miércoles, 4 de agosto de 2010

Sionismo… un humanismo


Los últimos cinco siglos de historia han estado signados por el humanismo como propuesta teórica y sostén jurídico de la llamada civilización occidental. Su expansión a todos los rincones del planeta, proceso acelerado al término de la segunda guerra mundial, ha hecho que pocos puedan oponerse efectivamente a valores universales que el humanismo porta como estandarte bajo el rótulo de derechos humanos. Da la casualidad (obviamente no casual) que los efectos de la guerra fueron al mismo tiempo la consolidación de una carta fundamental de los derechos humanos y la expansión y potenciación de determinadas formas de humanismo, una de ellas, en supuesta oposición al nazismo, es el sionismo. Tras la creación de la Organización de Naciones Unidas en 1945, esta misma sentó las bases de la creación del Estado de Israel, a través de la partición de Palestina en 1947[1].

¿Pueden comprenderse ambos fenómenos como independientes? ¿Cuál es la relación entre el sionismo y los valores que se encuentran como trasfondo de las Naciones Unidas? ¿Se estaba promoviendo un humanismo al promover la colonización sionista de Palestina? Todas estas interrogantes podrían ser respondidas negativamente si tenemos en cuenta que Israel es el Estado con mayor cantidad de condenas por parte de la ONU, que la propia organización decidió hacerse cargo de los refugiados palestinos expulsados de su país tras la creación de Israel y que, además, en 1975 el propio derecho internacional decidió calificar al sionismo como una forma de racismo homóloga al Apartheid sudafricano.[2] 

A la luz de los hechos podría comprenderse a Israel como una pesada carga para el derecho internacional, un efecto no esperado del que ahora es necesario hacerse cargo sobre la base de los hechos consumados, ayudando a proteger como víctimas a quienes fueron los mayores damnificados de la partición y la creación del Estado sionista: los palestinos. Para ellos el humanismo adopta su contratara, el humanitarismo. Se podría objetar que el humanitarismo es una parte funcional del humanismo y no su contrario, sin embargo, quisiera tratar de explicar aquí, que el lado supuestamente contrario del humanismo, el racismo, es precisamente una consecuencia directa de él, mientras que el humanitarismo corresponde a una reformulación del humanismo en la que se han eliminado los sustentos ideales de éste, y sólo ha quedado la relación amo-esclavo, de la cuál hoy se hace cargo de vigilar la comunidad internacional. 

Por el contrario, el racismo es un elemento fundante del humanismo, al menos de aquél que dio cuerpo al sionismo y a los totalitarismos europeos de la primera mitad del siglo XX. Y es que el humanismo es indisociable de la cultura occidental que le da forma a través del colonialismo y el sometimiento de millones de seres humanos que debían ser ‘civilizados’. En el proceso de esa civilización, los distintos pueblos fueron siempre vistos como otro, que constantemente luchaba por caer dentro de la categoría de humano, para que también para aquél fuesen válidos los principios del humanismo. Theodor Herzl, padre del sionismo político planteaba en 1897, frente a la necesidad de crear un Estado para los judíos en Palestina que “…Para Europa formaríamos allí un Valais contra el Asia; estaríamos al servicio de los pueblos de avanzada de la cultura contra la barbarie”[3]. Su visión es evidentemente moderna, humanista, civilizadora. El otro es la barbarie, la que merece ser aniquilada o expulsada. Es de esa manera que el colonialismo ha dado origen a formas totalitarias de comprender el mundo, al mismo tiempo en que cargaba con la necesidad de darle un carácter positivo a sus ideales universalizantes, fuera del alero de la religión, pero imitando su concepción normativa, e incluso ampliando la fuerza de la norma a través de la extensión del derecho sobre la vida. 

