jueves, 8 de julio de 2010

Cuerpo, arte y ciencias sociales. Reflexiones sobre lo irrepresentable

“Aquello que lo perdido exige no es ser recordado o complacido, sino permanecer en nosotros en tanto que olvidado, en tanto que perdido, y unicamente por esto, inolvidable”, Giorgio Agamben.
Las ciencias sociales parecen estar buscando permanentemente en otros lugares, fuera de su propio ámbito de trabajo concreto, que podríamos definir como la investigación, el análisis, pero sobre todo hoy la variabilización, la categorización y la explicación de lógicas, campos y sistemas, aquello que pareciera escapársele de las manos en cada segundo, la irracionalidad, lo no decible, lo intocable, o peor aún, aquello que es irrepresentable en las cosas que incluso podemos tocar. Entonces, la mirada científica, siempre más esforzada por conocer que comprender, se lanza en la búsqueda de aquellas cosas que cree indispensables para explicar el mundo, dentro de las cuales se encuentra, evidentemente, el cuerpo.
La danza es un lugar propicio para que la ciencia se acerque a aquello que no alcanza a explicar con las categorías. El cuerpo llegando a los límites de su propia representación, hasta los márgenes, y acaso traspasando los propios umbrales de lo que de él se espera, tanto en su elasticidad irreconocible o utópica, como en su puesta en escena, su representación de aquello que es la vida misma pero convulsionada, puesta en evidencia en sus riquezas y miserias por otro que reconocemos como un cuerpo propio que, entre escena y pirueta, nos da cuenta de lo irrepresentable del cuerpo, de aquello que los conceptos no habían entregado como dato.
Otro tanto ocurre con la música, cuya relación con la propia danza es de necesidad. En la música nos encontramos frente al colmo de la ciencia: la ausencia misma de conceptos. Y sin embargo, la ciencia escudriña en ella lo que espera que esta entregue. De esta relación de dominación, basada en la búsqueda de predecir todo, la propia música ha encontrado una estructura rígida, que le hace entregarse a la ciencia para ser penetrada por el análisis. Sin embargo, la música se ha revelado, ha resistido, enclaustrándose en la academia, alejándose de la manía del método científico para jugar en un mundo propio. Perdimos así la música para que esta pudiese seguir viviendo, pero su posibilidad de vida significará siempre la rabia de la ciencia, porque en la música se encuentra la concatenación de lo no discursivo, de lo que la categoría no puede expresar, porque si la expresara entonces le arrancaría su propio sentido.
¿No ocurre lo mismo acaso con las artes visuales? Cuando la ciencia recurre a ellas (y excluyo del epíteto de ciencia a la filosofía, por supuesto) espera siempre arrancar una representación del mundo, una mímesis descubierta sólo por el análisis sesudo de los sociólogos del arte, incapaces de convivir con aquello que es irrepresentable en sí mismo. De ahí que una y otra vez la pintura, la escultura, las instalaciones, busquen también aislarse en una puesta en escena críptica, captada sólo por sentidos impotentes de una representación acabada, o mejor dicho, fragmentaria al propio cuerpo imaginado en la metafísica occidental, desconectando los brazos del cerebro y el cerebro de sí mismo, o mejor dicho de la idea de sí mismo, que supuestamente debiera comprender algo del artista, representarse en él, o peor aún, conocer algo del mundo. ¡Arte enséñame qué es lo que yo no he podido captar de este mundo! Gritan los sociólogos perplejos ante lo inaccesible de nosotros mismos.
Y claro, por todo el arte contemporáneo aparece el cuerpo, con sus marcas cada vez más marcadas, con sus ropajes indigentes y los plásticos que ironizan con la vida de nuestro tiempo, que siempre busca la encapsulación, la reducción, el dominio. Pero cuando el arte es capaz de saltar fuera de la categoría, ni siquiera comprendemos que nuestro cuerpo está ahí, muchas veces gozando del placer y el éxtasis, otras muchas muriendo ante el amor o bien naciendo a la multiplicidad de la existencia. Pero claro, cuerpo, goce, placer, éxtasis, muerte, amor, multiplicidad y existencia son los conceptos problemáticos, esos que sabemos de antemano no podemos representar en conceptos más que de manera limitada y se los cedemos a los poetas para que los adornen, los transformen y los hagan parte de una obra de arte, es decir, que simulen una conceptualización para devolverles su irrepresentabilidad.
