martes, 27 de julio de 2010

Lectura del libro II de La República de Platón. “La mentira como verdad y la verdad como mentira en la Tabula Rasa de la historia”


En la descripción que hace Platón del diálogo que mantiene Sócrates con Adimanto a fin de demostrar la relación que existe entre justicia y verdad, aparece con toda claridad la necesidad del olvido para la conformación de la nueva república.
El problema de los poetas para Platón es que éstos muestran a los dioses como seres débiles que cometen los mimos errores que los humanos, al tiempo que, sin embargo, aparecen de ejemplo para la propia actividad humana. En conversación con Adimanto, Sócrates plantea: “No quiero que se diga en presencia de un tirano joven que, cometiendo los más grandes crímenes y hasta vengándose cruelmente de su mismo padre por las injurias que de él hubiera recibido, no hace nada de extraordinario, ni nada de que los primeros y más grandes dioses no hayan dado el ejemplo”[1]. Podríamos interpretar aquello como una búsqueda de alejamiento de los dioses respecto a los hombres, en términos de convertirse en ideales morales inalcanzables, pero el Sócrates platónico busca precisamente intervenir la realidad con esta demanda, apuntando a refundar un nuevo tipo de sociedad en la que aparece con claridad el olvido de la historia.
Sería posible, desde su perspectiva, hacer Tabula rasa de lo hasta entonces conocido, pero al mismo tiempo esto sólo tiene posibilidad en la media en que exista la mentira, la cofradía y el secreto que unos pocos deben compartir hasta la muerte. Los pasionales, que jamás podrían resistir la mentira y el engaño, que son, sin duda los poetas, deben partir al exilio o bien ser reeducados para el silencio. Sócrates argumenta que “Si nuestro propósito es persuadirlos de que nunca la discordia ha reinado entre los ciudadanos de una misma república, ni puede reinar sin cometer un crimen, obliguemos a los poetas a no componer nada, y a los ancianos de uno y otro sexo a no referir a tales jóvenes nada que no tienda a este fin”[2].
Pero claro, Sócrates no es un poeta, ni busca ponerse en el lugar de estos, sino por el contrario, considera que su misión es la fundación de una república y la tarea principal de alguien que asume este rol no es la creación, sino la negación de la creación, esto es, la imposición de la norma. A los poetas se les debe decir sobre qué deben versar sus palabras, pero el versar es propio de los poetas y la legitimidad que estos tienen puede ser utilizada para mostrar la ‘verdad’, que claramente en Platón es lo opuesto a la injusticia. La representación de los dioses en un rol justo y bueno es tarea fundamental de la poesía de la nueva república. La maldad debe ser expulsada de los dioses, que en sí mismos no pueden contener algo exterior a la bondad.
Aquello no significa, de ningún modo que los dioses no puedan aparecer como castigadores, por el contrario, estos aleccionan en el deber a los ciudadanos infringiéndoles sanciones pero, dirá Platón: “Lo que no debe permitirse decir a ningún poeta, es que aquellos a quienes el dios castiga son desgraciados; digan en buena hora que los malos son dignos de compasión por la necesidad que han tenido del castigo, y que las penas, que el dios les envía, son un bien para ellos”. Parece difícil, bajo esta luz, no emparentar a Sócrates con una valoración del dolor y aceptación del destino que criticará luego Nietzsche en casi toda su obra, en fundamental referencia al cristianismo.
Pero en efecto, la creación de una república requiere, necesariamente, de una legitimidad que sustente su visión de mundo como conjunto. Y ninguna república, a su vez, puede carecer de una visión de mundo si, al menos, busca sustentarse en la cohesión de sus integrantes y algún tipo de respeto a la soberanía, resida esta donde sea. No nos interesa tanto el contenido que puede tener el discurso promovido desde el poder de la república, pero sí el hecho mismo de que sea necesario ese discurso. Ninguna nación ha carecido, en este, de un mito fundacional que le da sentido entre sus miembros y aún cuando el mito puede hacer referencia a diversos contenidos, existen elementos comunes a todos ellos que Platón nos ayuda a comprender a lo largo de la conversación de Sócrates en La República.
El mito fundacional de la nación estaría entonces vinculado fundamentalmente a:
Tabula rasa respecto a la historia humana. Hemos hecho mención a dos elementos supuestamente contrapuestos: la mentira y la verdad. Dijimos que la Tabula rasa sólo es posible a través de la mentira, pero al mimos tiempo, los dioses que sustenten una nueva verdad no pueden portarla en sí mismos. Es por ello que la segunda ley que Sócrates logra aprobar en la reflexión es aquella que “prohíbe hablar y escribir, respecto a los dioses, como si fueran encantadores, que toman diferentes formas y que intentan engañarnos con sus discursos y sus acciones”[3]. Sócrates prohíbe la mentira porque considera que existe una verdad original, inmutable, que ha sido desvirtuada por los poetas, por lo que rechaza que la reinstauración de esa verdad pueda portar en sí misma una mentira; de hecho la Ley se trasforma en el fundamento de la verdad para la nueva república y lo que había antes de ella queda escondido por un secreto, secreto que prohíbe en nombre de la verdad hablar como lo había hecho la tradición.
El quiebre con la tradición que promueve Sócrates, implica necesariamente el fin de un sistema de relaciones sociales y el comienzo de otro, siendo el primer sustento de una nueva forma de república la oscuridad de su pasado y la propia violencia con la que tiene que surgir la Ley.
