miércoles, 7 de enero de 2009

El Orientalismo como elemento fundante de Israel: del mito a la búsqueda de alternativas / Ponencia De Rasgos Árabes

La siguiente ponencia fue presentada el día 5 de mayo de 2009 en el encuentro De Rasgos Árabes, organizado por el Centro Cultural España y realizado en la Biblioteca de Santiago en el contexto de la mesa "Orientalismo y relaciones geopolíticas entre Oriente y Occidente". En esta mesa participaron también Kamal Cumsille y Fabiola Samhan.


La siguiente ponencia trata sobre la relación entre el Orientalismo, como discurso hegemónico que divide arbitrariamente al mundo en un Este y un Oeste, y el sionismo político, ideología que se desarrolló desde finales del siglo XIX en la comunidad judía de Europa y que persiste hasta el día de hoy, habiendo logrado subsumir prácticamente toda la identidad judía bajo su paraguas simbólico.
Puede parecer extraño que en el marco de una discusión sobre lo árabe, quién les habla se centre precisamente en uno de los elementos no árabes de Oriente Medio, sin embargo, tengo la convicción de que un entendimiento acabado de lo árabe pasa por la comprensión de los factores que han ido dando sentido a su construcción identitaria. Creo que la aparición del sionismo político modificó de manera radical el llamado Mundo Árabe, así como también la relación Oriente Occidente y, como tercera cosa, también la identidad judía, que pasó de ser un pedazo de Oriente en Occidente a un pedazo de Occidente en Oriente, con todos los antagonismos aledaños que esta relación trae consigo.
Ahora bien, lo primero que nos debe interesar para comenzar a tratar este tema es la definición conceptual de Orientalismo, para luego avanzar hacia su relación con el sionismo. Edward Said, sin duda uno de los más importantes intelectuales del siglo XX, describe el orientalismo, en la forma que adquiere a partir del siglo XVIII, como:
 “una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente”[1].
Said pone énfasis en la necesidad de comprender el Orientalismo como un discurso disciplinario a través del cuál la Europa del período posterior a la ilustración se enfrenta a Oriente en la búsqueda de su dominación, que de hecho logra hasta el punto de dirigir de manera política, sociológica, militar, ideológica científica e imaginaria[2]. No puede entenderse el Orientalismo simplemente como asociaciones culturales de una parte del mundo que se construye como uno frente a ‘un otro’, sino que es “una realidad cultural y política”[3] que tiene consecuencias no sólo discursivas, sino también materiales para la realidad occidental y oriental, llegando a condicionar, incluso, la propia construcción de un discurso sobre Oriente, desde el mismo Oriente. Aquello se revela sobre todo al turista occidental que visita Oriente y es recibido continuamente por aquellos “buenos nativos” vestidos con ropajes de otra época, que para el ojo menos avezado representan “lo típico”.
Said devela la manera en que Oriente es orientalizado a partir de visiones europeas sobre cómo debe ser Oriente. En otras palabras, Occidente no sólo ve a un Oriente que le es útil bajo determinados estereotipos para su propia construcción identitaria, sino que es capaz, a través de su posición hegemónica[4], de dar sentido a la vida oriental, al punto de que en esta relación entre dominadores y dominados, efectivamente los conceptos de Oriente y Occidente se nos aparecen como polos opuestos, espacios delimitados que parecieran no haberse traslapado nunca, salvo para hacer la guerra. Sin embargo, como establece Said, no debemos considerar al Orientalismo simplemente como un conjunto de mentiras que se dicen sobre Oriente, sino mas bien como un filtro europeo, y posteriormente también estadounidense, para comprender Oriente. Este filtro, de tanto nutrirse de prácticas concretas de dominación y marcos teóricos de comprensión, ha llegado a convertirse en una “verdad”, al menos una verdad que desde ya hace bastantes años ha sido puesta en tela de juicio por los pensadores postcolialistas.
