viernes, 19 de marzo de 2010

El lenguaje como ausencia

Si el lenguaje es lo único que nos queda después de la muerte de Dios, también el lenguaje debe ser puesto en tela de juicio, hasta encontrar los restos de la acabada divinidad en él. ¿No es acaso el lenguaje el que porta en sí mismo la promesa? ¿No está en él la promesa misma de la ausencia de las cosas? Si cada cosa estuviese ante nuestros ojos bastaría señalarla, si cada ‘derecho de propiedad’ se encontrara amarrado a su ‘dueño’, no necesitaríamos una oración escrita ni una defensa permanente. Probablemente ni los animales pueden dudar que los ojos de otro forman parte de su mismo cuerpo.

El lenguaje, entonces, tiene siempre el carácter de articulador de la ausencia. De aquello que no es evidente y por lo tanto, en él debe encarnarse la promesa de una verdad. Pero en ese mismo tránsito cosa-ausencia-palabra debemos dar cuenta de una potencia del habla, que es capaz de re-crear las cosas permanentemente, dejando a la promesa del lenguaje en una interminable incapacidad de ser cumplida. Por allí se cuela lo innombrable, lo in-pensable, que finalmente sostiene y corroe permanentemente al propio lenguaje.

Corroer el lenguaje hasta hacer uso de él, sin promesa ni finalidad, es la tarea política de nuestro tiempo. O quizás del que viene.

Pieter Brueghel "el Viejo", La pequeña torre de Babel, 1563.

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