martes, 17 de abril de 2012

Sobre la imaginación en un texto de Agamben


Pocos lugares en la obra de Agamben ofrecen mejores consideraciones acerca del estatuto de la imaginación como la glosa Fantasía y experiencia que sigue al segundo acápite del primer capítulo de Infancia e historia. El filósofo muestra estupefacción frente al trastorno que ha sufrido la imaginación en nuestra época; y se enfrenta en su defensa nada menos que a la tradición moderna que ha situado al cogito como conocedor sin intermediarios de la naturaleza. Agamben hace notar que la imaginación ha significado para la tradición antigua el médium por excelencia entre sentido e intelecto. Esto significa nada menos que equiparar, dice Agamben, la imaginación a aquello que hoy constituye conceptualmente la experiencia. 

Que la imaginación sea la experiencia, significa que es, en última instancia, el habitar mismo del humano. La formula tomista “nada puede pensar el hombre sin fantasmas” [nihil potest homo intelligere sine phantasmate]1, muestra con precisión que si la experiencia singular del humano es la de sobrevivir pensando la condición de posibilidad de todo pensar es la imaginación. Por eso Agamben se cuida de decir que la imaginación ha desaparecido o se ha perdido, pues ¿puede acaso el humano ser humano sin imaginación? más bien la experiencia parece encontrarse en una adecuación a un nuevo medio en el que la imaginación ha sido desacreditada, ubicada en el lugar de lo imposible. 

La denuncia, entonces, no es a una desaparición de la experiencia, sino a la conformación de una imagen de ella en la que su capacidad de mediación queda anulada por el cogito cartesiano. Como sabemos, para Descartes los sentidos pueden ser fuente de engaños, mientras la única certeza posible se encuentra en el pensamiento. La imaginación se ve arrastrada por una res cogitans que conoce directamente la res extensa. Por el contrario, la imaginación aristotélica no puede remitirse a una simple disposición mental, a una forma de conocer que difiera del conocimiento verdadero en cuanto es  lugar de la ilusión. La imaginación en Aristóteles es precisamente la condición de posibilidad de cualquier conocimiento, y eso supone la coincidencia, como señala Agamben, entre lo subjetivo y lo objetivo, lo interno y lo externo, lo sensible y lo inteligible.

Es precisamente esta operación moderna (pero también desarrollada en el pensamiento medieval) de situar la imaginación en el lugar de una forma de pensamiento erróneo diferente al conocimiento de la verdad la que sitúa a la imaginación como el lugar de la alienación mental y la aparente incapacidad de experienciar de manera auténtica. De ahí que pensamientos de diverso tipo, incluso aparentemente opuestos, se dirijan siempre hacia la razón auténtica como el lugar perdido que la modernidad prometió, pero que ha extraviado en el camino. De ahí también el error de pensar la posibilidad de la alienación, que es un estar fuera de la subjetividad. La paradoja de la modernidad es precisamente que en la medida en que se constituye el cogito como una certeza definitoria de lo humano, su peligro de perdición es tan constante como su afirmación. En este sentido, la experiencia queda siempre en el lugar de una meta inalcanzable, pero que define lo humano como tal, es decir, la imagen de una experiencia o imaginación separada del mundo, abre inevitablemente las puertas al nihilismo.





Texto de referencia: Agamben, G., Infancia e historia, trad., Mattoni, S., Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2007, pp.25-27.

NOTA1 que ya se encontraba en el propio Aristóteles cuando aclaraba que “el alma jamás intelige sin el concurso de una imagen” [διὸ οὐδέποτε νοεῖ ἄνευ φαντάσματος ἡ ψυχή], (De Anima III, 7, 431a16-17 ).

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