El orientalismo es discurso, pero también materialidad, en la medida en que su utilización ha implicado una expansión imperialista y colonial de Europa sobre el llamado Mundo Oriental, desde China hasta el Mundo Árabe. En ese sentido, creo que es absolutamente necesario considerar al sionismo, el movimiento político que da sentido a la creación del Estado de Israel, y del cuál trataré ahora, como un discurso nutrido conceptualmente de una forma de orientalismo particular que nutrirá a este concepto de nuevos elementos, pero que, al mismo tiempo, por su componente colonial, acaso sea el más terrible resabio de una época supuestamente superada por la humanidad. Como recuerda el mismo Said, Arthur James Balfour, conocido por una declaración en la que se expresaba en 1917 que Su Majestad Británica veía con buenos ojos el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina, probablemente podía considerar que los habitantes de Palestina tenían un derecho prioritario sobre esa tierra, pero “los deseos de 700.000 árabes (…) en ningún momento se podían comparar con el destino de un movimiento colonial esencialmente europeo”[5], refiriéndose, por supuesto, al sionismo.
El sionismo político promovido por el libro “El Estado Judío” de Theodor Herzl, publicado en 1896, es precisamente un discurso cuyo punto de partida es la tensión propia de la identidad judía europea, que por una parte se articula en torno a un antisemitismo europeo que consideraba a los judíos como un problema, un problema oriental, presente como un cáncer dentro de la cultura hegemónica de Occidente. El judío fue concebido como el enemigo más íntimo de Europa y por tanto conforma simbólicamente el miedo de Occidente a orientalizarse, bajo, por supuesto, los estereotipos de este Oriente construido por Occidente. Las Leyes de Nuremberg de 1935, a través de las cuales los nazis declaran a los judíos extranjeros, y por tanto prescindibles, son el clímax para esta tensión en su versión occidental, pero el punto de partida para el orientalismo sionista en el propio Oriente.
Esto porque el sionismo no es simplemente una respuesta frontal ante el antisemitismo, sino que se nutre de él para dar sentido a la idea, en constante peligro por la asimilación, de la existencia de una identidad judía definible. Si Said afirma que “…No es casual que el orientalismo y el antisemitismo moderno posean raíces comunes”[6], tampoco podemos ser ingenuos respecto a la relación entre el orientalismo actual y su principal potenciador, el sionismo moderno.
Para Herzl, de hecho, la necesidad de construir un Estado para los judíos fuera de Europa, contiene la tensión entre el ser europeo y ser judío como una condición insalvable para la propia europeidad. Ante la disyuntiva de si abocarse a la migración judía a Palestina o Argentina, Herzl opta por la primera por ser la “inolvidable patria histórica”[7], es decir el lugar de origen, oriental. Pero al mismo tiempo plantea que el Estado de los judíos sería conveniente para Europa debido a que: “Para Europa formaríamos allí un Valais contra el Asia; estaríamos al servicio de los pueblos de avanzada de la cultura contra la barbarie”[8]. Al mostrar al Mundo Árabe como el lugar de la barbarie, Herzl, al igual como habían hecho sus predecesores orientalistas, lo despoja de su historia, como si en dos mil años, desde la expulsión de los judíos por el Imperio Romano, nada hubiese pasado en ese territorio, de manera que lo árabe es lo estático, mientras el elemento judío sería lo dinámico, potencia sólo conseguida después de una occidentalización simbólica del judaísmo. Como dice Said, para los primeros sionistas Palestina era “un desierto vacío que esperaba que le llegara el momento de florecer”[9].
Quizás el punto de inflexión de esta relación con los palestinos, por parte de Israel, está reflejada en la frase que inmortalizó Golda Meier en 1969: “El pueblo palestino no existe... No es como si hubiéramos venido a expulsarlos y a ocupar su país. No existen”. Declarar la no existencia del otro es algo confuso si consideramos que la opinión pública mundial había presenciado al menos tres conflictos bélicos de envergadura para ese entonces en los que el centro del debate era la población de Palestina que había sido expulsada. Podría interpretarse la frase Meier como una estrategia política que busca desmoralizar a los palestinos que por ese entonces ni siquiera tenían hegemonía sobre su propia causa, sumergida en los demás liderazgos árabes, pero creo que lo más acertado es entender el contenido de su frase como una afirmación identitaria de los judíos que, desde su perspectiva, son los únicos que dan sentido, y por lo tanto existencia, a una nación en la tierra que disputaban.
