lunes, 25 de marzo de 2013

La primavera árabe. Espectáculo y profanación en la nueva realidad mundial

En Hoja de Ruta N° 42

El 17 de marzo se cumplieron dos años y tres meses desde que el joven tunecino Mohamed Bouazizi se quemara a lo bonzo en la ciudad de Sidi Bouzid, hecho que dio inicio a lo que ya Wikipedia denomina “Revolución tunecina”, que en su momento fue llamada revuelta porque, al parecer la palabra revolución estaba reservada para otros, o porque a fin de cuentas lo que se esperaba era el derrocamiento de un dictador y no la transformación significativa de las relaciones de producción vigentes, lugar en el que el concepto de revolución había quedado anclado en el siglo XX.

Cuando el asunto se extendió a otros países de la región, especialmente a Egipto, aparecieron nuevos calificativos, siendo quizás el más aceptado por la prensa el de “primavera árabe”, denominación muy interesante, porque buscaba recordar no la lucha contra el capitalismo y la explotación del mundo árabe comandada por Estados Unidos, que, sin ir más lejos mantiene su presencia militar en Irak hasta hoy, sino la búsqueda de los checos en 1968 por desembarazarse del régimen soviético, es decir, del que actualmente es un muerto que sin embargo camina con los zapatos del propio capitalismo. Como el año de la primavera de Praga coincide con las enormes manifestaciones de mayo en Francia y Alemania, cuyos efectos en nuestros días se sienten más como ampliación del liberalismo cultural que como una transformación profunda de los regímenes políticos, también fue posible una cierta comparación con este fenómeno.

Posiblemente toda esta búsqueda por definir lo que ocurría en las calles árabes, se deba a que en parte esto no era explicable para la prensa occidental. Para ésta los árabes habían permanecido por décadas dormidos bajo el poder de líderes que detentaban un poder absoluto. La Hermandad Musulmana no entraba en los análisis políticos porque parecía completamente fuera del espectro político. Se encontraba más bien incrustada en la genealogía del terrorismo, ese conjunto de organizaciones con rostro árabe, que había sido declarado por George W. Bush como el principal enemigo de Estados Unidos, lo que, como sabemos fue un eufemismo para crear enemigos verdaderos, posibles de ser invadidos y controlados sus recursos naturales. Eso no evitó que los más realistas pensaran de inmediato en la Hermandad Musulmana cuando vieron las calles del Cairo repletas de manifestantes. Ahí aparecía su oportunidad, ellos debían ser quienes estaban detrás del movimiento de los que habían permanecido inmóviles por tantas décadas. Y sin embargo, los descendientes de Hassan al Banna y Sayyid Qutub no aparecieron hasta mucho más tarde, cuando precisamente el movimiento debía ser ya frenado en pos del retorno a la estabilidad política. Parecía que la Hermandad se había preocupado más de pensar en el ejercicio del poder que en crear las condiciones para una revuelta ciudadana, que, para los medios, inexplicablemente no tenía un tinte marcadamente religioso.

El uso de tecnologías por parte de los árabes parecía una cosa asombrosa. Convocar a marchas por Twitter o Facebook los enlazaba, para el análisis especializado de Occidente, con el anhelo de libertad capitalista. Las nuevas “redes sociales” parecían entonces confirmar que los árabes se habían despegado de la familia y habían pasado a ser sujetos. Buscaban una ciudadanía “plena”, lo que no podía significar en los medios más que la búsqueda por unirse al gran mercado mundial del consumo y las responsabilidades individuales. Esta idea se extendió aún más cuando las protestas se hicieron notoriamente irreversibles y ningún apoyo a Mubarak podría ser bien visto, ni siquiera el que explícitamente realizó Shimon Peres, presidente de Israel .

El fin de la historia, la imposición de un mercado mundial incuestionable y la conformación de democracias legítimas, fórmula que tanto crédito intelectual le había dado a Francis Fukuyama, parecía a la vuelta de la esquina, haciendo caso omiso, por supuesto de un modelo económico derrumbado precisamente en Occidente. Los árabes, que habían sido “buenos nativos” durante los últimos cien años se transforman así en redentores de Occidente, confirmación de que la crisis es sólo una crisis y no un derrumbe, o en otras palabras, como decía Fukuyama años antes, el capitalismo sólo se enfrentaría a problemas pero no a contradicciones .