“Pero arte, muéstranos tus categorías, aquellas con las cuales trabajas, para poder ahondar más en aquello que nos interesa, para construir un método lo suficientemente eficaz y dar cuenta del mundo. Nuestra intención es interdisciplinaria, transdisciplinaria, queremos que tú, arte, participes en esta amplitud del conocimiento”. Tal podría ser una petición actual de la ciencia al arte, a todas luces razonable, pero atentatoria contra lo que el arte puede ser siempre: creación, impredicibilidad, praxis creativa que sólo puede comprenderse en el acto mismo, en su desbocamiento, en la ausencia de la esencia, porque la esencia es el lugar privilegiado del concepto.
Cada vez que nombro algo hago, al menos, tres acciones sobre ese algo: lo domino, lo cierro y lo hago trascendente. Quizás el dominio puede ser entendido como el último de los actos, consecuencia de los otros, sin embargo es aquel que está signado por la intencionalidad, es en torno al cuál planificamos medios de conquista. El vínculo entre imperialismo, colonialismo, conquista y conocimiento está a la vista de la ciencia, pero no así la comprensión de sí misma y del mundo que ésta crea con su dominio: el hombre de la técnica, el cuerpo y sus fragmentaciones representativas y, porqué no, las resistencias conceptuales y a-conceptuales que exhalan la rabia de los oprimidos.
El cierre que establece el concepto respecto a la cosa que nombra conduce inmediatamente a una trascendencia que suponemos inherente a ella. Nombro el cuerpo para referirme a un tipo de cuerpo, revoluciono el concepto y digo cuerpos, para referirme a varios tipos de cuerpos, cada uno igualmente segmentado en nuestra imaginación categorizante. Bergson había hecho hincapié en esta capacidad limitada de la razón para salir de los esquemas de pensamiento y por eso valoraba la intuición como otra forma de conocer. Pero es problemático, evidentemente, para las ciencias sociales, que siempre necesitan vestirse con los ropajes de las mal llamadas ciencias exactas, incluir en su análisis la intuición y el genio, dos asuntos que en el arte aparecen como elementales.
El problema mayor se encuentra en la ontología del lenguaje. ¿Podemos decir sin cerrar las cosas con nuestros conceptos? ¿Se puede aludir a las marcas del cuerpo, cuando en cada instante de la conceptualización la marca se vuelve otra cosa ya, quizás la marca misma o una rajadura o cualquier otra cosa? ¿No tiene la marca una historia incontable que simplemente descontamos al referirnos a ella como marca? La metafísica se cuela por el lenguaje de manera inevitable, nos estructura en la oración sujeto-predicado (o sujeto-objeto), nos coloca siempre ante la oposición de dos cosas a las que no queda otra alternativa que la amistad y la enemistad. Artaud comprendió aquello e intentó dar al teatro de la crueldad un contenido sin sujeto, sin un dios que dirige la obra, evidenciando también el dolor de su partida.
Entonces, ahora, en la desesperación de aprisionar y dominar este mismo texto, es momento de preguntarse no por las categorías que las artes pueden entregar para la comprensión de la realidad social, sino más bien por las problemáticas que el arte abre a lo social, a sabiendas de que un contacto muy cercano implica siempre la destrucción de la separación, el enlazamiento incestuoso. En el cuerpo deseante, en el conatus de la vida, se encuentra la posibilidad de ver, de sentir, de extasiarse, de morir y nacer mil veces, ahí donde las categorías no aplican o son indescriptibles, impronunciables, ahí el arte y la ciencia pueden juntarse para morir y dar vida a lo que aún no hemos conocido de ambos.


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