No es que el otro simplemente no existiera, sino que más bien, en la dialéctica del amo y el esclavo hegeliana, el otro había sido dominado y por tanto no reconocible en tanto humano, sino sólo como población, en el sentido que hoy lo comprende la biopolítica. Los palestinos que quedaron viviendo dentro de los límites de Israel son el mejor ejemplo de cómo se les pueden negar los derechos fundamentales a quienes se incorporan como “ciudadanos” de un Estado, utilizados para promocionar el carácter democrático de Israel, en cuanto Estado respetuoso de las “culturas”, pero al mismo tiempo vistos como un peligro constante, por este mismo Estado, toda vez que estos tengan la osadía de reivindicar identidades distintas como la palestina.
Al igual que el orientalismo clásico, el sionismo se planteó la tarea de redimir a Oriente, de salvarlo de su supuesta condición de “inservible” para el progreso y dotarlo de presente y futuro. Al igual que el Orientalismo clásico, la redención de Oriente no es buscada a través de la integración con él, sino por medio del colonialismo y el cierre de las identidades entre dos supuestos lados del mundo opuestos, el Este y el Oeste. 
Frente al Mundo Árabe el sionismo, y posteriormente la sociedad israelí figurada como un ideal por el Estado de Israel, se erigió como la contraparte occidental, y al adquirir con el tiempo, además, una hegemonía militar al tiempo que, a través del lobby, también la fuerza para promover estereotipos culturales, a través del dominio de ámbitos específicos como la industria cinematográfica, los sionistas han tenido el privilegio de lo que Said llama la ‘autoridad del Orientalismo’, aquella que irradia y se difunde, que establece los cánones del gusto y los valores, que da carácter de verdad a tradiciones, juicios, valores que a su vez transmite y difunde[10]. Lo que marcará una diferencia sustancial respecto al Orientalismo precedente, comandado por las potencias del siglo XIX, no es la voluntad hegemónica, ni la mirada colonial, sino la articulación organizada para defender los intereses de Israel frente al enemigo árabe. En vez de evidenciar la necesidad de conquista de los bárbaros, el sionismo, a través del Estado de Israel buscará mostrarse as sí mismo, frente a la opinión pública internacional, como una víctima, asediada permanentemente por millones de seres irracionales, frente a lo cuál siempre es necesaria una ayuda económica y militar, acompañada de una carta blanca para realizar “operaciones de defensa”.
Aquello tiene que ver precisamente con que Israel se crea y constituye institucionalmente en el espacio oriental, en cuyo seno no encuentra su matriz cultural, fundamentalmente europea, pero al mismo tiempo este es un espacio del que no puede salir, pues de él depende absoluta y paradojalmente el futuro de su identidad cultural. Creo que este es, en su mayor complejidad, el “problema judío”, si cabe ocuparnos intelectualmente de él en la actualidad.
El crimen del sionismo se conforma por partida doble a partir, por una parte de la limpieza étnica sobre los palestinos, pero también respecto a la propia identidad judía. Como ha dicho Said en Freud y los No Europeos, “el establecimiento de Israel en un territorio no europeo consolidó políticamente la identidad judía en un Estado que adoptó posturas políticas y legales muy específicas para blindar esa identidad a todo lo que no fuera judío”[11]. De esta manera el sionismo se convierte en un movimiento profundamente antihumanista que cercena de la identidad judía aquellos elementos inherentes a su nacimiento y desarrollo, sea lo oriental, árabe, helénico, egipcio, etc. Bajo este tipo de perspectivas, quienes no forman parte de la comunidad cerrada pasan rápidamente a ser prescindibles, como vimos que pasó con los judíos en Europa y ahora con los palestinos en el moderno Estado de Israel.
Ahora bien, Estados Unidos jugó un rol determinante en relajar la tensión en la identidad judía promovida por el sionismo. Al convertirse este país en el más determinante aliado de Israel, este último pudo dirigir su identidad contra la Europa del exterminio, sin dejar de ser occidental, pues mal que mal la hegemonía en este sentido recayó en Estados Unidos, que cumplió una rol determinante en la Segunda Guerra Mundial, terminando con el genocidio nazi y asimilando a gran parte de la judería internacional en su territorio. El fin de la guerra coincide con el cambio que percibe Said en la mirada orientalista, que comienza a concebir a Oriente cada vez más como un problema a resolver más que en tanto conocimiento erudito, como una “cuestión administrativa y política”[12].