Pero las transformaciones en el Mundo Árabe pueden ser leídas con una vista un poco más aguzada, más allá de que cualquier lectura que emane desde nuestra realidad debe enfrentar ciertos escollos de comprensión, cuya propia exposición puede ayudar, en parte, a mitigar sus efectos. Un punto de apertura a una nueva lectura puede ser el indicar las oposiciones conceptuales que debemos enfrentar. En primer lugar, acerca de la idea extendida de que esta es una búsqueda ciudadana por integrar a los países árabes dentro del mundo democrático-capitalista occidental, se debe al menos dudar de su alcance. Hosni Mubarak no fue un enemigo de Estados Unidos ni de Israel. Por el contrario, fue considerado un aliado de la Casa Blanca y defendido hasta el final por el Estado judío. A tal punto estaban de amorosas las relaciones entre Estados Unidos y el dictador que la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró en 2009 que Mubarak era un amigo de ella y de su familia . Si esto parece algo muy personal, se puede mencionar que el propio presidente Barak Obama lo declaró un “aliado incondicional en muchos aspectos a los Estados Unidos” y que “ha sido una fuerza para la estabilidad en la región” . ¿Por qué se opondrían los jóvenes egipcios a un régimen que cuenta con un respaldo de este tipo por parte de Estados Unidos, y que, además, ha permitido la estabilidad de toda una región? ¿No será que ahí se encuentra precisamente el problema? Sería ridículo argumentar que en vez de Estados Unidos y la paz, los egipcios querían a la Hermandad Musulmana y la guerra, que sería la oposición de pares que Estados Unidos e Israel buscan instaurar. Más bien debemos cuestionar qué significa para los egipcios el status quo que los norteamericanos llaman estabilidad y cuál es la relación tan violenta que se atribuye a los Hermanos Musulmanes, hoy en plena gestión del gobierno de Egipto.

En el primer caso, un antecedente importante es la ayuda militar que Estados Unidos brindaba al régimen de Mubarak. Se calcula que esta ascendía a 250 mil millones de dólares, a los que se debía sumar 1.300 millones más en ayuda militar . Esto convertía a Egipto en el segundo país –después de Israel, por supuesto- con mayor recepción de “ayuda” económica por parte de Estados Unidos. Por su juego en el orden estadounidense en la región, los presidentes estadounidenses de turno estaban incluso dispuestos a obviar las violaciones a los Derechos Humanos ampliamente documentadas en Egipto. El informe de Amnistía Internacional de 2008, por ejemplo, atestiguaba que en este país había “alrededor de 18.000 personas seguían recluidas sin cargos ni juicio por orden del ministro del Interior en virtud de la Ley del Estado de Excepción”  , y asimismo, veinte personas habían muerto en 2007 producto de torturas en centros de detención. La ley de Estado de Excepción mencionada se encontraba vigente desde 1981, es decir, desde hacía 30 años la vida bajo excepción en Egipto era la regla. No hubo mención de esta situación por parte de Obama en su visita a la Universidad del Cairo en 2009, cuando quiso dirigirse a todo el “mundo islámico” para proponer un nuevo trato y, al mismo tiempo, exigir un compromiso con los intereses nacionales de Estados Unidos, fundamentalmente en la “guerra contra el terrorismo” .

Probablemente los más agudos sabían que Obama ponía una cara amistosa a los árabes desde un país históricamente relevante en la región para continuar con las políticas de control norteamericano por otras vías. Acaso los mismos egipcios lo tenían perfectamente claro y el inicio de las protestas tenía tanto de antiestadounidense como la elección de Morsi en 2012. Hoy, cuando las protestas en Egipto comienzan a masificarse nuevamente, se puede apreciar que la Hermandad Musulmana no representó nunca el movimiento de la revuelta, sino que encarnó el rechazo a Mubarak en un contexto político diferente al de la Plaza Tahrir. El movimiento, como tal, no podía ser representado por ningún candidato que estuviera dispuesto a jugar institucionalmente. En ese sentido, las protestas egipcias, como las de todas las que se dieron e países árabes, representan una forma de violencia pura, que no funda ni conserva derecho, sino que lo disuelve . Acaso esta forma de violencia, que relevó Benjamin, sea la única capaz de oponerse realmente al estado de excepción convertido en regla  y a la vida desnuda que bajo su suspensión se produce.

Que los árabes estén siguiendo los pasos de Occidente es algo bastante discutible, entonces, si por Occidente se entiende a las grandes potencias sumergidas en democracias donde, como dirá Agamben, se repite constantemente la necesidad de un cambio, pero “los que lo repiten son sobre todo los políticos y los periódicos que quieren orientar el cambio de manera que nada, en definitiva, se altere” . En este sentido, los indignados españoles parecen haberse inspirado en las protestas árabes y no al revés.