Al mostrar a Asia, y en particular a Palestina, como el lugar de la barbarie, Herzl la despoja de su historia, como si en dos mil años, desde la expulsión de los judíos por el Imperio Romano, nada hubiese pasado en ese territorio, de manera que lo árabe es lo estático, mientras el elemento judío sería lo dinámico, potencia sólo conseguida después de una ‘occidentalización’ del judaísmo. Como dice Said, para los primeros sionistas Palestina era “un desierto vacío que esperaba que le llegara el momento de florecer”[4]. Y ese florecer está vinculado a un reforzamiento de la identidad judía bajo el alero del sionismo. La emancipación del judío es, bajo la óptica sionista, la emancipación de la humanidad, porque lo verdaderamente humano es la civilización que el judío representa frente al bárbaro. 

En el humanismo cada pueblo es ‘el pueblo’ y el otro es siempre visto como una amenaza. En el humanismo la concepción de pueblo se encuentra marcada por la idea de la raza y es ella la que le da identidad al punto de confundir incluso la relación entre nación y Estado. Y así, 

“...En el momento en que la vida de un pueblo, racialmente caracterizada, es asumida como el valor supremo que se debe conservar intacto en su constitución originaria o incluso como lo que hay que expandir más allá de sus confines, es obvio que la otra vida, la vida de los pueblos y de las otras razas, tiende a ser considerada un obstáculo para este proyecto y, por lo tanto, sacrificada a él”[5]. 

Quizás el punto de inflexión de esta relación con los palestinos, por parte de Israel, está reflejada en la frase que inmortalizó Golda Meier en 1969: “El pueblo palestino no existe... No es como si hubiéramos venido a expulsarlos y a ocupar su país. No existen”. Declarar la no existencia del otro es algo confuso si consideramos que la opinión pública mundial había presenciado al menos tres conflictos bélicos de envergadura para ese entonces en los que el centro del debate era la población de Palestina que había sido expulsada. Podría interpretarse la frase Meier como una estrategia política que busca desmoralizar a los palestinos que por ese entonces ni siquiera tenían hegemonía sobre su propia causa, sumergida en los demás liderazgos árabes, pero creo que lo más acertado es entender el contenido de su frase como una afirmación identitaria de los judíos que, desde su perspectiva, son los únicos que dan sentido, y por lo tanto existencia, a una nación en la tierra que disputaban. 

No es que el otro simplemente no existiera, sino que más bien, en la dialéctica del amo y el esclavo hegeliana, el otro había sido dominado y por tanto no reconocible en tanto humano, sino sólo como población, en el sentido que hoy lo comprende la biopolítica. Los palestinos que quedaron viviendo dentro de los límites de Israel son el mejor ejemplo de cómo se les pueden negar los derechos fundamentales a quienes se incorporan como “ciudadanos” de un Estado, utilizados para promocionar el carácter democrático de Israel, en cuanto Estado respetuoso de las “culturas”, pero al mismo tiempo vistos como un peligro constante, por este mismo Estado, toda vez que estos tengan la osadía de reivindicar identidades distintas como la palestina. 

Para Said “el establecimiento de Israel en un territorio no europeo consolidó políticamente la identidad judía en un Estado que adoptó posturas políticas y legales muy específicas para blindar esa identidad a todo lo que no fuera judío”[6]. Esta reflexión es sumamente relevante dado que, aunque contra la defensa de Said del humanismo, por cierto que la actitud sionista es la de proteger la identidad a través del derecho, la legalidad y, por supuesto, la defensa de ideales universales, acaso incontrarrestables como la democracia. Al plantear una y otra vez Israel que es la única democracia en Oriente Medio, sigue todavía exclamando que es la única zona humana de la región. Los demás pueden ser invadidos, siempre que su aliado Estados Unidos esté de acuerdo. 

