miércoles, 6 de octubre de 2010

La burla

Ciertamente que la burla es uno de los gestos más actualizados. Las distintas guerras montadas en países con mayoría de musulmanes (Irak, Afganistán), las cárceles secretas (como Guantánamo) o los lugares en que se hace efectivo el régimen de Apartheid, como Palestina, sumadas al hecho de que gracias a los medios de comunicación contemporáneos cualquiera puede hacer valer su condición de cuerpo existente sobre la tierra (aún cuando a poca gente le resulte relevante), por cierto que la histórica burla hacia el otro, el enemigo, se convierte en un asunto de debate.

La burla no anula la existencia del otro, aún cuando las políticas oficiales de tortura y asesinato de los Estados en guerra o en ocupación buscan sumir la existencia del enemigo en la más completa oscuridad, la burla pone en evidencia la existencia de ese otro, degradado a una condición mínima, violentado, expuesto. La vida desnuda es posible de ser apreciada por las “redes sociales”, los canales de televisión, los canales de videos gratuitos operados por sus propios usuarios, etc.

En la burla el otro existe como caricatura, como simulacro de la identidad alegada, pero por eso mismo su identidad se refuerza y se vuelve cuerpo desnudo contra el poder. Su condición de caricatura genera risa, morbo y placer, canalizando el deseo de la identidad burlona. La burla, sin embargo, siempre esconde el miedo, que es parte de todo deseo. El miedo del otro, que en tanto no tiene nada que perder asoma en cada risotada la posibilidad de su potencia de resistir.

En el siguiente video un soldado israelí baila una danza árabe frente a una mujer palestina atada, vendada y cubierta. Su cuerpo se encuentra ataviado completamente y por ello mismo desnudo frente al poder. El baile del soldado es lo que ella no puede hacer; él lo hace por ella, escenificando así la caricatura que se ha formado sobre su cuerpo. Pero le teme, le teme a su impenetrabilidad, a su coraje, a un cuerpo que diga lo que diga y haga lo que haga, se resiste a ser utilizado. El soldado es patético, porque es imagen viva del gigantesco miedo que el poder siempre tiene hacia quién busca invisibilizar, y que pese a todo no consigue hacerlo jamás. Frente al cuerpo en potencia de quienes resisten, al soldado sólo le queda bailar y jugar como un bufón, cuyo principal sentido es relajar la tensión de los músculos tiesos del miedo.

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