De igual forma, respecto a la pretensión de que los árabes se han occidentalizado por el uso de las llamadas redes sociales, pareciera que la prensa occidental concibe a los medios como fines en sí mismos. Los medios serían otro recurso, además del terrorismo, por medio del cuál los árabes son puestos en movimiento frente a su histórica postración en señal de rezo. Edward Said, hacia el final de Orientalismo analiza el símbolo que T. H. Lawrence representa para la mirada occidental sobre los árabes. Dice:

“El gran drama de la obra de Lawrence reside en que simboliza la batalla que se libra en primer lugar para estimular a Oriente (sin vida, sin tiempo, sin fuerza) al movimiento; en segundo lugar, para imponer sobre ese movimiento una forma esencialmente occidental, y en tercer lugar, para mantener a ese Oriente nuevo y resurgido dentro de una visión personal cuyo modo retrospectivo incluye un poderoso sentimiento de fracaso y traición” .

Twitter y Facebook son para Occidente los Lawrence de Arabia contemporáneos, los motores occidentales a partir de los cuáles Oriente se pone en movimiento rectilíneo uniformemente acelerado hacia Occidente, donde puede ser, finalmente, todo entendido, estudiado y controlado, ya no de un modo militar –aunque sea indispensable aquello llegada la ocasión- sino de forma gubernamental, estadística o probabilística. Se esperará con un 95% de confianza que una mayor inserción de las tecnologías de la información en los estancados árabes, generará un mayor nivel de cercanía de éstos con ciertos valores que los gobiernos y los medios creen propios, la democracia entre ellos. Si fracasa el movimiento, la razón será inevitablemente que los árabes no habían aprendido la lección completamente, que sus aspiraciones no se condicen con el desarrollo político de sus movimientos sociales, o, en otras palabras, que no alcanzaron a comprender el mensaje movilizador de Lawrence. Por eso lo árabe no alcanza a ser revolucionario, sino sólo revoltoso.

Por el contrario, si nos fijamos en los casos particulares en los que sí ha habido intervención de Estados Unidos o Europa, como ocurrió en Libia y Siria, nos encontramos con que Occidente, en realidad, es la pieza clave para que la revuelta se transforme en una guerra civil, con miles de muertos. Por cierto que inmersa en algo que podríamos llamar mundo árabe, Siria se vio también revolucionada por lo que ocurrió en Egipto, y la verdad es que el régimen de Al Assad tiene bastantes similitudes al de Mubarak. La particularidad siria realmente residía en su articulación con Irán, y la relación no dócil que el gobierno tenía con Estados Unidos e Israel. La revuelta se convirtió en un pretexto velado para intervenir de forma indirecta y las consecuencias fueron letales toda vez que Al Assad y las propias tropas sirias no tenían el temor a quitar la vida de sus compatriotas como sí ocurrió en un determinado momento de algidez en Egipto. La guerra civil, en este sentido, no debe ser reducida a los que ven de un lado la simple intervención de Estados Unidos y de otra la sanguinaria represión de Al Assad sobre los sirios rebeldes. Debe comprenderse, más bien, como la puesta en juego de un conflicto entre un Estado represivo y la ciudadanía que es real y bastante parecido al caso egipcio, pero que por las particularidades geopolíticas del país, tuvo una intromisión de un tercer actor, Estados Unidos, que bloqueó de modo irreversible lo que conocimos como la primavera árabe. Es evidente que el recibir ayuda militar por parte de una potencia compromete a los actores en sus fines y no sólo en sus medios, y todo indica, según la prensa –que ahora uso como aliada a falta de conocimiento directo- que así ha sido, si no a la totalidad de los sectores rebeldes, al menos a una parte de ellos .

La otra muestra de la presencia directa de las potencias occidentales es Irak, un país desmembrado, con escaso poder sobre sus recursos naturales, y con una presencia militar estadounidense que al comienzo prometía la libertad y la democracia, lo que fue transformado, a través de los años, por la promesa de que se retirarán las tropas. ¿Qué han ganado los árabes con la intervención militar de Estados Unidos? Probablemente varios años de entrampamiento político y violencia. Para tener una idea de lo que significa la invasión estadounidense para la política y la vida social iraquí, el Instituto para la Economía y la Paz, que es estadounidense, ha mostrado en un informe que el 35% de los 104.000 ataques calificados de “terroristas” en todo el mundo entre 2002 y 2011 se produjeron en Afganistán e Irak, los dos países donde Estados Unidos mantiene hasta hoy tropas militares y ejerce, consecuentemente un fuerte control político. Irak lidera, en todo caso el índice mundial de terrorismo con 1.228 actos calificados de este tipo .

