martes, 18 de octubre de 2011

Imagen

Jasper Johns, The Target, 1955.

Si hiciéramos una comparación entre las distintas épocas en las que la humanidad se ha comprendido a sí misma como ‘dando un salto’, aquellos momentos en los que todo pareciera cambiar para siempre, deberíamos asegurar con nuestro relato un papel asignado a la imaginación. Así mismo, los momentos de declive de las culturas, su estancamiento o descomposición están determinados por una suerte de grado cero de la imaginación. ¿Cómo puede ser que la imaginación se vaya de lo humano, si es precisamente su condición de posibilidad? Todo proyecto imaginativo siempre tiende a crear esquemas, estructuras en los que el creador se criaturiza, abandonando en la certeza de las instituciones aquello que le es más propio.

Ahora bien, en nuestro tiempo la imagen es entregada al cálculo y al aparato tecnológico. Atrapada nuestra imagen en una pantalla sólo se produce la experiencia en el exterior de lo humano. Ninguna época había privado concientemente a los humanos de las imágenes y por tanto de la imaginación misma. La sociedad del espectáculo en que vivimos es inseparable de una biopolítica de la imaginación. Tanto como el humanismo y su lógica obrante, deben responder por su rol de verdugos de la imagen.

Sin imagen del mundo más que aquella depositada por el espectáculo, los humanos no pueden más que vivir siempre en la pornografía, en aquel lugar en el que vemos todo sin poder tocar nada.

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