martes, 16 de marzo de 2010

Sobre De aeternitate mundi de Tomás de Aquino

¿Es posible que aquello que ha sido hecho, sea al mismo tiempo no precedido?, en otras palabras ¿Puede el efecto haber existido siempre? En De aeternitate mundi Tomás de Aquino se involucra con la demostración de que aquello no sólo es posible, sino necesario, y este es el fundamento de la eternidad del mundo en su relación con Dios.

Si bien el dios tomista siempre mantiene el dilema del movimiento como su propia imposibilidad, pues en el movimiento radica la destrucción (necesariamente un paso del ser al no-ser), la creación es fundamentalmente un acto instantáneo, es decir que ella se produce en un acto de voluntad (porque Dios es la causa agente voluntaria) no deliberativa. Lo creado queda ligado permanentemente a Dios, en la medida en que sólo éste produce aquello que existe y permanece en la misma media en que lo haga la divinidad.

Para Tomás por regla general se puede decir que la causa que produce su efecto instantáneamente no precede necesariamente a su efecto, lo que no es válido para aquello que causa efecto a través del movimiento, dado que el sólo inicio de un movimiento de la causa debe precede temporalmente al efecto. Si el movimiento siempre supone un antes y un después, la creación de Dios, según Tomás, no ocurre de ninguna manera en el tiempo. No hay en Dios, por tanto, un antes y un después, situación a la que también correspondería situar a su creación.

Ahora bien, si Dios es una causa completa, significa que nunca le ha faltado algo, luego lo causado por él sólo puede existir en la medida en que Dios también existe. De lo contrario se estaría afirmando que a Dios le faltó alguna vez algo, en este caso su efecto, cuando en realidad, según Tomás, la causalidad de Dios no tiene ningún tipo de resistencia de la materia, al no jugar con ella.

En este sentido, es posible decir que las cosas hechas por la causa agente existen en cuanto ‘efectos’ de ella y sin la cuál son nada. No puede en este caso, haber un ‘después’ entre la nada y algo. Esto significa fundamentalmente la eliminación de la potencia pasiva aristotélica para aquello que es ‘criatura’ o creación de Dios.

Si la potencia como posibilidad (posibilitas) es la presencia anterior de aquello que le conviene a algo en sí mismo, la criatura, en cambio, aparece abandonada a sí misma, debiendo su existencia a otro y siendo, en sí misma (en soledad), nada. Para ella, como para ningún otro ente, la diferencia entre ser y nada es directa y no mediada jamás por potencia alguna. La criatura, en este sentido no ha sido nunca nada, pues fue creada por Dios desde que este mismo existe, es decir, desde siempre, sin embargo, su contraparte sigue siendo la nada y no porque esta la haya precedido, sino porque nada sería si dejara de existir el acto puro. Aunque parezca confuso, la nada sí tiene una anterioridad a la criatura, pero esta no es una anterioridad temporal sino, como destaca José María Artola, es una anterioridad ‘de naturaleza’.

La eternidad del mundo parece posible en Tomás, y de hecho el texto es una búsqueda de su demostración, a pesar del ruido de los murmurantes anti-aristotélicos contra quienes está dirigido el escrito. Aquello no le da al mundo un carácter de similitud con Dios, sino más bien lo sitúa en su dependencia permanente de la existencia e inmutabilidad de la divinidad.

Sólo de esta manera, Tomás puede decir que Sic ergo patet quod in hoc quod dicitur aliquid esse factum a Deo et nunquam non fuiste, non est intellectus aliqua repugnantia (Así pues, resulta patente que al decir que algo está hecho por Dios y nunca dejó de existir, no hay repugnancia alguna del entendimiento).


Texto de referencia: Tomás de Aquino, Sobre la eternidad del mundo, Ediciones Encuentro, Madrid, 2002.


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