martes, 18 de octubre de 2011

‘Un pueblo como los demás’. Sobre la petición palestina en la ONU


Publicado en Hoja de Ruta N° 38

La Organización de Naciones Unidas (ONU) se encuentra discutiendo en estos días un proyecto presentado por el actual presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, cuya aprobación implicaría la inclusión dentro del organismo internacional de Palestina como un Estado con plenos derechos. Frente a la idea de un Estado palestino se han pronunciado diversas voces, casi siempre tomando partido por una de las dos alternativas, o bien la aprobación o el rechazo. Una tercera crítica, intermedia, muestra la inviabilidad de un Estado palestino ocupado militarmente por Israel, fragmentado en bantustanes, invadido por asentamientos de colonos armados y protegidos por el ejército, descompuesto en dos territorios con diferentes características administrativas y formas de control por parte del Estado sionista (Cisjordania ocupada y Gaza bloqueada). Quienes están a favor del Estado palestino dirán desde ya que tal reconocimiento supone un paso fundamental para terminar en el corto o mediano plazo con esta terrible situación de limpieza étnica en diversas formas. En contra, se podría argumentar que la creación de un Estado bajo esta lógica bien podría no sólo agudizar las condiciones de vida de los palestinos, por parte del ocupante, sino también sostener sobre bases jurídicas más fuertes el actual status quo, en el que la ANP lejos de ser la entidad capaz de velar por la vida de los palestinos se ha convertido en una vicaría de la ocupación sionista.


Teniendo esto en consideración y tratando de no evitar esta discusión en ningún momento, porque, a fin de cuentas, es quizás la más relevante que podamos llevar a cabo sobre la situación de Palestina, quisiera argumentar a favor de la petición de los palestinos para que Palestina sea reconocida como un Estado con igualdad de derechos a los miembros plenos de la ONU. En primer lugar, es necesario decir que la ONU es una organización anacrónica, cuyo Consejo de Seguridad obedece a un orden mundial colapsado. ¿Por qué, entonces, los palestinos deben acudir a este organismo para ser reconocidos? ¿No es este gesto de la dirigencia palestina, acaso, enmarcar la lucha palestina en el reconocimiento a este orden a todas luces injusto? Efectivamente. Y es que los dirigentes palestinos nunca han llevado a cabo una resistencia que busque poner en jaque el orden internacional, a diferencia del pueblo palestino, que por medio de la Intifada develó la persistencia del fascismo bajo formas diversas como el sionismo, y así mismo, permitió comprender cómo la propia ONU admitía en su seno a un Estado que violando todas sus resoluciones y sin tener siquiera fronteras definidas podía ser parte del espectáculo de la política mundial.

Pero, ¿podemos pedirle a los palestinos que no quieran ser un Estado como los demás? Esta es, evidentemente una pregunta sumamente limitada y provocadora a la vez, pues es un argumento conocido de los palestinos este “como los demás”. Digo limitada, porque efectivamente los palestinos no son, ni por lejos, el único pueblo que no tiene un Estado y dado el contexto de las múltiples migraciones por motivos políticos y económicos de la periferia hacia el centro capitalista mundial, lo cierto es que cada vez son más aquellos individuos que no tienen un Estado. Por lo tanto, mucho más que un Estado, lo que se debe exigir hoy es la evaluación de todos los Estados, de la estructura estatal, del poder Estatal y del marco conceptual y normativo en el que aparece un Estado.