La relación entre Israel y Estados Unidos ha sido nutrida, como cualquiera ha podido darse cuenta por los análisis de la prensa de alcance masivo. Pero esta relación no ha sido siempre igual. Si bien es cierto que Estados Unidos fue el primer país en el mundo en reconocer al Estado de Israel en 1948 (seguido muy de cerca por la Unión Soviética), es necesario tener en cuenta la desconfianza que generaba el sionismo en amplios sectores del mundo político norteamericano. Aquello fundamentalmente porque la doble militancia, es decir el tener intereses en dos Estados distintos, parecía peligroso a ojos de sectores conservadores, que también permeados por el racismo de fines de siglo XIX y mediados del XX, atribuían a los judíos gran parte de los males de Occidente. Fueron el posicionamiento que logró Israel luego de la guerra de 1967 y el posterior fracaso en la guerra de 1973 los elementos que crearon la situación propicia para un cambio de estrategia norteamericana.
La alicaída posición internacional de Israel luego de conquistar sendos territorios, sumado a la cada vez más evidente situación de limpieza étnica contra los palestinos, llevó al gobierno de Israel (asumido por los laboristas Meier, Rabin y Peres) a ser cada vez más cercanos a los intereses de Washington sobre Oriente Medio, de manera que se cumpliera cabalmente el sueño de Herzl de ser una avanzada civilizatoria frente a la barbarie que lo rodeaba. Coincidentemente con esta nueva estrategia, Norman Finkesltein plantea que “justo después de la guerra de 1973, Estados Unidos proporcionó a Israel una ayuda militar enorme, mucho mayor que toda la que le había prestado durante los cuatro años previos, y la opinión pública estadounidense tomó firme partido a favor de Israel. Y fue en estas circunstancias cuando los comentarios sobre el Holocausto despegaron en Estados Unidos”[13]. La llamada industria del Holocausto, relatada por Finkelstein, en Estados Unidos sirvió para reforzar la posición negociadora de Israel frente a un Mundo Árabe que ya no podía seguir siendo ignorado políticamente. Immanuel Wallerstein, al respecto ha planteado que Israel ha tenido tres formas de enfrentarse con el Mundo Árabe: a través de un militarismo que denomina “macho”, la creación de alianzas geopolíticas, donde Estados Unidos juega el rol más determinante, y, lo que nos interesa a nosotros acá, desarrollando estrategias de relaciones públicas, que sirvieron para mostrar a Israel como un David frente al Goliat bárbaro, que sería el Mundo Árabe[14].
Por supuesto, la idea de que Israel es un aliado inseparable de Estados Unidos no sólo ha influido directamente en la comprensión por parte de los  israelíes de que no están solos, ni de los estadounidenses de que sus impuestos se van de a millones a un Estado del que obtienen poco. También esta idea afecta al Mundo Árabe e islámico en la medida en que sus gobiernos, crecientemente aliados de Estados Unidos, deben luchar por amigar esta imagen con la de seguir siendo enemigos de Israel, algo cada vez más imposible. Tanto así que Egipto, luego de la experiencia del nasserismo, terminó por aceptar la irresistible oferta de estabilidad política que le ofrecía Washington a cambio de la aceptación del Estado de Israel como parte integral de Oriente Medio. Aquello le costó la vida a Anwar Sadat en 1981, pero efectivamente abrió las puertas al gobierno de Hosni Mubarak, quién en una férrea dictadura ha mantenido un orden avalado por el apoyo norteamericano. Una línea de apoyo a Estados Unidos la podemos encontrar hoy en Estados como Jordania (que también firmó la paz con Israel), el Irak post Saddam Hussein, Arabia Saudita y la gran mayoría de los reinos de la Península Arábiga.
