lunes, 31 de marzo de 2008

Mujeres en Chile: feminismo en dictadura, institucionalización en democracia

El movimiento de mujeres nace como respuesta a la situación de dominación que estas han vivido durante siglos a partir de una diferenciación de roles impuesta por el sistema patriarcal. Desde hace más de cuatrocientos años, la opresión de la mujer ha sido tratada por diversas autoras que dan cuenta de una larga historia de injusticias. Chile no ha sido la excepción, y hasta nuestros días muestra una gran desigualdad respecto a la diferencia de sexo y género. La opresión histórica de la mujer se ha dado en todos los ámbitos de la sociedad (político, económico, social y cultural). El principal movimiento social conformado por mujeres ha sido el feminismo, que desde su nacimiento en Europa y Estados Unidos a comienzos del siglo XX, ha tenido el carácter de internacional, aún cuando los movimientos feministas de corte local han adoptado estrategias y concepciones valóricas propias de la sociedad en que se desarrollan. Aquí hablaremos de movimiento de mujeres y de feminismo, teniendo en cuenta la distinción construida a partir de la propia construcción identitaria de las feministas.

Tanto en Chile como en el extranjero, el movimiento de mujeres ha tenido dos momentos fundamentales en cuanto a su articulación. El primero de ellos es la necesidad de darle a la mujer derecho a sufragio [1]. En sociedades que aspiraban a alcanzar nieveles importantes de democratización, la mujer había sido violentada y discriminada sin tener voz ni opinión.

Durante la época de dictadura militar (1973-1990) existe un renacer del movimiento de mujeres, producto de la necesidad de resistir a las distintas formas de opresión que allí se promovían. Aquí, el movimiento adquirirá claramente la característica de feminista. Tras el derrumbe de la democracia, se anula la posibilidad de participación a través de los partidos políticos. A raíz de esta situación queda un vacío en la organización de la sociedad civil que vino a llenar el movimiento feminista. Un segundo hecho que hace urgente la organización civil de mujeres es la represión, violación de derechos humanos y la profunda crisis económica que desató la estabilización de las políticas macroeconómicas del gobierno de la dictadura. En efecto serán las mujeres las primeras en marchar en contra de las violaciones a los derechos humanos y en generar redes poblacionales para la subsistencia económica. Finalmente, una característica de vital importancia que urge articular un movimiento feminista es la exaltación en el período dictatorial de valores tradicionales patriarcalistas. De esta manera, la mujer chilena asume un rol de defensa de sus derechos, a la vez que llenaba un vacío en la capacidad de articulación de la sociedad civil.

Se perfila, en este contexto histórico, un movimiento feminista inmerso en un movimiento más amplio que es opositor al régimen militar. De esta manera, se definen en esta época dos luchas definidas y coherentes entre sí. La primera es la defensa de los derechos humanos, dentro de los cuales están evidentemente los derechos de la mujer, y la especificidad de género [2]. Existe además una gran identificación como movimiento, cohesión y acción grupal asociada principalmente al lugar de residencia. Se crearon varias organizaciones de mujeres que reivindicaron por sobretodo el tema de los derechos humanos, muchas veces en búsqueda de familiares desaparecidos. Ejemplos de estas fueron Mujeres por la Vida, Mujeres Democráticas, y Mujeres de Chile.

Se constata en 1974 la conformación de ISIS Internacional, principal centro de documentación femenina y en 1977 la creación del Círculo de Estudios de la Mujer, formado por tres agrupaciones: Hojas, ASUMA (Asociación para la Unidad de las Mujeres) y un grupo formado por profesionales de las ciencias sociales. En este espacio, definido como la primera organización declaradamente feminista, se genera una amplia discusión que influirá posteriormente en otras organizaciones durante la década siguiente. El Círculo de Estudios de la Mujer nace bajo el cobijo de la Academia de Humanismo Cristiano y se desarrolló en sus dependencias hasta 1983, cuando las autoridades eclesiásticas de la Academia consideraron que la postura y propuestas del Círculo no concordaban con los principios de la Iglesia Católica, decidiendo su expulsión.

