jueves, 3 de junio de 2010

La inmanencia de la vida


Constantemente la ciencia busca llegar al núcleo de los objetos (o sujetos) que busca descifrar. Acaso el gran fracaso de la ciencia sea no poder conformarse con la imposibilidad de conquistar lo impensable, lo que quizás en la teoría de Canghilhem se encuentra representado por el error. Lo impensable es aquello que articula toda la vida y que niega cualquier posibilidad a la norma de transformarse en un camino cercado.

Pero para la ciencia aquello no puede ser aceptable porque en vez del movimiento perpetuo del error busca constantemente la inamovilidad de la trascendencia. En otras palabras, reconocer la inmanencia, en su sentido más radical, que indica que la vida es en sí misma pura abertura, sería abandonar definitivamente la verdad científica, pero permitiría, seguramente, avanzar hacia la comprensión profunda y, menos mal, incompleta de nuestra existencia.

Entonces, como dijo Nietzsche, “temo que no nos libraremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática”. Sólo un gesto de descreimiento hacia la estructura metafísica que rige la ciencia podría ayudarnos a comprender que el último reducto del mundo es la inmanencia de la vida, vida ni singular ni plural como exige Deleuze, sino simplemente una vida (con su artículo indeterminado).

Se podría objetar que hay distintas formas de hacer ciencia, y que muchas de ellas no se limitan a una búsqueda de la verdad, sino a la búsqueda de la cotidianeidad, de la micro-realidad, fuera de los grandes discursos, pero ello no consiste necesariamente en una salida del formato clásico de la ciencia y cuando efectivamente lo es, todos sabemos como rápidamente se articulan los discursos de marginación. Quizás la lucha de las ciencias sociales por ser una “ciencia de verdad” tendrá siempre como lugar de batalla el lugar en el que la ciencia misma se encuentra con su umbral y tiende a su propia exterioridad. 

Cornelis Pietersz: El alquimista, 1663

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