miércoles, 16 de diciembre de 2009

La tragedia del poder

La gran tragedia humana es el no encontrar una salida al poder: somos producidos y productores; potencia y acto; libres de albedrío y determinados por un dios ejemplar (y ejemplificador). ¿Es necesario encontrar una salida a esta problemática? ¿O basta con dar cuenta de una historia, trabajar el presente y avizorar un futuro cuyo mismo sentido se encuentre en esta permanente tensión?

¿Qué poder es necesario para ligar definitivamente la estructura y el sujeto? ¿Cómo se llena el vacío que existe entre el movimiento y lo estático? ¿Simple desprendimiento a partir del motor inmóvil? Es ahí donde debe actuar la política, cuyo centro es el cuerpo, el cuerpo sacrificado en pos de la comunidad. La política siempre carga en sí con el sentido de la representación, es decir, con el volver a presentar. Ese presentar es pre-esencia, es decir, el movimiento completo que termina en la política como representatĭo. Ahora, ¿qué podría ser la esencia (ontológica) que se presenta (óntica) y se representa? ¿Puede ser el ejemplo en sí mismo, del cuál se desprende todo otro ejemplo? Es una posibilidad lingüística ciertamente interesante, en la medida en que sólo el ejemplo permite ligar lo universal y lo plural, lo categorial y lo individual. Es una tercera categoría de la que deviene necesariamente la norma. La representación es la posibilidad de administrar esa norma y solucionar políticamente la vida de los individuos y colectivos. ¿Podría pensarse en una política sin norma, sin ejemplo, o una comunidad que prescindiera de ambas?

Cuerpo sacrificado, comunidad, representación, política. He ahí cosas sobre las que debemos volver a pensar fuera de los templos.

Sandro Botticelli: Rebelión contra la Ley de Moisés, 1482.

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