Siguiendo la línea de Said, pensando en que el Orientalismo no sólo ha servido para la construcción autorreferencial de Occidente, sino también, y quizás de manera más agresiva desde la creación de Israel, para la transformación del Mundo Árabe y la búsqueda de alternativas al interior de este, tanto en oposición como a favor de la influencia occidental, podemos entender que dentro de los procesos sociales y culturales que influyeron en el pensamiento árabe contemporáneo desde el siglo XIX, se encuentre un crecimiento cada vez mayor de posiciones que el Orientalismo sionista y norteamericano han denominado como fundamentalismo islámico, que aquí, al modo en que lo ha hecho Samir Amin, llamaremos Islam Político[15].
El rechazo a Occidente por parte de sectores organizados políticamente en el mundo islámico no es más que un reconocimiento textual a la lógica de la diferencia entre Occidente y Oriente, en el cuál se busca luchar contra un Occidente igualmente estático como el Oriente graficado por el Orientalismo. Pero aquello no es otra cosa que una reacción, con el mismo paraguas simbólico que el del opresor, de la misma manera en que hace más de cien años naciera el sionismo como oposición al antisemitismo. Analogía que se hace tanto más patente en la medida en que Europa ha recibido a una población árabe, africana y asiática en guetos similares a los que habitaron los judíos hasta el exterminio nazi, conteniendo nuevamente al interior de sus fronteras al “peligro oriental”.
Sería un error, en todo caso, reducir los procesos sociales del Mundo Árabe a tan sólo una respuesta a Occidente, considerando que Estados Unidos ha estrechado lazos con el Mundo Islámico fuera del alcance de Israel como el apoyo a los ‘taliban’ en la guerra entre Afganistán y la Unión Soviética, o a Saddam Hussein en el conflicto bélico entre Irak e Irán. El tema es mucho más complejo, sin embargo, también sería muy extraño dejar pasar la relevancia de la relación Oriente Occidente y sobre todo la influencia del sionismo en la configuración de una nueva relación entre ambos mundos simbólicos y discursivos. Por un lado debemos comprender la importancia del sionismo en referencia al Mundo Árabe e islámico, y de igual manera, la relevancia que adquiere en su lugar privilegiado de acción, la política estadounidense.
Ahora bien, lo interesante es que el Orientalismo promovido por el sionismo está comenzando a ser el principal responsable de un resquebrajamiento de la relación entre Israel y Estados Unidos. Puede parecer una declaración precipitada, y la verdad no tiene nada que ver con la llegada al poder de Barak Obama, que para este tipo de problemáticas históricas puede llegar a ser una simple anécdota.  Más bien tiene que ver con una desmesura o desesperación del lobby sionista en Estados Unidos frente al cuestionamiento permanente respecto a cuál es la utilidad que hoy le presta Israel a Washington. Esta es una pregunta que se repite con mayor frecuencia en la medida en que los gobiernos de Estados Unidos han impedido hasta ahora, una y otra vez, que Israel sea juzgado por genocidios que al mundo entero le parecen evidentes. Por otra parte, dentro de las desesperadas medidas del sionismo norteamericano hemos presenciado verdaderas persecuciones políticas que han dejado en evidencia no sólo la existencia de un lobby pro-israelí, sino también los mecanismos que ocupa y los valores éticos que se encuentran en su base.
Charles Freeman, recientemente obligado a renunciar del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, debido a la influencia del Lobby sionista que lo acusó de servir a los intereses sauditas por haber sido embajador en este reino y al mismo tiempo crítico de las políticas de Israel, ha planteado, respecto a la problemática que significa para el mismo Israel su influencia en los espacios de toma de decisiones de la potencia norteamericana, lo siguiente:
“Considero que la incapacidad del público estadounidense de discutir, o del gobierno de considerar, cualquiera opción para las políticas de EE.UU. en Oriente Próximo a las que se oponga la facción gobernante en la política israelí, ha permitido que esa facción adopte y sustente políticas que en última instancia amenazan la existencia del Estado de Israel… No es sólo una tragedia para los israelíes y sus vecinos en Oriente Próximo; está haciendo un daño cada vez más amplio a la seguridad nacional de EE.UU.”[16]
La posición de Israel en Oriente Medio y también en relación a la política mundial, ha cambiado con los años[17]. A pesar que este Estado sigue explotando de las más diversas maneras los estereotipos propios del Orientalismo, a través de la industria cinematográfica y el lobby político, de la manera en que atestigua precisamente el caso de Freeman, cada vez son menos los argumentos por los cuales resulta atractivo para las potencias, especialmente para Estados Unidos, mantener esa incondicionalidad, hasta ahora a prueba, incluso, contra el respeto a los organismos internacionales, que en gran medida se mantienen en vida también por el propio apoyo norteamericano.
