viernes, 27 de septiembre de 2013

Espectáculo y Ley moral

Se debe hablar en nuestro tiempo del profundo vínculo entre la imagen espectacular (Debord), la Ley moral (Kant), la gubernamentalidad (Foucault) y el estado de excepción permanente (Benjamin). Sólo una mirada capaz de entrecruzar las propuestas de los diferentes pensadores puede resultar verdaderamente aportativa a la discusión sobre nuestra época, demasiado acostumbrada a la individualización de la creatividad.

La imagen espectacular no es un ícono que permanezca inmutable, sino un modelo cambiante que construye el tiempo a partir de un permanente ahora-ahora-ahora. Aunque paradojalmente la Ley moral es formalmente lo contrario, en tanto apunta a la estabilidad fuera de todo tiempo, por su carácter inapropiable, carente de toda ejemplificación, pero al mismo tiempo mandante sobre la realidad social al punto de articularla y darle sentido a través de la glorificación –o sentimiento moral- (de la que sólo se puede participar si aceptamos la premisa inicial de que el humano es un ser que posee la racionalidad de forma individual), pareciera tener más de un parecido con aquello que nos asalta cotidianamente como un cúmulo de experiencias inexperienciables. En este sentido, el tiempo de la imagen espectacular se vuelve también eterno, es decir, no puede ser plenamente distinguido un inicio y un final que siempre está ya diferido en un siguiente ahora, convirtiéndose en un cúmulo de individualidades infinitas y sólo de esa forma puede efectivamente ser más que mil imágenes, un sistema social.

Por otra parte, la Ley moral funciona como principio de gran importancia para la sociedad del espectáculo. Esto, porque al carecer la Ley moral de toda referencia en la realidad, su contenido es una especie de grado cero a partir del cuál emana un mandato, una orden que cumplir que exige obediencia absoluta que para ser real debe separarse de todo pragmatismo y mirar hacia ella con la devoción del sentimiento moral intelectual. Un sentimiento carente de deseo, pero orientado hacia la gloria de ese grado cero del cuál emana el mandato. Pero ¿quién tiene el poder de establecer un grado cero de la Ley? Si seguimos a Schmitt, la facultad de establecer el estado de excepción es lo que define al soberano, es decir, al que detenta la potencia de la propia Ley a partir de una posición que es interior y exterior al mismo tiempo a la propia Ley y en la cuál descansa, en última instancia su vigencia. Sin embargo, cuando en su octava tesis sobre el concepto de historia Benjamin plantea que en nuestro tiempo el estado de excepción ha devenido permanente, debemos al menos tener en cuenta que en la excepción el poder soberano queda suspendido. Si suspender la ley o implantar una nueva ley definen su potencia, el momento en que ésta se encuentra suspendida es también cuando el poder soberano no se encuentra en pleno funcionamiento, o mejor dicho funciona de forma permanente como un grado cero, que no tiene contenido y no puede ser ejemplificado, pues aquello sería dictar jurisprudencia.

Desde esta perspectiva, la llamada Ley moral de Kant no es otra cosa que la suspensión de toda ley y, sin embargo, aquello no significa que ese grado cero no emita mandato. ¿Pero cuál es el mandato que podría ejercer una ley que no tiene contenido? La simple obediencia. Todo un sistema de obediencia que gira en torno a un centro vacío es la gran herencia de la teología a la laica modernidad. Ahora bien, si lo que tenemos es una pura obediencia que rige la vida, siendo incapaz de fundar una norma, la forma en la que se expresa el mandato es la gestión. Junto a una ontología de la potencia, que afirma el poder-ser, ha pugnado históricamente otra ontología basada en el deber-hacer. Reafirmada con Kant, esta última indica un destino para la humanidad basado en una praxis que no conduce a nada y que sin embargo se realiza hasta el infinito como libertad.

Me parece que puede comprenderse el concepto foucaultiano de gubernamentalidad, precisamente en este sentido. Cuando el estado de excepción se vuelve permanente, se despliega sobre la vida humana el control del gobierno, que no sólo castiga a la vieja usanza del soberano, sino que produce y vitaliza los cuerpos, de forma que cada individuo encuentra en ese gobierno su libertad. La imagen espectacular se despliega como pura gestión que articula la vida humana prometiendo la libertad que, podríamos decir, tiene más que ver con la subsistencia que con la felicidad. Lo espectacular, entonces, con-duce la vida hacia una promesa sin existencia real, pero no bajo la forma de engaño, sino a través de su inquietante mostrarse tal cual.


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