miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cuatro minutos, treinta y tres segundos

La obra de John Cage 4' 33'', que dicho sea de paso es una pieza de juventud del autor estadounidense, debe ser comprendida como un anticipo de nuestros tiempos. No sólo es una oda al silencio con dos aristas: revela el mutismo que en nuestra época le corresponde a toda obra de arte ahogada en los patrones estéticos burgueses; al mismo tiempo es un grito de silencio en medio de la vorágine capitalista, del ruido industrial y la incapacidad de callar de humanos que sólo ven en la comunicación un bien de intercambio. Hay en efecto un sentido más relevante que concierne a nuestra época más que a ninguna: la inoperosidad. En un recinto estructurado, dotado de sentido para la escucha de la música docta, al que asiste un público que aparentemente busca escapar precisamente del 'ruido del mundo' para deleitarse o admirarse con la estética musical, Cage le entrega al trabajador un arma desarticuladora del sentido y con ello, convierte al músico en un revolucionario. Sólo el músico, capaz de tocar una pieza puede en efecto no tocarla, así como sólo el compositor que compone la pieza puede decidir que ella sea un silencio. Toda la pieza adquiere pleno sentido si dedicamos su no-ejecución a escuchar al público incapaz de mantener el silencio durante 4'33''. La inoperosidad y el despilfarro desarticulan el sentido de la obra burguesa, pero tan importante como aquello es, además, que descubren el velo que tapaba la miseria del espectáculo capitalista.


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