jueves, 5 de agosto de 2010

Fantasma y cuerpo en el Manifiesto Comunista

El Manifiesto Comunista tiene un inicio bastante curioso que debemos considerar:
“Un espectro ronda por Europa, el espectro del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han aliado en santa cacería mayor para acorralar este espectro: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes”. [1]
Marx, para quién la materia es el punto de partida para la comprensión de lo social, inicia este texto nombrando al comunismo como aquello incorpóreo por excelencia: el fantasma que recorre Europa. Cierto es que lo que viaja a gran velocidad es un espíritu, imparable y cargado de la novedad revolucionaria, pero también como reminiscencia del pasado. El fantasma fue alguna vez algo vivo, algo corpóreo, que ha sido despojado de su materialidad por la muerte. El capitalismo ha asesinado a la sociedad feudal, a las antiguas formas de vida humana basadas en la jerarquía estamental, pero con ello también ha alienado al hombre de su experiencia en el mundo. Ahora, como un fantasma que quiere volver a encarnarse, el comunismo recorre el Viejo Continente, porque la alienación es masiva e intensiva, se cierne sobre la vida, sobre los cuerpos para automatizarlos, despojándolos de las relaciones basadas en lo común. No es Marx quien introduce un elemento metafísico a través del fantasma, sino que es el capitalismo el que ha convertido al capital en un fetiche sacro. El fantasma aparece, entonces como una figura de profanación, porque quiere restaurar el uso del mundo.


[1] Engels, Friedrich; Marx, Karl, Manifiesto comunista, Ediciones Folio, Barcelona, 2007, p. 7.

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