Israel es, sin embargo, un caso especial. El título de este texto contiene un artículo indeterminado antes del la palabra humanismo porque no puede asimilarse la experiencia mundial a la de Israel, sin embargo Israel cumple una función vital para la pervivencia del orden mundial tal cuál es en nuestros días. De alguna manera Israel ha logrado convertirse en un ‘crisol de culturas’ al mismo tiempo que un proyecto de exterminio y limpieza étnica. La unidad de la identidad judía se articula en torno al fin de la ‘diáspora’, de los pogromos, de los ghettos, por lo que es el lugar de la libertad, de la realización, del encuentro pleno de la tradición con la modernidad. Israel es el lugar en que se origina la humanidad misma y el mundo entero le rinde pleitesía por su unificación perfecta entre el poder soberano y el poder divino (el pueblo elegido en la tierra prometida). Para su realización era necesario decretar a otro como no humano, pero como nadie puede ser no humano en la modernidad, entonces, debe aparecer la contratara del humanismo, o más bien el rostro de su fracaso, el humanitarismo. 

Entonces lo que se articula en Palestina es una situación doble. Por una parte, el humanismo llega a su clímax, que no es otro que el paso, como lo ha entendido Esposito, de la biopolítica a la tanatopolítica, de la política sobre la vida a una producción incesante de muerte, del florecimiento del desierto al arrasamiento de los olivos. El caso de Israel es especial, porque no siendo igual al resto del planeta, ejemplifica al orden mundial. En Israel queda asentada la pervivencia del totalitarismo, el mismo que dio muerte a millones de judíos en la segunda guerra, pero que hoy es personificado por sus descendientes (por supuesto no todos), los mismos que terminaron por creer firmemente en la necesidad de un espacio vital y en un pueblo elegido. 

El paradigma de seguridad de Israel, que constantemente ve el peligro en el otro es un principio básico del totalitarismo moderno, definido por Agamben como “la instauración, a través del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”[7]. 

En otras palabras, si el humanismo decimonónico termino por convertirse, a través de la contraposición entre civilización y barbarie, en la maquinaria de muerte liderada por el totalitarismo en el siglo XX, el sionismo aparece como la posibilidad de perpetuar el proyecto totalitario a través del experimento biopolítico de Palestina. Pero como paradigma triunfante, ha logrado también extenderse a todo el mundo contemporáneo y de ahí que de Palestina podamos no sólo comprender una realidad particular, sino que es donde el derecho internacional permite la legalidad del genocidio, al tiempo que lo critica y lo combate con la caridad a los ‘pobres palestinos’. Es decir, en Palestina el derecho internacional se agota porque pone en juego todos sus elementos, desnudando su permisividad y protección a la tanatopolítica y evidenciando que sólo puede dar las esperanzas propias del humanitarismo. El problema central, en este sentido, es que los propios palestinos sólo avizoran como horizonte de lucha el derecho internacional, cuando en realidad parece ser éste el mayor de sus problemas.

NOTAS 

[1] Ver Resolución 181, Futuro gobierno de Palestina, Asamblea General de Naciones Unidas. URL disponible en: http://www.cinu.org.mx/biblioteca/documentos/palestina/ares181.htm. Consultado el 12 de julio de 2010.

[2] Ver Resolución 3379, Eliminación de todas las formas de racismo, Asamblea General de Naciones Unidas. URL disponible en: http://www.cinu.org.mx/biblioteca/documentos/palestina/ares3379.htm. Consultado el 12 de julio de 2010. En la resolución puede leerse: “that the racist regime in occupied Palestine and the racist regimes in Zimbabwe and South Africa have a common imperialist origin, forming a whole and having the same racist structure and being organically linked in their policy aimed at repression of the dignity and integrity of the human being”.

[3] Herzl, Theodor, “El Estado Judío”, Organización Sionista – Departamento de la Juventud y del Jalutz, Jerusalén, 1960, pp. 39-40.

[4] Said, Edward, Orientalismo, Editorial Debate, Madrid, 2002, p. 378.

[5] Esposito, Roberto, Biopolítica y filosofía, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2006, p. 5.

[6] Said, Edward, “Freud y los no europeos”, Global Rythm Press, Barcelona, 2005, p. 68.

[7] Agamben, Giorgio, Estado de excepción, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2005, p. 25.

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