viernes, 28 de enero de 2011

Egipto en las calles

Desde 1981 Egipto mantiene un “legal” estado de excepción, decretado tras la muerte de Anwar Al Saadat. Lo que hoy vemos es la emergencia del verdadero estado de excepción que no es otro que la suspensión de la realidad cotidiana en la que la excepción es la regla. Suspender el estado de excepción fundado en el derecho/dictadura para buscar desligar la relación entre violencia y derecho es la tarea política más relevante de nuestros tiempos.

El dictador Mubarak busca frenar las protestas contra su gobierno cortando los servicios de Internet, es decir, ampliando el estado de excepción hacia aquellos rincones en los que éste había sido vulnerado, penetrado por la praxis de la libertad.

Mucho se habla de qué pasará, de cómo se canalizarán las protestas en Túnez, Egipto y Yemen. Por cierto que en estos países las fuerzas islamistas opositoras a los regímenes corruptos son muy potentes y pueden aprovechar la oportunidad para re-sacralizar la política. Pero al menos las protestas no comenzaron desde ellos, sino del pueblo, de los más oprimidos, de aquellos a quienes ya no les convence una supuesta verdad eterna en los países árabes, a saber, que la mera vida es suficiente, que no se puede aspirar a una vida justa, porque antes de ella la palabra de Dios, el profeta y el caudillo de turno deben permanecer inamovibles.

El momento actual es el momento de la ruptura con cierta verdad impuesta. Es el instante en que el ángel de Klee, que fascinó a Benjamin, mira el pasado y descubre en un segundo el cúmulo de la historia que no es otra que la historia de los oprimidos. La libertad ya se encuentra incubada como la potencia del pueblo y puede caer pronto, de tomar fuerza la opción religiosa, en el exceso jacobino de la violencia del derecho. En tal caso, la libertad quedará sólo en el recuerdo de la revolución. Nadie podrá castigar a un pueblo oprimido por siglos al caer en tal condición, mal que mal sería el resultado más común que ha obtenido la humanidad de las revoluciones.
Sin embargo, en el momento actual nada de ello ha ocurrido y, más bien, la potencia de la libertad parece asomarse en el estar-en-común de los árabes, en su mirada al pasado-presente-futuro de la comunidad. Estos son los instantes que la humanidad debe atesorar por siempre, como el vestigio más importante de algo que podemos llamar dignidad. Los pueblos de Egipto, Libia, Túnez, Yemen, Jordania, Siria y Bahrein han querido remover su historia (que no es lo mismo que entrar en la historia según una lógica occidental), que de ninguna manera es entrar en Occidente, sino precisamente romper las cadenas que el imperialismo occidental había fijado a las manos y cabezas de sus gentes, como lo ha hecho con todos los demás pueblos.

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