lunes, 23 de enero de 2012

Boicot a Israel

Se ha debatido mucho en torno a la pertinencia de llevara a cabo un boicot contra Israel, sobre todo cuando éste incluye un boicot académico y cultural. Quizás son los intelectuales los que más se ven complicados cuando son invitados a conferencias o cursos en Israel en los cuáles muchas veces participan israelíes no sionistas y capaces de llevar a cabo una crítica interna a Israel. Esta razonable duda se la planteó Jacques Rancière frente a una reciente invitación de la Universidad de Tel Aviv

En una primera instancia el pensador que más ha abogado en el último tiempo por una redefinición de la política que ponga en cuestión la lógica del consenso y de la policía, aceptó participar, sin embargo, frente a una misiva realizada por quienes defienden el boicot Rancière decidió anular la conferencia. En una confusa nota pide disculpas por ausentarse de la cita planteando que si bien no está de acuerdo con sancionar a todos los ciudadanos de Israel sin consideración de su posición respecto a las políticas adoptadas por este Estado, el tema mismo pareciera no haberlo meditado con la debida detención.

La honestidad de Rancière es un gesto político en sí mismo, que debemos exigir a todo intelectual comprometido. El hecho de no poder responder satisfactoriamente simplemente refleja la desconexión entre el pensamiento político contemporáneo y la situación de los palestinos, sobre quienes se reflexiona la mayoría de las veces tomando en consideración la justicia de su lucha nacional, desde sus propias capacidades de resistencia y no desde aquello a lo que estamos convocados todos. El boicot, en este sentido, representa una oportunidad concreta por medio de la cuál se puede expresar el malestar contra la pervivencia del fascismo en el mundo.

Un análisis de la situación en Palestina no debe desligarse de las políticas policíacas de Estados Unidos en el mundo, ni de la propia situación europea que a fin de cuentas destruyó el fascismo para hacerlo pervivir en la forma de Israel. Pero este no es un simple desplazamiento territorial, sino más bien la expansión de la lógica fascista a una mayor porción del mundo.

Nuestra tarea, por tanto, sigue siendo pensar Palestina como un paradigma del control sobre la vida actual. El boicot, en este sentido, representa una manera de desconexión, de no consumo, de corte y freno a la continuidad causal que impone el orden imperante.

Si hoy más que nunca la política ha de decidirse sobre el terreno abierto por el pensamiento, nuestra única posibilidad es la desconexión con el pensamiento de la violencia mítica.




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