miércoles, 29 de septiembre de 2010

Bab-el

Lo que es Dios es la cosa misma, la posibilidad de superar la tensión dialéctica entre unidad y multiplicidad, identidad y diferencia. Por ello debemos tener en cuenta que cuando queremos eliminar a Dios de todo análisis, cosa siempre tan satisfactoria, debemos abocarnos a aquello que representa para nosotros, como especie, el lugar mismo en que es posible pensar la cosa misma, es decir, el logos/lenguaje.

Como bien indica Agamben, sólo existe una construcción lingüística capaz de superar la tensión entre lo uno y lo múltiple y aquella es el ejemplo. En efecto, a través de él podemos establecer que lo que es válido para uno puede serlo también para otros. Sólo a partir del ejemplo es posible, asimismo, dar paso a la norma y luego a la ley.

Entonces, podríamos decir que Dios es el ejemplo en sí mismo, aquel ejemplo de ejemplos que el hombre ha buscado incansablemente a través del logos. Pero aquel ejemplo de ejemplos es el límite de la propia posibilidad de ejemplificar, el lugar último al que puede (o no puede) acceder el lenguaje, es decir, la comprensión de su propia decibilidad.

La búsqueda más épica del hombre por alcanzar este límite se encuentra narrada en el mito de la Torre de Babel, donde el objetivo último es llegar al cielo, a la cosa misma, a Dios. Quizás más que la torre lo verdaderamente significativo sea el propio nombre de la ciudad en que ésta se construía. Babel (de Bab=puerta, El=Dios) es el lugar de la apertura humana hacia sí mismo, es la puerta al lugar borde del lenguaje. Por ello, el castigo divino que se cernió sobre los hombres de todo el mundo fue la condena a vivir en la diferencia, en el distanciamiento del lenguaje convertido en lengua.

Dios opera así como fantasma del lenguaje. Fantasma que opera subterráneamente para recordarnos, y hacernos olvidar, la posibilidad de acceder a la decibilidad. La obra de Brueghel en la que la Torre de Babel aparece humeante y destruida en su parte superior, refleja con certeza la acción caprichosa de ese Dios que abre una guerra defensiva contra quienes buscaban la verdad en la palabra misma, es decir, en la posibilidad última de nombrar a Dios.

Pieter Brueghuel el Viejo: La pequeña torre de Babel, 1563.

No hay comentarios: