jueves, 24 de junio de 2010

El velo de Occidente


Al hablar sobre Oriente los medios de comunicación masivos no dudan en destacar ciertas características que, desde el punto de vista orientalista, estarían pegadas a la piel de todos quienes habitan ese topos imaginario. Me parece que en los últimos años se han destacado fundamentalmente tres: la ausencia de democracia, el terrorismo y el hiyab (código de vestimenta que cubre parte del cuerpo femenino). Las dos primeras han merecido invasiones, amenazas y embargos por parte de las potencias económico-militares de Occidente; mientras que la tercera, el hiyab, ha tenido una repercusión en los propios países que creen defender una cierta tradición propia y que no dudan en llamar occidental.

Al enfrentarse al hiyab “en su propia casa” el Orientalismo asume una nueva posición defensiva que constantemente es representado como una amenaza. Basta con leer los textos de Oriana Falacci, las reacciones airadas de los partidos conservadores europeos (y la tibieza de los “progresistas”) que buscan prohibir todo aquello que guarde relación con el Islam. Y es en el hiyab donde Occidente cree encontrar una evidencia de la barbarie árabe e islámica, toda vez que el cuerpo femenino es recluido en el secreto, en la oscuridad de un traje que contrasta con la sexualidad ‘abierta’ de las mujeres occidentales.

En el hiyab se lee dominación sobre las mujeres y sometimiento de sus cuerpos. No sería, de ninguna manera, una tarea fácil desmentir aquello, por el contrario, mas bien me parece que a todas luces el hiyab es una imposición de una cultura marcada por el patriarcalismo tradicional y que evidentemente es sólo la cara exterior de una discriminación abierta que impide a las mujeres un estatus de igualdad con los hombres. La transhumancia femenina acordada en el matrimonio, el escaso derecho de propiedad de las mujeres, la violencia física y psicológica a la que están expuestas por su permanente dependencia, entre otros elementos, nos muestra que el hiyab es el cobertizo de esta situación.

Pero también es cierto que una cultura que se posiciona como ‘diferente’ a otra y que constantemente trata de mostrar la irracionalidad y barbarie de su concebida contraparte, suele mirar mucho la paja en el ojo ajeno y poco la viga en el propio. Y claro, en temas de desigualdad e inequidad de género sería bastante inútil ponernos a enumerar carencia y avances de uno y otro lado para llegar a un empate técnico. No se trata en absoluto de eso, sino más bien de comprender cómo dos sociedades han enfrentado las relaciones de género y, en su contacto permanente, han generado reacciones basadas en identidades imaginadas que en realidad están presentes en todos ellos. Y estas identidades, a su vez, se ven reforzadas precisamente por el contacto desigual entre los pueblos, de modo que para comprender el género en su versión ‘occidental’ y ‘oriental’ sería interesante intentar acercarse, al menos, a las relaciones políticas, económicas y culturales que se han dado a través de los últimos doscientos años entre ambos.

En primer lugar, sería bueno recordar que tanto el oriente islámico como el occidente cristiano provienen de una serie de raíces comunes, de espacios geográficos compartidos e intercambios permanentes en todos los ámbitos. El Islam nace en los márgenes del Imperio Bizantino y los países que conforman hoy este difuso concepto de árabes e islámicos son herederos de la ocupación griega y romana, precisamente aquellos imperios que Occidente considera elementos nucleares de su cultura actual. Asimismo, las distintas corrientes religiosas han tenido su lugar de disputa teológica precisamente en el mediterráneo, donde es posible apreciar con mayor fuerza el intercambio cultural permanente entre Oriente y Occidente. San Agustín y su visión influyente sobre la represión corporal, que tanto ha marcado a la cultura europea, no era precisamente un romano, sino un hijo de bereberes africanos que predicó y combatió las herejías cristianas desde su obispado en Hipona, es decir, en África.

Lo que pretendo decir con esto, por si pareciera que estoy evitando el tema de fondo, es que es imposible concebir el mundo mediterráneo antiguo y de la Edad Media sin reconocer un espacio de influencia marcado por los imperios que hoy dan sentido de pertenencia a Occidente. Y es en ese espacio donde se ejerció permanentemente un trato desigual entre hombres y mujeres, el que hoy Occidente trata de mostrar simplemente como un fenómeno del pasado y no como un sustento cultural que ha compartido con los árabes.

Ahora bien, perfectamente podríamos decir que esta desigualdad ha sido superada por Occidente, mientras que en los pueblos donde el Islam ha tenido mayor preponderancia se ha reforzado una relación de poder negativa entre hombres y mujeres. Pero esta es una visión simplista que oculta dos cosas fundamentales. La primera de ellas es que en Occidente las mujeres han logrado avanzar mucho en materia de igualdad de género, pero no lo suficiente como para tratar el problema como algo superado.

Muy por el contrario, si consideramos que uno de los aspectos fundamentales para poder afirmar que se han superado, en parte, las barreras de género es la representación política que alcanzan las mujeres en las sociedades occidentales (los que evidentemente son espacios de toma de decisiones) lo cierto es que las diferencias no son muy grandes en ningún lugar del mundo, salvo en los países escandinavos donde la representación parlamentaria femenina actual llega a cifras cercanas al 40%. Mientras que en Tunes y en Iraq las mujeres ocupan el 27,6% y el 25,2% respectivamente de los escaños de la Cámara Baja, en Francia e Italia las cifras son 18,9% y 21,3%[1] respectivamente. Sería apresurado sacar conclusiones generales a partir de un hecho puntual como este, pero también sería negligente obviar un dato tan relevante.