Así mismo, la justificación del genocidio nazi sobre los judíos europeos tiene cada vez menos importancia para validar las prácticas de Israel. Quizás el paso del tiempo ha ido mermando el recuerdo de esta atrocidad, pero creo que mucho más relevante que aquello es que en el imaginario de las sociedades de todo el mundo, Israel como potencia militar se ha convertido precisamente en el relevo del nacionalsocialismo, materializando prácticas de limpieza étnica, genocidio, control absoluto de los cuerpos de los palestinos, segregación territorial, bloqueo económico, etc. Si esto era posible de ser ocultado por el Estado sionista antes de la era de las comunicaciones, hoy cualquier persona que se interese por saber que ocurre en Oriente Medio puede encontrar cientos de páginas webs con videos, artículos, noticias, en diferentes idiomas. Israel ha quedado así, frente a la opinión pública, develado en relación a sus prácticas, puesto en tela de juicio, y por tanto su defensa incondicional se resiente ante electorados que cuestionan cada vez más el apoyo económico a países o Estados beligerantes.
El problema del sionismo actual radica fundamentalmente en que las tres etapas por las que ha pasado (fundacional, institucional y de crisis[18]) lo han llevado a reformular sus estrategias de acuerdo a una realidad práctica. Lo que vemos hoy en Palestina no es un cambio del sionismo en términos de valoraciones respecto a la población no judía, a la que sigue comprendiendo como un ‘otro’ y ‘bárbaro’, sino una readecuación de las estrategias sionistas de acuerdo al rol que juega el Estado de Israel en el concierto internacional. La disyuntiva que marca actualmente la crisis del sionismo se refiere fundamentalmente a: reforzar el carácter judío de Israel en el territorio que administra en la actualidad, o perseverar en las aspiraciones colonialistas que le dieron origen a este Estado (la creación de un Gran Israel desde el Nilo hasta el Éufrates). En ambos casos, cualquiera que sea la determinación que sigan los grupos sionistas predominantes, el problema del sionismo seguirá siendo la oposición entre una identidad judía basada en términos exclusivistas y la integración al contexto en el que está inserto. La solución de un solo Estado donde convivan las personas que deseen ser parte de él sin distinción ni discriminación étnica ni religiosa, no es la que promueve hoy el sionismo, en ninguna de sus vertientes, porque de ese modo se estaría perdiendo el principio de un espacio vital exclusivo para los judíos.
Actualmente la hegemonía del sionismo es importante en Israel. Sesenta años de educación institucionalizada dan resultados respecto a la manera en que los israelíes ven a sus vecinos. Una encuesta realizada por un instituto israelí en 2008 reveló, por ejemplo, que el 70% de la población está en desacuerdo con devolver las Alturas del Golán que Israel ocupó a Siria en 1967[19]. Esto nos habla de la importancia que tiene hoy para la población común y corriente de Israel[20] la supuesta ‘indefensión’ de su Estado frente a sus vecinos árabes, así como la legitimidad que ha adquirido para la sociedad israelí la reticencia a entregar territorios que se han adquirido a través de las guerras. Esto en parte, porque la construcción del propio Israel es producto de guerras y su población altamente militarizada mira al mundo desde esta perspectiva, como si la realidad tuviese que construirse así.
Los problemas del sionismo no sólo afectan a los países con los que Israel tiene fronteras, sino también a los palestinos que viven dentro del propio Estado sionista. Un estudio de la Universidad de Haifa en 2007 reveló que el 75 por ciento de estudiantes judíos en Israel piensa que los árabes son ignorantes, incultos y sucios[21]. Esas visiones sobre la población árabe, potenciada por el orientalismo inherente a la mirada sionista son una muestra de la negación de Israel de concebirse como parte integral de una región a la que al mismo tiempo anhelan pertenecer. Si consideramos que los árabes israelíes son un quinto de la población del Estado, el problema del racismo no puede ser visto sólo como una postura estatal hacia fuera o hacia los Territorios Ocupados en los que existe una jurisdicción militar. El problema se encuentra dentro y probablemente la solución se encuentre también ahí.
