jueves, 5 de septiembre de 2013

Siria

Nuevamente el mundo se apresta a una invasión estadounidense que costará la vida de personas inocentes. Nuevamente la comunidad internacional se rinde ante los pies de un Estado beligerante que se arroga la representación de valores que él mismo pisotea una y otra vez. Siria se revela, de hecho, como una pieza fundamental para un proyecto iniciado en la guerra del golfo de 1991: el reordenamiento de Oriente Medio a fin de instalar en la región Estados dóciles, sin capacidad de resistencia al neoliberalismo y a los intereses de Israel. Nuevamente la muerte es lanzada desde Estados Unidos, que ha convertido en asesinables las vidas de todos los árabes y musulmanes que no hagan explícito su apoyo a ser intervenidos por la potencia “pacíficamente”. Es al menos paradojal esto de vociferar para no poder decir nada, como ya ocurre con prácticamente todos los gobiernos árabes, pero sobre todo con Europa, desde donde la muerte ya ha sido lanzada con alevosía en la historia.

Ser optimista no es cosa fácil, cuando el mundo entero ha decidido gritar su incapacidad de hablar, que en última instancia es un callar para operar, trabajar continuamente en el proyecto fijado por Estados Unidos. La emisión vocal operativa, que declara sumisión incondicional no es, en este sentido, palabra, sino simplemente la renuncia a ella. El silencio que marca el hiato inherente a las palabras no existe en la operatividad. Es una ausencia de palabras sin silencio, un puro actuar. Quizás, cuando veamos la muerte en televisión una vez más, alguno sienta que algo anda mal cuando miles mueren en la impunidad de la paz norteamericana. Aquellos, televidentes del espectáculo genocida, portarán todavía una posibilidad, pero ésta es una llama tan precaria, a estas alturas tan fácil de soplar con un botón que es difícil poderle decir a los sirios que algo más que la muerte les espera.

Khaldun al Rushd, El ave de la muerte, 2013.

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