No quiero indicar con esto, de ninguna manera, que las mujeres musulmanas sean más libres ni que los derechos alcanzados por las mujeres occidentales sean una ilusión. Es evidente que el feminismo logró en Europa pasos de gran magnitud, pero también es bueno recordar que estas fueron luchas cuyos logros parciales se siguen enfrentando hasta nuestros días con el conservadurismo de la Iglesia Católica en los países donde ésta tiene todavía una influencia política. Por otra parte, la mayoría de estos logros ocurrieron durante el siglo XX, es decir, la mayoría tienen menos de cien años y forman parte del recuerdo reciente de las generaciones actuales.

Y esto se enlaza con el segundo elemento que quisiera destacar. Que la construcción de la desigualdad de género en Oriente está fuertemente marcada por el imperialismo contemporáneo y los logros obtenidos por el feminismo fueron encauzados por la industrialización, la conformación de movimientos obreros, el acceso universal a la educación, todos ellos fenómenos propios de un capitalismo que sólo se dio en Occidente, pues en Oriente adquirió características muy diferentes. Para el mundo árabe e islámico el capitalismo no solamente contenía como principio la venta de la fuerza de trabajo, sino que, al mismo tiempo, fue colonización.

Mientras los Estados occidentales explotaban el petróleo del Golfo Arábigo ocupaban militarmente a sus poblaciones, creaban dinastías reinantes que fuesen incapaces de discutir sus intereses en la zona y les daban, con el tiempo, una independencia que no alcanzaba para que pretendieran tener control de sus recursos naturales. Occidente y Oriente nunca estuvieron separados, sino que Occidente azoló Oriente y lo redujo a una provincia subdesarrollada. Mientras las monarquías de Europa perdían todo poder efectivo en la política y la democracia representativa era vista en Occidente como el único sistema viable de gobierno, estos mismos países protegieron las monarquías dictatoriales de todo el mundo islámico.

De ahí que en los países de Oriente hayan surgido movimientos sociales cuyo objetivo es reforzar la tradición frente a lo que ven como un peligro para sus pueblos, tal como los conservadores europeos miran con recelo a los inmigrantes africanos. La lucha contra el imperialismo occidental se afirma en determinados contextos en un retorno a la grandeza islámica y aquello es una mirada a la tradición, negando una concepción del mundo abierta como potencia y posibilidad, e incorporando la desigualdad de género como un bastión frente a una cultura Occidental que rápidamente pasó de la liberación del cuerpo a la venta masiva del cuerpo fragmentado de las mujeres. A propósito de aquello, una mujer musulmana planteó, no sin argumentos, que es más libre la mujer con velo que aquella sometida a la talla 36[2].

Fátima Mernissi ha tratado incluso de comprender el significado histórico del hiyab, que habría sido impulsado por el Corán para proteger a las mujeres de agresiones sexuales masculinas. Y claro, hoy debiera ser posible, bajo la misma lupa occidental que tiene como lente la diversidad, admitir el hiyab como una prenda más. Otros, desde el Islam plantean que “…existen mujeres que usan hiyab por creer que se trata de un requisito de su religión, o por afirmar la tradición, o como signo de su espiritualidad, o por imposición de sus familias, o como signo de su pertenencia a una comunidad, o simplemente por coquetería. O por otra cosa, o por todo ello al mismo tiempo”[3].

Efectivamente pueden existir múltiples razones por las cuáles alguien decide ponerse un determinado atuendo y difícilmente podría imaginarse un vestuario que se construya fuera de las relaciones de poder que le dan sentido y forma. Y es necesario comprender también la resistencia cultural que significa el hiyab frente a la opresión que han vivido los países islámicos por parte del Occidente capitalista. Muchas mujeres se cubren su cabeza por responder al llamado de la tradición a resistir y por supuesto, muchas también porque en sus familias las llaman a resistir.

Tanto Occidente como Oriente existen movimientos que buscan permanentemente reificar la realidad y combatir permanentemente todo aquello que consideran peligroso para su fórmula de identidad estática. Precisamente la fórmula Oriente-Occidente contiene ya en sí misma la rigidez de una visión tradicional. Aún el capitalismo, que impone como valor la novedad, constantemente obliga a regirse por sus propios cánones estéticos y, por supuesto políticos. Articular por tanto una resistencia capaz de romper con los patrones de la tradición sólo es posible cuando existe la potencia de usar o no usar el hiyab.


* Mauricio Amar es sociólogo, Magíster en Estudios de Género y Cultura de la Universidad de Chile.
NOTAS 

[1] Ver Unión Interparlamentaria, Women in Nacional Parliaments, URL disponible en: http://www.ipu.org/wmn-e/classif.htm. Consultado el 20 de mayo de 2010.

[2] Ver Web Islam. URL disponible en: http://www.webislam.com/?idt=16008. Consultado el 20 de mayo de 2010.

[3] Abdennur Prado, ¿Es el hiyab un símbolo de discriminación de la mujer?, en El País de España, 21 de abril de 2010. URL disponible en: http://www.elpais.com/articulo/opinion/hiyab/simbolo/discriminacion/mujer/elpepuopi/20100421elpepuopi_1/Tes. Consultado el 20 de mayo de 2010.




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