Israel hoy se encuentra ante la disyuntiva de su propia supervivencia, la que se ve desafiada por la caída sistemática de todos los pilares sobre los cuales ha mantenido una relación de fuerza sobre el Mundo Árabe. Por ejemplo, si tenemos en cuenta la capacidad militar utilizada por Israel cuando se acaban los argumentos, debemos consignar que tanto la invasión al Líbano en 2006 como la matanza de mil cuatrocientos palestinos en Gaza en 2009 han sido un fracaso, salvo que el exterminio se considere un éxito por sí mismo. Israel no sólo no consiguió derrotar a Hezbollah y Hamas en cada caso, sino que se vio obligado a firmar pactos de cese al fuego en medio de sendas críticas de la comunidad internacional por su actuar. Precisamente estas críticas se han venido sucediendo desde 1967, momento en que Israel se expande territorialmente, las que pudieron ser contrarestadas por el lobby del sionismo norteamericano. Pero desde la Intifada palestina en 1987 Israel ha quedado en evidencia respecto al trato que tiene hacia una población que vive encerrada en un enorme ghetto. La construcción de un muro para separar a las personas de Cisjordania con Israel y el resto del mundo, así como la continua colonización del territorio han mostrado al mundo un Israel que si hace recordar al Holocausto no es precisamente por su papel de víctima, lo que deslegitima la carta blanca que la comunidad internacional le dio hace más de sesenta años.
Como lo ilustra el caso Freeman, ya mencionado, el lobby sionista en Estados Unidos se ha transformado en un problema para este país, que en su nueva versión tras la elección de Obama busca mostrar al mundo que su poderío militar es compatible con una hegemonía cultural, para lo cuál Israel resulta mas bien un estorbo. Por estas razones, creo que Israel tiene dos alternativas que deben ser analizadas en el corto plazo. La primera es continuar la lógica que movió a sus gobiernos desde 1996 a 2009, es decir, la búsqueda de la disuasión de sus vecinos a través del militarismo y la radicalización de los programas de limpieza étnica contra los palestinos. En tal caso, correrá el riesgo de enfrentarse a fuerzas crecientes dentro del Mundo Árabe, como el Islam Político que mencioné antes, en un conflicto que, por el momento de crisis por el que pasan las grandes potencias, pareciera que adquirirá cada vez más un carácter regional. Pensar en la existencia de Israel sin el apoyo de Estados Unidos resulta bastante difícil.
La segunda alternativa es la integración regional. Esto implica el respeto al derecho a la autodeterminación de los palestinos, el fin del proyecto colonial de Israel, la integración en igualdad de derechos ciudadanos de los palestinos que viven dentro de Israel y un sometimiento por parte de este Estado a las instancias del derecho internacional, que hasta ahora no ha existido. En este último caso Israel tendrá posibilidades de sobrevivir como Estado, un Estado laico, democrático e inserto en el contexto regional. Sin duda, aquello sería necesariamente el fin del sionismo, o por lo menos de su poder para controlar Oriente Medio.
Si no doy opción a la permanencia de un Estado de Israel en los términos actuales, no es porque tenga en mente algún proyecto mesiánico del fin del mundo, sino porque tengo la convicción de que el humanismo, contrario al racismo, al antisemitismo y a las visiones sesgadas de la realidad como la propuesta del Orientalismo, es cada vez más una necesidad y su oportunidad está en la agudización de las contradicciones que son inherentes a este modo de producción capitalista y la búsqueda en estos tiempos tan nuevos para todos, de sociedades más libres, democráticas, integradas, participativas y en las que se pueda reconocer la historia humana, hecha por los humanos, sin excepciones. Aquello reemplazaría lo que Said denominó como una visión, esa suerte de categorización estática del conocimiento de lo oriental, que busca manipular, controlar y producir un Mundo Árabe de acuerdo a los intereses de las potencias; reemplazar digo, esta visión por una narración, en la que Said ve la historia en el reconocimiento de la perspectiva que la hace explícita, donde la dinámica desplaza lo estático y la heterogeneidad desdibuja los contornos de las historias contadas desde un panóptico[22]. Esta es una búsqueda mundana, y si hoy parece utópica puede ser por lo mismo, como diría Nietzsche, porque es humana, demasiado humana.

