lunes, 6 de diciembre de 2010

Pensar el cuerpo

¿Desde donde debemos pensar el cuerpo? ¿Desde la política, el derecho, la técnica? ¿Desde lo sagrado o lo profano? Pensar el cuerpo desde una cosa otra resulta siempre una búsqueda por la trascendencia, y precisamente el cuerpo es todo lo contrario, es decir, es pura inmanencia. ¿Impide esto pensar en las resistencias posibles del cuerpo? Por cierto que no, siempre que esas resistencias sean llevadas a cabo por prótesis adecuadas a aquello que el cuerpo se enfrenta. Técnica, derecho y política son lugares en los que vemos al cuerpo encerrado, encarcelado, porque al no haber más que inmanencia, sólo le queda al poder encerrar al cuerpo para consolidar la soberanía.

Un cuerpo como superficie de inscripción de los hechos también tiene su conatus, su resistencia constitutiva y esfuerzo por seguir formando parte de lo viviente. Aquello no significa que al cuerpo se le pueda aplicar una trascendencia basada en la resistencia, sino que el cuerpo puede, si existe en él la voluntad necesaria, pertrecharse de los elementos necesarios para hacer frente al poder.

No hay por tanto un desde donde pensar el cuerpo. Aquella pregunta implica ya siempre una idea de trascendencia y vuelve toda resistencia ingenua. Los cuerpos pueden abrirse camino a partir de sí mismos, de su finitud, de su existencia más cierta y material. El mundo proteico, es lugar de constitución de todo cuerpo y es en él, en tanto prótesis, que los cuerpos pueden transformarse en resistentes.

Pensar el cuerpo desde sí mismo, desde su pura inmanencia, es algo que ya ha consumado el propio poder, aún cuando sus múltiples disfraces busquen engañarnos con algún concepto trascendente (democracia, libertad). Es hora que busquemos en esa misma inmanencia las posibilidades ciertas de una resistencia. La certeza de la dominación actual no debe ser impedimento para pensar en la potencia de los cuerpos, si son precisamente aquellos lo único que nos queda.

Marcel Duchamp, Etant Donnés.

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