lunes, 5 de abril de 2010

La política del afuera. Contra la noción aristotélica del zoón politikón

¿Que significa que la política sea exterior al ser humano? Ante todo aquello implica dar un golpe político de doble contenido. En primer lugar, se rechaza con esta afirmación la idea de una esencia que le atañería al hombre. En segundo lugar, de manera relacionada con lo ya dicho, tal idea supone poner en jaque tanto los programas de dominación como de resistencia a que la modernidad nos ha tenido acostumbrados. En el primer caso, se rompe el nexo que une al hombre con su representación. El hombre no tiene nada que ceder a una esencia que es representada por otros hombres, que a su vez establecen de manera imperecedera un estado de excepción. Nada ata de manera natural a los hombres a las formas de poder que los dominan. Sin embargo, al mismo tiempo, no hay ética natural, ni menos algún curioso movimiento rectilíneo que vaya en la dirección de una emancipación.

La tradición, y con ella la reacción siempre apelarán a una esencia para explicar la humanidad, cuando esta en realidad sólo puede usar el mundo y lo que es distinto, según sea el caso, es mas bien la calidad de ese uso. El uso es siempre uso de algo exterior, de aquello que no es intrínseco. Lo que el capitalismo ha logrado muy bien es comprender que el uso puede ser expropiado y transformado en un producto posible de ser intercambiado. Así ocurre el espectáculo de nuestra vida, en la que todo uso es relegado a una experiencia imposible, acaso transportada a un pasado remoto en nuestra propia vida, la infancia. El psicoanálisis, en este sentido, no es más que el acomodo de una ciencia al servicio del poder.

De ahí que la vida en que el uso es verdaderamente posible es aquella en que no se busque lo inherente ni lo esencial, sino la vida que es capaz de tocar, profanar y desacralizar toda realidad externa. El uso, en este sentido, no es apropiación, sino hacer de algo algo común. Quizás comprender la política, el lenguaje y todo aquello que hemos considerado como esencial, mas bien como la prótesis necesaria para llevar adelante nuestras vidas, sea el primer punto a favor de un mundo que verdaderamente sea de todos y al mismo tiempo de nadie. Esa todavía debiera ser la tarea de un programa político abierto, cuyo esfuerzo sea hacer posible la vida como felicidad. Ya sabemos que esta no es inherente a nadie, el poder sin duda nos ha mostrado lo infelices que podemos ser en el mundo; sin embargo, la felicidad es el último espacio que nos puede convocar a hacer uso del mundo. Por eso siempre vemos a los niños felices, aunque muchas veces les frustremos desde muy pequeños sus expectativas de ser siempre niños.

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