martes, 8 de octubre de 2013

Darwish y la vida fuera de sitio

En su obra Estado de sitio [Hálat hisar], Mahmoud Darwish, que se encontraba viviendo en Ramallah cuando las fuerzas israelíes sitiaron varias ciudades palestinas de Cisjordania con la excusa del asesinato del ministro de turismo. Darwish muestra en su poesía el drama de una situación que no es de ninguna forma circunstancial. El sitio es la continuación de la ocupación militar que ha condicionado la vida de los palestinos desde la creación de este Estado, quizás incluso de antes, desde siempre. Una eternidad que lo abarca todo, impidiendo al poeta referirse a otra cosa. Dice Darwish:

Aquí se nos agolpan las fechas en rojo,
en negro. De no ser por los pecados
se empequeñecerían las Sagradas Escrituras. De no ser por
el espejismo se fortalecerían las pisadas de los profetas en la arena,
y se acortaría el camino hacia Dios.
Que culmine la eternidad sus obras eternas…
Yo, le susurraré a la sombra: si
la historia de este lugar no fuese tan tumultosa,
compondríamos cientos
de elegías topográficas a los álamos.

Pero la tragedia eterna que invoca el poeta palestino es no sólo la de su pueblo, sino la de las cosas, de aquello que es de uso, y que, al mismo tiempo conforma el paisaje, el marco estético en el que se da la vida:

Nuestras pérdidas: entre dos y ocho caídos
por día,
una decena de heridos,
veinte casas, cincuenta olivos,
más el defecto estructural que
viciará el poema, el drama y el cuadro.

El sitio no es simplemente una beligerancia contingente ejercida por el poderoso frente al débil, sino una forma de vida, en la que se todo está trastocado, también –y quizás sobre todo- quien es sometido al punto que puede incluso encontrar en su esclavitud una forma de libertad:

Este sitio se estrechará
para forzarnos a elegir una inocua esclavitud
en total libertad

Libertad que no es otra que aquella que muestra la mera vida, despojada de toda cualidad, como el paradigma de la beatitud. Querer la mera vida, elegirla, es el drama más aterrador que asoma como fantasma a quien comienza a mirar la ocupación como un paraíso frente al contingente sitio. Por eso el poeta termina su obra con una mirada a otra vida, más allá de toda opresión, una vida inseparable de aquello que da forma a la vida. La paz que menciona Darwish de una manera extrañamente esperanzadora, exige no tanto otra vida, sino una vida en la que la forma sea inseparable de su organismo biológico:

La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por
el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.



* La versión consultada es Darwix, M., Estado de sitio, trad. Gómez García, L., Ediciones Cátedra, Madrid, 2002.

Khaldoun al Rushd, La transformación de las hojas, 2013.

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