miércoles, 2 de febrero de 2011

Lenguaje y experiencia

La experiencia es el lugar del hombre en el mundo. ¿Puede ser expropiada? Si estamos de acuerdo en que el hombre es el animal que utiliza el lenguaje como su herramienta fundamental, por cierto, debemos entonces comprender a la experiencia como un suceso lingüístico. Lo lingüístico, sin embargo, no debe ser comprendido como un suceso exterior a lo que entendemos como cuerpo, pues el cuerpo es el que internalizar el lenguaje y lo reformula a través del habla. La experiencia, aún así, no puede ser reducida al nexo entre lenguaje y habla, y ni siquiera al umbral de indefinición que existe entre ambas, sino que debe ser comprendida a partir de la exterioridad, la abertura hacia el mundo en que lengua y habla habitan.

El capitalismo se ha configurado, en este sentido, como la experiencia de la no-experiencia, es decir, de la ausencia del vínculo entre lenguaje y mundo como forma fundamental de experienciar el mundo. Es así que el reconocimiento de nuestra producción en el mundo se hace inaccesible por su fragmentación (como bien lo sabía Marx) y aquella no es otra que la fragmentación del lenguaje-en-el-mundo.

Wittgenstein decía, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Precisamente allí, en el lenguaje, se configura el a priori histórico de la verdad de nuestra época, tal como lo entendió Foucault. El límite que nos impone no es simplemente una incapacidad de crear a través del habla, sino, por cierto, de afirmar la vida como tal. Aquello ya resonaba en Nietzsche como una potencia del capitalismo y que la entrega total de la experiencia a la máquina ha llevado a su extremo más agudo. 

Audé Gutiérrez: Carrusel. Fuente: Arte al Límite

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