En 1978 Se realiza en Santiago el Encuentro Nacional de Mujeres, convocado por la Coordinadora Nacional Sindical, con 298 delegadas, que exigen se reponga el fuero maternal, las salas cunas, jardines infantiles, casinos en las empresas, jubilación a los 55 años, pago íntegro de salario durante el pre y post natal, recuperación de los niveles de atención médica y servicios de salud conquistados hasta septiembre de 1973 [3]. Son los años ochenta los de mayor actividad para los movimientos feministas, quienes abogaron por la caída del régimen dictatorial y por una democratización del país. Como referencia revisamos que en 1980 surge el CODEMU y en 1981 el Movimiento de Mujeres Pobladoras (MOMUPO) que agrupó varias comunas de Santiago. En 1983 mujeres de Chile (del interior y exiliadas por dictadura militar) asisten al Segundo Congreso Latinoamericano de Mujeres realizado en Lima. La importancia de este evento es el estrecho lazo que se establece entre los movimientos feministas de Chile, Latinoamérica y Europa.

A juicio de Virginia Vargas en los ochenta existe una politización de la vida privada como forma de lucha, es decir, se visibilizaron varios problemas concretos de las mujeres, a partir de los cuales se teorizó sobre la opresión y desigualdad que vivía la mujer. Temas de importancia, en este sentido fueron la violencia doméstica, asedio sexual, violación en el matrimonio, feminización de la pobreza, etc [4]. La primera manifestación de mujeres en contra de la dictadura fue el 11 de agosto de 1983, mismo año en que se reorganiza con fuerza el MEMCH , principal referente del movimiento feminista en Chile. Se constata que en la manifestación un grupo de mujeres frente a la Biblioteca Nacional extendió un lienzo que decía "Democracia Ahora! Movimiento Feminista de Chile". A partir de este momento se intentará ligar la opresión de la dictadura con la vida al interior de los hogares bajo el eslogan de Julieta Kirkwood "Democracia en el país y en la Casa".

Otro paso importante en esta década fue la fundación de ONG's de mujeres, con departamentos de estudio sobre la mujer. De esta manera se produce una profesionalización de gran parte del movimiento de mujeres. Parte del trabajo que desarrollaron las organizaciones fue acogido por la Iglesia Católica a través de la Vicaría de la Solidaridad.

En 1988 se presentan las "Demandas de las mujeres a la democracia", donde se abogaba por la institucionalización de las demandas de las mujeres a través de la creación de organismos gubernamentales, una vez alcanzada la democracia. Es más, los movimientos de mujeres comienzan a congregarse en torno a la idea de la conformación de un conglomerado que aglutine estas demandas de institucionalización, tal es el caso de la Concertación de Mujeres por la Democracia, ligada a la Concertación de Partidos por la Democracia.

El periodo de la dictadura militar (1973-1990) fue aglutinador de las demandas de los movimientos de mujeres y permitió una vinculación entre la resistencia al gobierno y la situación particular de la mujer. Sin embargo, en el momento en que comienzan las negociaciones para realizar un plebiscito, en el cual estaba en juego la continuidad por ocho años más, o la retirada definitiva del régimen militar; las militantes del movimiento feminista comenzaron a tener las más claras divisiones. Esto, principalmente por el protagonismo que se les dio a los partidos políticos, en desmedro de las organizaciones sociales.

Muchas mujeres tenían doble militancia, en organizaciones y partidos desde los años ochenta, lo que con el tiempo comenzó a crear una división entre las llamadas feministas y las "políticas". Si bien ambas coincidían en la emancipación de la mujer, diferían en la forma para alcanzarla [5]. Aun así, la doble militancia cuando estaba ya formada la Concertación de Mujeres por la Democracia.

A partir de este momento, se perfilan dos identidades del movimiento antagónicas en sus propuestas. En primer lugar, están aquellas organizaciones que buscaron la acción desde las organizaciones sociales en las que participaban con la intención de mantener el espacio que habían ganado en dictadura. Por otro lado, se ubicaron aquellas que ante el advenimiento de la democracia, creyeron que la Concertación de Partidos por la Democracia debía servir de plataforma para las acciones y diseño de estrategias del movimiento. Naturalmente, esta última opción estaba comandada por aquellas mujeres que tenían doble militancia. El feminismo autónomo [6] se planteó desde entonces desde la oposición viendo con recelo la posibilidad de transformar el patriarcado desde el Estado y además por considerar que no era posible construir una sociedad verdaderamente democrática con una institucionalidad heredada de la dictadura y en alianza con sectores confesionales [7].

La década de los noventa aparece, como consecuencia de lo descrito, marcada por una institucionalización de las demandas de las mujeres a través de diversos organismos del estado, entre ellos el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM). Evidentemente, este representaba los anhelos de sólo un sector del feminismo, ligado a la Concertación, lo que fue de la mano con la incorporación al gobierno de un número importante de mujeres que había participado antes en las organizaciones civiles.