La democracia de la plaza Tahrir no es, por tanto, la democracia estadounidense, pero aceptar aquello tendría consecuencias catastróficas para todas las llamadas democracias liberales. Esto es lo que entendieron los indignados españoles y los manifestantes griegos, pero el punto decisivo es, a mi parecer, la imposibilidad de traducir la violencia divina en un “proyecto” político. Ni españoles ni egipcios terminaron siendo representados en las urnas, porque traducir las demandas de un movimiento cuyo principal factor de éxito es la heterogeneidad que le constituye, significa transformar aquella multiplicidad en un camino demasiado trazado. En 1935, en un momento en que era inconcebible la acción política sin una determinación ideológica que condicionara sus fines, Walter Benjamin se refirió a los antiguos levantamientos de trabajadores, evidenciando su desgracia: la ausencia de una teoría de la revolución que les indicara el camino a seguir. Sin embargo, aclara luego, “esto mismo es la condición para la fuerza inmediata y para el entusiasmo con que emprenden la construcción de una nueva sociedad” .

Es posible, que los árabes adolezcan de un camino a seguir, y muy probablemente esto signifique la derrota política en el espacio institucional. Eso es necesario de tener en cuenta si lo que se quiere es sacar cálculos respecto a que va a pasar hoy. A obtener ese dato se ha acostumbrado la sociedad del espectáculo. Pero la dignidad de la Plaza Tahrir es probablemente un hecho menos que espectacular, aunque la captura de las cámaras haga pensar lo contrario. Más bien como un gesto anti-espectacular, los árabes se tomaron los espacios que el Estado de excepción les tenía vedados. Lo que se aparece como una imagen inapropiable, pero al mismo tiempo constitutiva de la identidad del Pueblo, es ahora transformada por el pueblo en lugar de uso.

Que la plaza se haya llamado Tahrir, es decir, Libertad, parece bajo la excepción una paradoja que los manifestantes disuelven ocupándola y haciendo caso omiso de la prohibición de juntarse en espacios públicos. Asimismo, como recordó Rodrigo Karmy en 2011, al estallar las revueltas en El Cairo uno de los lugares “afectados” fue el museo de la ciudad, saqueado en febrero de ese año. El símbolo de lo intocable, como es el museo, se ve profanado en un gesto que, creo, no se borra simplemente con un llamado a elecciones para que todo vuelva a la normalidad. El lugar físico y delimitado espacialmente llamado museo, se había convertido en los últimos siglos, en el paradigma del espacio público egipcio. Intocable, inmóvil, tradicional, patrimonial, misterioso –y por tanto impenetrable-, objeto de codicia por parte de los extranjeros, saqueado en varias oportunidades, al punto que buena parte de él se encuentra capturado por las potencias. Contra ello se revelaron los egipcios, no para «hacer historia», como dirá cualquier documento de la prensa internacional, sino para hacer tabula rasa sobre la historia, para construir sobre las ruinas que se mostraban falsamente como un pasado glorioso.

Las revueltas árabes son parte de una verdadera transformación del mundo, no sólo del espacio geopolítico de los árabes, sino de la forma en que la humanidad ha de empezar a preguntarse por la política. La emergencia de un paradigma como el de las democracias liberales, que con el tiempo se ha convertido en un espacio cerrado, a partir del cuál todo enunciado que busque ponerlo en cuestión es desechado por irracional, comienza a visualizar la grieta por la cuál pueden entrar formas completamente diferentes de entender la vida, la relación de ésta con el derecho y la soberanía. En este sentido, Egipto no representa simplemente una revuelta, sino un cambio de época que no puede desligarse del declive económico –pero aun no militar- de Estados Unidos, la emergencia de nuevos polos político-económicos, y la inesperada revitalización de la política como asunto de las personas y no simplemente del soberano.

Si efectivamente nos encontramos ante la enorme dificultad que plantea la no articulación de proyectos políticos definidos, al mismo tiempo, debemos rescatar que la incertidumbre goza del estatus de la potencia. Frente a la captura de la vida por parte del derecho y el gobierno, así como también frente a la museificación de la vida y de la memoria, los movimientos no levantan estatuas, sino que las derriban, y no como la de Saddam Hussein que fue un espectáculo apropiado por los vencedores, sino en el silencio, en la síncopa que el tiempo del progreso occidental ha despachado simplemente como lo “sin tiempo”. En ese intersticio, la potencia aparece sin destino prefijado, y por ello mismo violenta, terrorista, subversiva, rebelde y tercermundista. La tarea del pensamiento no ha de ser dar una tarea definida a los movimientos sociales contemporáneos, sino develar la transformación que ellos ya han producido y están produciendo. No para capturar el hilo de una teleología, sino para alumbrar las cláusulas que el poder había impuesto y hoy no resisten más.

Para terminar, quisiera recalcar que aquello que ha sido nombrado como Occidente u Oriente no son realidades, sino discursos que se circunscriben en una determinada verdad, en la que cada uno de los polos tiene asignada una tarea histórica. Poner en cuestión, entonces, toda noción que remita a algunos al Oriente y a otros a Occidente, a unos a la barbarie y a otros al progreso, sigue siendo un legado a largo plazo que nos dejó Edward Said. 

 

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