Notas


[1] Said, Edward, “Orientalismo”, Editorial Debate, Madrid, 2002, p. 21.
[2] Ver Ibíd., p. 22.
[3] Ibíd., p. 35.
[4] Said rescata el concepto de hegemonía graciano. La hegemonía de un grupo sobre otro implica supremacía, es decir, dominación y dirección intelectual y moral. Ver Gruppi, Luciano: “El concepto de hegemonía en Gramsci”, Ediciones de Cultura Popular, México 1978, pp. 7-24.
[5] Said, Edward, Orientalismo, op.cit., p. 333.
[6] Said, Edward, “El humanismo como resistencia” en Revista Letras Nº 105-106, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 2003, pp. 7-15. URL disponible en: http://sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtualData/publicaciones/letras/n105-106/a002.pdf. Consultado el 9 de abril de 2009.
[7] Herzl, Theodor, “El Estado Judío”, Organización Sionista – Departamento de la Juventud y del Jalutz, Jerusalén, 1960, pp. 39.
[8] Ibíd., p. 39-40.
[9] Said, Edward, “Orientalismo”, op. cit., p. 378.
[10] Ibíd., p. 43.
[11] Said, Edward, “Freud y los no europeos”, Global Rythm Press, Barcelona, 2005, p. 68.
[12] Said, Edward, “Orientalismo”, op. cit., p. 383.
[13] Finkelstein, Norman, “La industria del Holocausto”, Editorial Siglo XXI, Madrid, 2002, p. 33.
[14] Ver Wallerstein, Immanuel, “Crónica de un suicidio anunciado”, La Jornada de México, 7 de febrero de 2009, URL disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2009/02/07/index.php?section=opinion&article=021a1mun. Consultado el 9 de abril de 2009.
[15] Ver Amin, Samir, “Islam político y globalización imperialista”, Comité de Solidaridad con la Causa Árabe, 2001. URL disponible en: http://www.nodo50.org/csca/agenda2001/ny_11-09-01/amin_11-10-01.html. Consultado el 20 de abril de 2009.
[16] Freeman, Charles, citado en Dreyfuss, Robert, “El ‘lobby de Israel’: el caso Freeman es un tiro de advertencia a Obama…”. URL disponible en: http://aquevedo.wordpress.com/2009/03/20/el-%E2%80%9Clobby-de-israel%E2%80%9D-el-caso-freeman-es-un-tiro-de-advertencia-a-obama/. Consultado el 1 de abril de 2009.
[17] Al respecto, ver el interesante análisis del Laboratoire européen d’Anticipation Politique, “Israel 2020: 2 scenarios for the future Scenario 1: Towards the end of the State of Israel / Scenario 2: Towards a durable Israeli state”, URL disponible en: http://www.europe2020.org/spip.php?article584&lang=en. Consultado el 2 de abril de 2009.
[18] Fundacional es el período de 1897 a 1948, donde se consolida la idea de fundar un Estado judío. La etapa institucional va de 1948 hasta 1967, momento de integración del Estado de Israel a la comunidad internacional y de consolidación de una estructura jurídica interna. Etapa de crisis es aquella que va de 1967 hasta la actualidad. Luego de ocupados los Territorios Palestinos Israel se ve presionado por la comunidad internacional para fijar sus fronteras de manera definitiva, generando un replanteamiento de los intereses del sionismo en el concierto internacional y respecto a los propios judíos.
[19] Ver Nueva Sion Online. URL disponible en: http://nuevasion.com.ar/nota.asp?IDNoticia=0005668.
[20] Susceptible de ser manipulada por los medios, por supuesto.
[21] Ver AOL Noticias. URL disponible en: http://www.aol.es/noticias/story/La-mitad-de-los-jud%C3%ADos-israel%C3%ADes-no-quiere-%C3%A1rabes-en-sus-barrios-seg%C3%BAn-una-encuesta/4141124/index.html
[22] Sobre la diferencia entre visión y narración, ver Said, Edward, “Orientalismo”, op.cit., pp. 302-338.


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