicación de este proceso se encuentra en Engels, Friedrich: “El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado”, Mesta Ediciones, Madrid 2000, pp 209-210.
[10] Ibíd., p 82.
[11] Ibíd., p.110.
[12] Glendon, Mary Ann: “Derecho y familia”, p.161.
[13] Ver Butler, Judith. “El género en disputa”, p.15, Editorial Paidós, México, 2001.
[14] Entendido en términos de Foucault como una multiplicidad de relaciones de fuerza que son inmanentes y propias del dominio en el que se ejercen y que son, al mismo tiempo, constitutivas de su organización. Ver Foucault, Michel. “La historia de la sexualidad. Tomo I. La voluntad del saber”, Siglo veintiuno editores, Argentina, 2002, p. 112.
[15] Para Foucault no existe verdad o mentira sino repeticiones y metonimias que de tanto repetirse se vuelven verdades sociales.
[16] Butler explica a Foucault en “El género en disputa”, Editorial Paidós, México, 2001.
[17] Este tema es abordado por Foucault en “Nietzsche, la genealogía, la historia” y es tratado también, de la misma manera, por Butler en “El género en disputa”, p.35, Editorial Paidós, México, 2001.
[18] Tommasi, Wanda: “Filósofos y mujeres”, Nancea Ediciones, Madrid 2002. p. 109.
[19] Este tema es tratado por Friedrich Nietzshe y más contemporáneamente revitalizado por Michel Foucault y Judith Butler.
[20] Marx citado por Florez-Estrada, María: “El Estado, el poder y las mujeres: una relación ambigua”, en Revista de Ciencias Sociales (Cr), año/vol. III-IV, número 109-110, Universidad de Costa Rica, San José 2005, pp. 139-149.
[21] CITAR A WEBER.
[22] Glendon, Mary Ann: “Derecho y familia”, p. 176.
[23] En Chile existen dos partidos políticos declarados abiertamente cristianos (UDI y DC) y otro que coquetea con la idea de “humanismo cristiano” cuando es época de elecciones.
[24] Nótese que aquí hablamos de un Estado actor. Desde otra perspectiva, como la planteada en el párrafo anterior, podemos considerarlo un metacampo hacia el cuál se dirigen los distintos actores de la sociedad (la burguesía, la iglesia, la sociedad civil, etc.) Si se le considera un actor propiamente tal es por la importancia que ha tenido el Estado en las familias de nuestras sociedades latinoamericanas.
[25] En la mayoría de los países el sacramento cristiano debe ir acompañado de un trámite legal, aceptándose su validez o siendo culturalmente complementario.
[26] Eroles, Carlos: “Familia: un signo de pluralidad y esperanza, entre la crisis y el desconcierto”, pp 39-82, en Artola y Piéis (ed.): “La familia en la sociedad pluralista”, Espacio Editorial, Buenos Aires 2000.
[27] Ribeiro de Oliveira Pedro A: “Notas para un estudio sociológico de secularización”, CERIS, Brasil, 1973.
[28] Puga, Josefina: “La religiosidad de la mujer en el Gran Santiago”, Memoria para optar al titulo de socióloga, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago 1975, p.2.
[29] Franjo Seper y Jerôme Hamer, Declaratio de quibusdam quaestionibus ad sexualem ethicam spectantibus, en http://es.catholic.net
[30] Ibíd.
[31] Un análisis relativamente detallado de este proceso se encuentra en Valdés, Ximena: “Familias en Chile: rasgos históricos y significados actuales de los cambios”, Centro de Estudios para el Desarrollo de la Mujer (CEDEM) y Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Santiago 2004.
[32] Fuente: CASEN 2006.

No hay comentarios: