martes, 23 de marzo de 2010

Hebrón, Belén y el patrimonio de la muerte

Publicada en Revista Hoja de Ruta Nº 30 (www.hojaderuta.org)

En febrero de este año el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, tomó la decisión, en común acuerdo con el partido fundamentalista religioso Shas, de incluir dentro de los lugares patrimoniales del Estado judío dos sitios venerados por musulmanes y judíos: la Tumba de los Patriarcas en Hebrón y la Tumba de Raquel en Belén. En una declaración de prensa, Netanyahu afirmó que:

“En un período de creciente globalización y superficialidad estamos creando lugares donde se puedan juntar los padres y sus hijos para que los niños se acerquen más al pueblo, la tierra y la herencia judía y sionista”.[1]

La declaración del primer ministro tiene características reaccionarias, que saltan a la vista desde las primeras palabras. Israel, frente a la globalización y la superficialidad que esta conlleva decide rescatar lo ‘propio’, lo supuestamente ‘auténtico’ de la identidad judía y sionista. Cierto es que este tipo de declaraciones son parte de un contexto y no difieren mucho de las que han hecho líderes israelíes en los casi 62 años de existencia de este Estado. Sin embargo, estas declaraciones debemos cruzarlas con un hecho que había esperado hasta aquí para comentar: los sitios que Netanyahu declara parte de la ‘tierra y herencia judía y sionista’ y sobre los cuales el Estado de Israel declara propiedad patrimonial, son en realidad parte integral de los Territorios Ocupados Palestinos, que no se encuentran en disputa, sino que forman parte de un conjunto destinado a ser, según los Acuerdos de Oslo de 1993, parte del futuro, aunque ya casi improbable, Estado de Palestina.

La ciudad de Hebrón está habitada por cerca de 160.000 palestinos y más o menos 7.500 judíos, que viven en asentamientos colonizadores. En Belén la población palestina llega a 90.000 habitantes y se encuentra rodeada por asentamientos sionistas que son parte del programa de limpieza étnica que lleva a cabo Israel con los palestinos de este lugar desde 1967, cuando Cisjordania pasó de ser administrado por Jordania a manos del Estado sionista.

En otras palabras, declarar estos lugares como patrimonio del Estado e Israel (y ojo que no es patrimonio del judaísmo, caso en que los propios palestinos podrían administrarlo como tal como cualquier otro país del mundo) significa desconocer totalmente el derecho de los palestinos a vivir en ese territorio, porque la propuesta de Netanyahu es institucionalizar legalmente un estado de excepción ya existente en Hebrón y Belén, que tendría que velar porque la lógica del museo israelí no sea perturbada por sus propios habitantes.

‘El otro’, que Israel niega en su identidad y posibilidad de tener un patrimonio propio (porque todo patrimonio es israelí) queda a disposición de la violencia y en ese sentido es, como diría Agamben, homo sacer, porque está fuera de la comunidad, no es integrable dentro del sistema político y queda indeterminado[2] (ni adentro ni afuera de esta, pues el palestino no es ni israelí ni jordano), dispuesto para ser asesinado en la total impunidad. El palestino pasa así a ocupar el lugar del asechador, del ladrón, del asesino, que violenta una ‘propiedad privada’ israelí y bajo cuya normativa puede ser acabado en el acto como una forma de ‘defensa propia’.

Pero ‘el otro’ no es el de la periferia, como suele ocurrir en las ciudades occidentales que llevan adelante la misma lógica a través de la fragmentación de clase, sino que el otro, en este caso, es el propio habitante. En este sentido, llegamos en Palestina a un climax del paradigma biopolítico, en el cuál el museo y el campo de concentración son dos características que la política israelí asigna a la ciudad en sí misma. El museo, donde se reúnen los restos de aquello que alguna vez fue usado queda sacralizado frente a un espectador, prácticamente el único espectador de la ciudad, cuyo movimiento en cualquier dirección puede significar la profanación de ‘lo propio’ (la tierra y la herencia judía y sionista) de Israel.

El gueto, en su forma tradicionalmente opresiva todavía goza de una forma de valor de uso que le es propia que es la de habitar un lugar que el poder ha designado para el control y el sometimiento. Si pensábamos que esta forma de vida alcanzaba un grado de precariedad máxima, lo cierto es que Israel ha hecho posible su superación, al negar al gueto de Cisjordania su propio habitar. El uso, que de todas maneras es ilusorio como ocurre en cualquier museo, es reservado para el colono, que desde las afueras se aproxima a su ‘historia’. Este no ve los muros de hormigón, las cárceles secretas, los niños con piedras impotentes en las manos ni la sangre de quienes han sido eliminados para que él pueda entrar a su ‘sublime’ encuentro con su ‘pasado’.

Los palestinos quedan de esta manera bloqueados en el más mínimo movimiento, en la más mínima señal de hacer historia. La ciudad como cárcel, que ya era inherente al gueto, se aproxima brutalmente a la ciudad como campo de exterminio, mientras el palestino se transforma poco a poco de un nativo insurrecto hasta la imagen que Primo Levi identificaba, paradójicamente, con ‘el musulmán’ que es aquel que en sus últimos minutos de vida en el campo de exterminio es incapaz de moverse y de testimoniar. Su exterminio depende de su movimiento, de su osadía de profanar lo sagrado, o bien de hacer uso de la ciudad como lugar historizado y no puramente histórico.

Es en esta medida en que debemos comprender hoy a Palestina no como un símil de lo ocurrido en la Alemania Nazi con los judíos, sino más bien como el ejemplo que permite comprender la pervivencia del totalitarismo una vez que el nazismo ha sido derrotado. El sionismo se transforma así en la manera más aguda y representativa de aquellas prácticas totalitarias que perviven en todo el mundo, pero con distintos niveles de intensidad. En la medida en que el colonialismo ha devenido en limpieza étnica y control absoluto del movimiento de los palestinos, la referencia de lucha de los palestinos debe realizar un salto desde el anticolonialismo en su sentido clásico a una búsqueda frontal por una nueva política de la vida, en la que sea efectivamente posible vivir.

No es casual que se encuentre despertando en Palestina, fundamentalmente en Hebrón, una batalla campal entre las nuevas generaciones, fundamentalmente niños, y el ejército israelí. Los niños que lanzan piedras contra el ejército ocupante son aquellos que menos resignación tienen a dejar de hacer uso de los lugares en los que han vivido y jugado. Las nuevas generaciones, que ya no alcanzaron a escuchar el anacrónico discurso de Arafat o el de los corruptos miembros de la Autoridad Nacional Palestina, pueden aún poner en evidencia, como hicieron sus padres en 1987, la barbarie que está a la luz en las prácticas sacramentales del sionismo y que la comunidad internacional se niega a reconocer.

En nosotros, los que no estamos en Palestina, debe seguir estando la tarea fundamental de denunciar el horror y alumbrar aquellas prácticas que el sionismo intenta esconder bajo el manto de profundidad reaccionaria de la tradición y lo sagrado.

NOTAS

[1] BBC Mundo, 21 de febrero de 2010. URL disponible en: http://www.bbc.co.uk/mundo/internacional/2010/02/100221_1703_israel_cisjordania_sitios_sagrados_jaw.shtml. Consultado el 26 de febrero de 2010.

[2] Ver Agamben, Giorgio, Estado de excepción, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2005.

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