Ahora bien, el “como los demás” no es tampoco un engaño y es quizás -y en esto quiero basar mi argumento fundamental para apoyar un Estado palestino- la mayor fortaleza de la pretensión palestina frente al exclusivismo sionista. En 1983, en un artículo para la Revue d’études palestiniennes, el filósofo Guilles Deleuze, en un elogio a un movimiento que por entonces era conducido por Yasser Arafat y que por medio de la Organización para la Liberación de Palestina ponía ya en cuestión los fundamentos democráticos de Israel, decía: “A la fórmula orgullosa de Israel (Nosotros no somos un pueblo como los demás) ha respondido siempre el grito palestino, invocado en el primer número de la Revue d’études palestiniennes: somos un pueblo como los demás, no queremos ser otra cosa...”. En efecto, el no querer ser otra cosa que un pueblo como los demás no tendría porqué comportar como causa y efecto el razonamiento ‘queremos o necesitamos un Estado’. Precisamente, los pueblos ponen en constante contradicción la lógica de los Estados, al ser aquello que en última instancia es irrepresentable por ellos, inalcanzable y siempre visto con recelo. Más aún, podríamos incluso decir que los Estados sólo pueden aspirar a ser tales en la medida en que el pueblo desaparece y es absorbido por la nación, dejando como resto aquello que la jerga actual denomina despectivamente ‘pueblo’ lo que implica no sólo no ser ‘como los demás’, sino precisamente ‘no como los demás’, es decir, excluido como la clase pobre dentro del Estado.

Pero entendiendo el sentido político de la cita palestina de Deleuze, no podemos dejar de atender al hecho de que en la legalidad internacional actual el Estado es la máxima aspiración de un pueblo y aquello es precisamente porque nuestra época es, todavía, la época del Estado nacional moderno (por cierto en franca decadencia e incapacidad frente al gobierno económico del mundo que lo desborda por todos lados) y en él se juega toda posibilidad de ser ‘respetado’. Participar, como un Estado más, permite acceder en plenitud al imaginado contrato social en el que los hombres dejan de ser lobos y pasan a ser parte de la civilización. Cuando los palestinos piden que no se les tache de terroristas (lobos) –como bien sabemos que ha buscado deslegitimar su lucha el poder israelí y estadounidense- porque son mas bien un pueblo que vive bajo ocupación militar extranjera, sus exclamaciones caen en el vacío y la necesidad de contar con un traductor europeo (que sí sea parte de la civilización) que defienda, en su nombre, algo sobre lo cuál ya éste mismo tiene intereses creados, quedando, por lo demás, a merced de la caridad y el humanitarismo condicionado.

Ahora bien, por todos es sabido que el anacronismo mencionado del Consejo de Seguridad hará que la tentativa palestina fracase ante el ya anunciado veto de Estados Unidos. Por cierto, esta imposibilidad de llegar a ser un Estado, este fracaso anticipado por parte de los palestinos, puede ser entendido también como la mayor de sus fortalezas políticas. El gesto palestino de buscar ser un estado a sabiendas que no llegará a serlo, es fundamentalmente un desarticulador del sistema político internacional. Los dirigentes palestinos ni siquiera han tenido que convencer a Estados Unidos de que no vete su petición, pues los propios norteamericanos han atiborrado las oficinas de la ANP para impedir que sea presentado este proyecto. ¿Qué es lo que teme Estados Unidos de los palestinos? ¿no bastaría un veto, que por lo demás ha llevado a cabo cientos de veces en su búsqueda de inmunizar a Israel de cualquier sanción? ¿Por qué esta vez fueron los propios estadounidenses los que se desplazaron a Ramallah a pedirle formalmente a Abbas que no realizara este gesto? Explicaciones insípidas como el entorpecimiento del proceso de paz (muerto desde su nacimiento) o la negativa a las decisiones unilaterales (todos recordamos que Sharon se retiró unilateralmente de Gaza con claros fines estratégicos) francamente no pasan de ser discurso del stablishment internacional.

El verdadero gesto político de presentar la petición es develar con toda claridad la composición de un organismo absolutamente controlado por las potencias de la posguerra. Precisamente cuando ese modelo se agota a ojos de todos, los palestinos lo desarticulan y lo exponen en su plena injusticia. Participando del espectáculo de la ONU, exigiendo en sus propios términos lo que es inaceptable para el poder, los palestinos dan cuenta, una vez más, de la capacidad que siguen teniendo para ser el abejorro en el oído de los poderosos.

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