Un temor permanente en los noventa fue el que al institucionalizarse las demandas, se suscribirían acuerdos internacionales que no necesariamente dieran cuenta de la situación particular de las mujeres en Chile. La preeminencia de la faz más institucionalista del feminismo, y la tendencia de los otros sectores a mantenerse en grupos al margen de los centros políticos, hacen que la imagen más pública del feminismo tienda a reducirse a la acción de los grupos profesionales y particularmente los vinculados con la labor de impactar las agendas institucionales [8]. Esta fragmentación del movimiento no lo acaba, sino que le da una nueva forma y lo sitúa en un contexto similar al de otros movimientos sociales en la actualidad.

La década de los noventa y los primeros años del siglo XXI, están marcados por etapas claramente identificables en el movimiento de mujeres. La primera de ellas parte en el proceso de transición a la democracia a finales de la década de los ochenta, hasta 1993. En este momento histórico, hay una búsqueda constante de la unidad e identificación con el feminismo. A pesar de las diferencias estratégicas entre feministas, continuó la confianza en que se podrían generar articulaciones en torno a objetivos comunes. Este período se termina con la realización del Primer Encuentro Feminista en Valparaíso. En él se reconocen las diferencias en torno a la institucionalidad y coloca a las feministas en posiciones encontradas por lo antes descrito.

Una segunda etapa se da entre 1994 y 1996, momento en que se agudizan estas diferencias, produciéndose un claro distanciamiento en lo discursivo y en las estrategias de acción. En el Foro Feminista de Concepción una parte del movimiento se autodefine como feministas autónomas, entrando en clara oposición con quienes formaban parte del gobierno y la Concertación.
Finalmente, una tercera etapa comienza en 1997 y perdura hasta nuestros días. Aquí las diferencias existentes entre ambas facciones del movimiento se convierten en prácticas que van por caminos paralelos, sin encuentro ni comunicación. Para Ríos, Godoy y Guerrero, esta etapa está marcada por una desarticulación e invisibilidad del feminismo en cuanto actor colectivo en la esfera pública y en la consolidación de espacios y estrategias microsociales de activismo.

En definitiva, debemos definir al movimiento de mujeres en cuanto a su historia y su situación actual. Lo entenderemos como un campo de acción cuya coherencia interna y fronteras externas se sustentan en una adscripción a un discurso o propuesta ideológica, orientada a transformar las relaciones del sistema de dominación del que son objeto las mujeres como categoría social [9].

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[1] En el caso de Chile el voto femenino es alcanzado en 1949 para las elecciones municipales y 1952 para la elección presidencial. El personaje más destacado del movimiento feminista chileno en ese momento fue Amanda Labarca Humberstone (1886-1975).
2] Eliana Largo y Ana María Arteaga agregan dos ejes temáticos más: la sobrevivencia y la política.
[3] Luis Vitale, Cronología comentada del movimiento de mujeres en Chile.
En: http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/lb/filosofia_y_humanidades/vitale/
[4] Virginia Vargas, citada por Kathya Araujo en "Género y movimientos sociales, retos para la acción colectiva", p.33, Programa Mujer y democracia en el MERCOSUR, Fundación Instituto de la Mujer, Isis Internacional, Movimiento Pro Emancipación de la Mujer, MEMCH, Santiago, Chile, 2002.
[5] Marcela Ríos, Lorena Godoy y Elizabeth Guerrero. "¿Un nuevo silencio feminista?, La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura", p. 54, Centro de Estudios de la Mujer, Editorial Cuarto Propio, Santiago, Chile, 2003.
[6] Nombre que se les da a las feministas que se excluyeron de la Concertación de Partidos por la Democracia. Algunas de ellas, también tuvieron doble militancia en partidos como el PC y el MIR, que no formaron parte de esta coalición.
[7] Con los sectores confesionales las diputas más importantes tendrán que ver con los Derechos Sexuales y Reproductivos de las mujeres.
[8] Kathya Araujo. "Género y movimientos sociales, retos para la acción colectiva", p.46, Programa Mujer y democracia en el MERCOSUR, Fundación Instituto de la Mujer, Isis Internacional, Movimiento Pro Emancipación de la Mujer, MEMCH, Santiago, Chile, 2002.
[9] Marcela Ríos, Lorena Godoy y Elizabeth Guerrero. "¿Un nuevo silencio feminista?, La transformación de un movimiento social en el Chile posdictadura", p. 31, Centro de Estudios de la Mujer, Editorial Cuarto Propio, Santiago, Chile, 2003.

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