Una nueva historia que en su origen contiene un secreto de cofradía. Esconder la verdad de la historia para proteger la verdad de los dioses es un gesto que no puede llevar a cabo un solo hombre. Se necesita un grupo de personas que porten con el secreto que esconde la nueva ley, aquello que se dejó atrás, un pasado oscuro en el que se podía presentar a los dioses como humanos, expuestos a cometer las mismas miserias que estos. Estas personas deberán guardar silencio o hablar a favor de la idea de los dioses como figuras de bondad y justicia.
Ahora bien, la idea ya mencionada de “obliguemos a los poetas a no componer nada, y a los ancianos de uno y otro sexo a no referir a tales jóvenes nada que no tienda a este fin” nos muestra que también el que porta el secreto de la ley debe ser obligado a hacerlo. De ahí que se puedan distinguir al menos tres tipos de personas en relación con la ley de la nueva república: los que sabiendo el secreto de su historia deben guardar silencio de manera obligada; los que los obligan, y, finalmente, los que nacen dentro de la ley y para quienes esta funciona efectivamente como una verdad indiscutible.
Los dos últimos grupos mencionados en realidad se ubican en extremos opuestos, mientras que en el medio de la relación se encuentran los que deben ser obligados, acaso los más peligrosos para el mantenimiento de la nueva república, no sólo porque conozcan la historia de la ley (y sin duda saber es poder), sino porque además podrían no estar de acuerdo con mantener ese secreto. De hecho el “obliguemos” se refiere precisamente a esa posición como algo posible. La legitimidad de la nueva república no puede dispensar de ganarse a los poetas, de controlarlos y/o movilizarlos en aras del nuevo orden.
No cabe duda de que hasta nuestros días son precisamente los poetas, los críticos y los sátiros quienes tienen la posibilidad de poner en cuestión la verdad de la ley y suelen ser tan peligrosos para el orden como fructíferos para él cuando logra arrastrarlos hacia la mera interpretación de la ley disfrazada de pensamiento crítico.
Valoración de lo poético al servicio de los intereses de la nueva república. La obligación impuesta por la ley socrática no implica sólo guardar el secreto, que al cabo de unas generaciones puede ser incluso innecesario, siempre y cuando la nueva verdad (que para Platón es ‘la verdad’) se convierta efectivamente en un principio ‘natural’, ‘normal’, ‘incambiable’ y que en último término descansa sobre una verdad inmutable.
Los dioses no pueden más que ser buenos dioses, pero como no tienen la posibilidad de hablar por ellos mismos y deben hacerlo solamente por quienes siempre habían hablado por ellos. Por ello Sócrates plantea: “…nuestra primera ley y nuestra primera regla tocante a los dioses, será obligar a nuestros ciudadanos a reconocer, lo mismo cuando hablen que cuando escriban, que el dios no es el autor de todas las cosas, sino sólo de las cosas buenas”. De esta manera Sócrates instala en la nueva república la figura del ‘servidor del régimen’, que en un inicio conoce la historia de la ley y luego, cuando ya es nato de la nueva república, se encargará de ensalzar los elementos que le permiten a esta perpetuarse en cuanto orden de cosas.
En la actualidad este rol es visible para todos en el nacionalista disfrazado de artista o de crítico social. A través de sus obras se refuerzan de manera constante los elementos cohesionadotes de la sociedad y generalmente lo que puede ser entendido como crítica en él es una valoración de lo vernáculo frente a lo extraño o designado arbitrariamente por el orden jurídico como peligroso.
Valoración del dolor. En el Libro I de la República, Sócrates habla con admiración respecto de Sófocles quién a sus largos años parecía contestar con satisfacción la renuncia natural que produce la vejez a los placeres de los sentidos. Sócrates dice textualmente:
“Encontrándome en cierta ocasión con el poeta Sófocles, como le preguntaran en mi presencia si la edad le permitía aún gozar de los placeres del amor: ‘El dios me libre –respondió-, ha largo tiempo que he sacudido el yugo de ese furioso y brutal tirano’. Entonces creí que decía la verdad, y la edad no me ha hecho mudar de opinión. La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad respecto de los sentidos”[4].
Si relacionamos esta posición de Sócrates respecto al cuerpo con la necesidad de mostrar las penas que sufren los ciudadanos, por los castigos de los dioses, como algo positivo, frente a lo cuál no queda más que estar agradecido, es posible deducir que en el texto de Platón la abstención de los placeres es un valor, pero además guarda relación con el sometimiento a un orden fundamental en el cuál los dioses son la verdad. ¿Qué verdad? La de la nueva república.
El dolor y el sometimiento físico, legitimados y naturalizados, son elementos fundantes de todo mito, en la medida en que el sometimiento implica el reconocimiento de una soberanía que tiene el derecho de ejercer la violencia. Cuando esa violencia es vertical, es decir, proviene del ejercicio mismo de la soberanía, es difícil legitimarla; pero cuando la violencia se encuentra vivida por el propio cuerpo de manera cotidiana, las posibilidades de legitimar la soberanía son mucho mayores. Por ello es necesario, para que exista soberanía, que el dolor que el soberano puede en potencia infringir al ciudadano se encuentre ya presente, en parte, en el ejercicio de la vida cotidiana, siendo la violencia soberana el punto máximo al que puede llegar la violencia cotidiana, distancia en la que el soberano puede, y debe, convertirse efectivamente en único.


[1] Platón, La República, Editorial Edaf, Madrid, 2006, pp. 95-96.
[2] Ibíd., p. 95.
[3] Ibíd., p. 102.
[4] Ibíd., p. 30.

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